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Western épico y memorable

Por Enrique Fernández Lópiz

Con algunas películas como Río rojo, me ocurre que da la impresión de estar en una pinacoteca, pues cada toma, cada imagen, cada panorámica o primer plano constituyen un cuadro de extraordinaria belleza. Sí, belleza, un calificativo que debe presidir el cine en toda su extensión. Pero en este film, su director, uno de los grandes, el inigualable Howard Hawks, junto con el responsable de fotografía Russell Harlan, hacen de esta cinta una obra irrepetible. Creo haberla visto más de media docena de veces, y no me cansa. Lo primero, repito, por sus extraordinarios enfoques, fotografía y encuadres que son auténticas pinturas y un deleite para la vista.

Pero claro, la cosa no queda ahí. Río rojo es una película épica, de esas que hicieron del Western un género grande y singular. La película recrea el ambiente de aquellos mediados del siglo XIX, recién acabada la Guerra de Secesión (1861-1865), pero aún con los resabios de los del Norte versus los del Sur. Y narra la historia del ganadero Tom Dunson (John Wayne), un hombre firme y duro consigo mismo y con los demás, superviviente de una matanza de indios y que perdió a su amada novia cuando iniciaba su carrera como ganadero, tras no dejarla que fuera con él. Por esos entonces, otro niño que sobrevivió a los indios, con el tiempo fue su hijo adoptivo, Matthew Garth (Montgomery Clift). Así las cosas y tras doce años de duro trabajo, deciden trasladar desde Texas a Missouri diez mil cabezas de ganado, sin que hubiera precedentes de tal hazaña. Para ello recluta a más de una docena de hombres, a los que hace firmar un contrato poco menos que de reclutamiento, e inician su andadura en la conducción del ganado.

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Esta película, ya con años encima, sigue siendo una joya y no ha perdido, desde mi modo de ver, un ápice de vigencia, como auténtica obra de arte que es. Siempre se dice que hacer películas con caballos es costoso y difícil, pues bien, aquí, además de caballos en tropel, hay docenas y docenas de reses que parecen salirse de la pantalla, sobre todo en las magistrales escenas de la estampida. Por eso, ver Río Rojo es como asistir a una clase donde alguien muy entendido y sentido por el género, te vuelca toda la nostalgia (bella palabra que podríamos intercambiar por añoranza, pues ya no se hacen películas como esta) y la épica del western.

Si Hawks es un auténtico maestro, si la fotografía es invalorable, la música de Dimitri Tiomkin tiene una impresionante fuerza: una partitura muy elaborada con pasajes enfáticos y solemnes, todo ello inspirado en melodías folk. El guión merece el calificativo de excelente, guión escrito por Borden Chase y Charles Schnee basado en el relato de Borden Chase: The Chisholm Trail (1946-47). Además, la puesta en escena y los exteriores, rodados en Arizona y Méjico, y el resto en los platós de Samuel Goldwyn Studios de Hollywood, resultan grandiosos.

Y no menos importante es el reparto. En este film debutó el ya también mítico y sin parangón Montgomery Clift en el papel de Matthew, individuo noble, compresivo y razonable, un rol dramático y brillante como hijo adoptivo de otro enorme de la pantalla cuya sola presencia ya vale los 133 minutos que dura la cinta: el irrepetible John Wayne, que da vida a un personaje duro, valiente, osado y capaz de dirigir con mano de hierro a un grupo de vaqueros que tragan millas, polvo, aventuras, pasan penalidades sin fin y están a punto de amotinarse por lo inclemente de la proeza. Y aquí sale la brillantez de un Wayne único, cuyo personaje e incluso su propio semblante va cambiando en su paranoia para que ninguno de sus hombres falte al compromiso que les hizo firmar antes de la partida, para que no deserte nadie. Tom Dunson bebe sin medida, no duerme y está siempre presto a castigar con el látigo e incluso a matar, a quien ose desobedecer o rebelarse. Es, así, un personaje inflexible, vanidoso, insólito y muy irascible. En el reparto no hay que olvidar las interpretaciones de actores como Walter Brennan (en el papel de Groot, simpático anciano desdentado incondicional de Dunson); Joanne Dru, en el rol de Tess Millay, mujer fuerte capaz de recibir un flechazo sin perder el tipo, o cantarle las cuarenta a Wayne; John Ireland o Coleen Gray, por mencionar a algunos del elenco de actores de reparto de primer orden.

Es, pues, una película con momentos de gran dramatismo y tensión, donde a uno le parece estar dentro de ese avezado grupo que galopa casi a ciegas, con miles de reses, por un camino incierto en su geografía y con la amenaza de los comanches. Toda una semblanza de las relaciones humanas en momentos muy duros y penosos. Como dice Morales: “Western épico que muestra la relación, con sus dosis de problemática generacional, de un viejo ranchero y su hijo adoptivo. Maravillosas interpretaciones y una narración de lo más conseguida para un clásico del género“.

Para mí es uno de los mejores western jamás rodados. Y resulta extraño que sólo tuviera dos nominaciones y ningún premio en los Oscar: mejor historia y mejor montaje. Y para más señas, para la American Film Institute está considerad entre las diez mejores del género. Si no la has visto, te la aconsejo encarecidamente.

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