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Welles en la noria

Por Mario Sánchez

Del viaje a Viena que hice con mis padres de pequeño recuerdo, sobre todo, la mañana que nos llevaron a ver la noria. Dormitaba con la cara pegada a la ventanilla cuando el autobús frenó en seco y el guía, un hombre obeso que no callaba nunca, terminó su charla diciéndonos “ahí se rodó una escena de El tercer hombre, la película de Orson Welles”.

Disculpé su error, al fin y al cabo cosa bastante común, incluso entre aficionados al cine, obviar a Carol Reed, director del film y único responsable, por ejemplo, de ese extraordinario final que queda grabado eternamente en la retina. Siempre he leído que El tercer hombre es consecuencia directa del azar, de la conjunción de diversos talentos -Reed, Welles, Graham Greene, Anton Karas…- que supieron renunciar a sus egos y volcarse de lleno en un proyecto dando lo mejor de sí mismos para acabar realizando una obra maestra… Bueno, ya me contarán qué película no es consecuencia de la suma de talentos.

Pero, ¿hasta qué punto contribuyó Welles? Sabemos que el personaje de Harry Lime le pertenece, que escribió sus diálogos y le puso rostro, pero… ¿qué más? Él mismo se mostró harto ambiguo en una entrevista, donde por una parte reconocía la autoría de Reed y, por otra, sembraba las dudas al afirmar que éste aceptó de buen grado todas las ideas dignas que iban surgiendo en el set de rodaje (y que en su mayoría provenían, deducimos, del propio Orson). Así que la incertidumbre permanece: ¿dirigió Welles El tercer hombre a la sombra, o fue Carol Reed quien, apropiándose del estilo wellsiano, moldeó a su gusto el guión?

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Insistí a mi madre para que subiéramos a la noria. Abajo tenían un pequeño museo, que apenas vimos, y las cabinas estaban cubiertas de pintadas, pero no me hubiera gustado más de haberse tratado de una atracción nueva y reluciente. Ya arriba, divisando al resto de integrantes de la excursión empequeñecidos por la distancia, preguntándome a cuántos de ellos estaría dispuesto a aplastar si a cambio de cada uno me entregaran una determinada cantidad de dinero, recordé a Harry Lime. Hubo una época  -real o imaginaria-, en que había dominado la ciudad; lo recreé paseando sombrío por las cloacas, surgiendo de entre los escombros de una Viena en ruinas, sonriendo irónicamente mientras un gato negro jugueteaba con los cordones de sus zapatos, al tiempo que la melodía de Anton Karas repiqueteaba en mis oídos. Un sudor frío me inundó la frente.

Que Carol Reed figure como director se antoja casi una anécdota: tanto el personaje de Lime como el espíritu de Welles se adueñan de la función. Sobre Lime es claro que alrededor suyo se teje la trama; en torno deambulan los demás seres, esforzándose inútilmente en desembarazarse de su espectro; todos sienten la necesidad de idealizarlo y recordarlo a su modo, pero ni el estúpido sentimentalismo de Holly Martins (Joseph Cotten) ni la indestructible fidelidad de Anna (Alida Valli) logran sin embargo transfigurar la verdadera imagen de ese genio malvado…, o ese malvado genial, que también. Y en cuanto al barroquismo de las escenas, éstas remiten indudablemente al cineasta de Wisconsin, cuyo estilo sobrevuela el metraje. Ignoro si Carol Reed fue consciente de esto, o si maldijo a todos aquellos que atribuían el film al otro, al tercer hombre.

Ya comenzaba a arrancar el autobús rumbo a la próxima parada turística cuando el guía nos explicó que la noria se hallaba en uno de los barrios más pobres de la ciudad, y que últimamente se había convertido en lugar de encuentro de yonkis y prostitutas. Parece como si aquí Viena aún no hubiera superado la posguerra, pensé; a los niños seguían sin dejarles montar en la noria. El fantasma de Harry Lime continuaba presente.

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Comentarios

  1. Jose Luis Ferreirós (XLiS)

    Interesante historia, esencial mención… Orson Welles es un crack! Cuanto tengo disfrutado con Ciudadano Kane, La dama de Shanghai, Sed de mal, etc. Uno de los grandes…

    ‘El tercer hombre’ es una de mis cintas favoritas de los años 40. Con un poder visual estremecedor y puramente sugestivo. Una ‘masterpiece’ a evocar por siempre.

    Saludos.

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