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Winter Sleep: una obra poética y poderosa

Por Enrique Fernández Lópiz

Hace años visité la Capadocia, una región histórica de la Anatolia central, en Turquía, justamente donde se desarrolla la película que ahora voy a comentar, Sueño de invierno. Este vasto territorio abarca parte de cuatro importantes provincias turcas y se caracteriza por tener una formación geológica única en el mundo, con cuevas, antiguos lugares donde vivieron los primigenios cristianos perseguidos. De hecho, fue una región fértil para la expansión del cristianismo, en parte por su cercanía a las Siete Iglesias de Asia Menor, y en especial de Antioquía, la primera comunidad cristiana fundada por San Pedro. La zona, pues, es turística, pues posee un rico patrimonio histórico y cultural. Además de esto que digo, Turquía, como es sabido es puente entre oriente y occidente, y es una nación llena de contrastes, que se derivan de ser un país musulmán, pero occidentalizado en su momento por el Gran líder y fundador de la moderna Turquía en 1923, Mustafa Kemal (Atatürk), su primer presidente. En 1924, la Asamblea Nacional abolió el ministerio de la Sagrada Ley, todas las escuelas pasaron a estar bajo supervisión del Ministerio de Educación, y una nueva constitución fue aprobada. Durante los siguientes años hubo un proceso estable de occidentalización secular. O sea, mayormente, y a pesar de los actuales gobiernos, Turquía es un país que se ha metido mal que bien en occidente. Todo esto que cuento, contextualiza el film.

La película cuenta, en uno de esos pueblos de la Capadocia, la vida de Aydin, un hombre ya maduro, con inquietudes intelectuales, cultivado, antiguo actor; también un individuo escéptico y cínico que dirige un hotelito y un patrimonio heredado de su padre, en su pueblo, con la ayuda de criados y gestores que junto a jueces y policía se encargan de embargar u obligar el pago a los inquilinos o gentes humildes que le tienen arrendado algún bien. Vive con su joven e insatisfecha esposa, si bien separados, pues cada uno ocupa en un ala de la vivienda que habitan; o sea, su vida conyugal es inexistente y su esposa busca refugio en actividades filantrópicas junto a otros parroquianos. También vive en la misma casa su hermana, mujer querellante y a la vez abatida por su reciente divorcio de un marido alcohólico.

La cinta evidencia que en el frío invierno de la zona, cuando está todo inundado de nieve, el hotel se convierte en un refugio-prisión para sus moradores, a la vez que es el lugar donde se cuecen múltiples sentimientos familiares y estados emocionales de hondo calado, la mayoría trágicos y dentro de la red extensa de una familia avenida meramente por intereses pecuniarios. Cuando veía lo terrible del fondo del film, la nieve, el hotel deshabitado, etc., recordé en una extraña digresión El resplandor (1980) de Stanley Kubrick, pues aunque aquella fuera explícitamente terrorífica, también en un Hotel y con nieve, ésta tiene igual sus hondas raíces de larvado espanto. Un miedo más social, de vínculos torcidos o inexistentes, tragedia humana, desasosiego por el tremendo entramado en juego, sin un Nicholson terrible, pero con unas realidades y personajes dentro de cuyas pieles uno no querría estar. Y es que resulta difícil sortear la impresión de pánico durante las más de tres horas que dura Sueño de verano.

Nuri Bilge Ceylan, dirige con soberana maestría este drama intimista donde los protagonistas se viven desde la butaca como si estuvieran al lado del espectador. Ceylan parece en la cima de su capacidad creativa, y me atrevo a decir que estamos ante una obra maestra del cine introspectivo, una obra absorbente, perturbadora, pero a la vez atractiva, que no aburre en los 196 minutos del largo metraje. Entre muros, se evidencia el mundo enigmático de Bilge, que nos muestra una faceta de la vida turbulenta y palpitante, en el encuadre turco de una Capadocia fría y esteparia. Esta inquietud, manifiesta a lo largo de la película, se evidenciará más si cabe en los últimos treinta minutos. Es en este tiempo final cuando los personajes abundan en sus miserias y errores, aunque la vida continúa igual. Ceylan es, según lo veo, como un Ingman Bergman turco: denso, profundo, minucioso en el análisis psicológico y relator de una urdimbre humana enclaustrada, impresionante y cruel.

Grande el guión escrito por Ebru Ceylan y Nuri Bilge Ceylan, que habla de la condición humana: del orgullo y de la degradación, de la desdicha y de la piedad, de la incomunicación, del desamor, y del paso del tiempo. Y además una espléndida fotografía de los paisajes de la Capadocia de Gökhan Tiryaki.

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El reparto es sensacional, actores y actrices que yo no conocía y que son pura dinamita actoral, con Haluk Bilginer a la cabeza en su papel de patriarca, Melisa Sözen, bella y genial en el papel de esposa, Demet Akbag, Nadir Saribacak, Ayber Pekcan y Tamer Levent que conjuntan un equipo muy bueno de actrices y actores.

Un amigo que encontré a la salida de la sala y que se disponía a entrar en la siguiente sesión me preguntó insistentemente qué me había parecido la película, si me había gustado, etc. Yo le dije que me había gustado, pero que no podía asegurar que a él le sucediera igual. A mí me gustó porque me gusta este tipo de cine en que la acción es interior, en que lo trepidante está en un matrimonio fracasado, en una hermana rabiosa, en un protagonista esquizoide que vive para sus cosas intelectuales y no para sintonizar con la pobre gente que tiene como arrendados de casas o fincas, ni tiene relación con los moradores del modesto pueblo que habita: un hombre con el desencanto dibujado en su cara. Eso es también acción, acción interior, zozobra. Pero claro, hay a quien le gusta más la acción exterior, los disparos, golpes o persecuciones en coche. Entonces ¿cómo se puede saber quién está en un bando u otro? Es como el crítico Boyero, que dice que el film de Ceylan se dedica “a contar algo que me resulta tan discursivo como vacuo, aunque imagino que se me escapa el arte y la trascendencia de su mensaje […] Tres horas y cuarto sin que ocurra nada apasionante es demasiado tiempo”. Son opiniones, pues, sin embargo para mí sí ocurren muchas cosas.

Y en esa casa de intensas relaciones humanas marido-esposa, hermano-hermana, dueño-inquilinos, amo-sirvientes, etc.; en ese entorno parecido a un enjambre complejo de humanidades, encuentro una definición exacta cuando Luís Martínez escribe que “Nuri Bilge Ceylan planifica cada escena como si se tratara de un campo de batalla. Las recriminaciones caen como pedradas dirigidas a, en efecto, la retina del espectador. Y el efecto es exactamente el mismo que el de los cristales rotos. Corta, duele y, pese a ello, entusiasma. Todo en uno. Como diría Mark Twain, ´qué más da la condición social o el color de piel, es un hombre y no puede haber nada peor´. Pues eso”. Y así es, nada se puede objetar a tanta carga dramática, que es actividad interna para quien lo ve, que es historia bergmanniana que Ceylan nos pone delante para que la observemos lo más atentamente posible. Y en la parte final, una señal esperanzadora, un detalle, cuando Aydin libera el espléndido y vital caballo salvaje que poco antes había adquirido para su cuadra, y qué bella imagen la del poderoso bruto corriendo nieve arriba hacia su libertad, al encuentro con su caballada. Mientras, su asustada esposa observa la escena desde la ventana atónita, enigmáticamente.

Tal vez alguien querría encontrar, como mi amigo, un sí o un no a este film, de parte de este que escribe estas líneas. Si así fuera yo le diría que si tiene una orientación hacia la acción física y la exteriorización, entonces que no vaya. Si por el contrario no le disgusta lo introspectivo, el retrato social y psicológico por duro que sea, entonces puede ir sin pues encontrará un material rico y a disposición para la reflexión y el debate interno.

Es quizá una película para verla desde uno mismo, para interiorizarse de los ocultos lamentos que acechan en cada escena, para ver y pensar lo que allí ocurre. No es película para contar ni incluso para departir demasiado, pues hace las veces de un ejercicio interior que va a lo más profundo de quien quiere ver lo que se ve y oír lo que se oye, y además, analizar la trastienda. La película podría calificarla como una experiencia que te deja agotado, pero que resulta gratificante y ofrece momentos de un cine vibrante. Pero eso sí, para uno queda. Y esto, pues, también me trae otras cosas al pensamiento; no las diré todas, pero sí que he recordado la poesía de nuestro sin par Felix Lope de Vega y Carpio (1562-1635), cuando escribió los versos, A mis soledades voy:

A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.

[…]

Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres
que desde entonces no ha vuelto.

[…]

Virtud y filosofía
peregrina como ciegos;
el uno se lleva al otro,
llorando van y pidiendo.

[…]

… a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.

Lope de Vega

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