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Vikingos y dragones

Por Jorge Valle

Cómo entrenar a tu dragón (2010) esconde, tras una historia ambientada en un mundo mítico poblado por vikingos y dragones, cuya enemistad se remonta varios cientos de años atrás, un mensaje de superación personal reflejado en Hito, su protagonista, el joven torpe y marginado del pueblo que es incapaz de matar un dragón al sentir lástima de él. Y siguiendo las directrices de su corazón, decide cuidarle y ayudarle, hasta que nazca una preciosa amistad entre ambos. A Hito parece no importarle que todos sus iguales odien a los dragones, él está convencido de estar siguiendo el camino correcto. Su determinación y confianza en sí mismo para enfrentarse a su padre contrastan con su aparente debilidad y flaqueza, prueba de que lo importante de cada uno está en nuestro interior, una moraleja que suele tildarse de infantil por abundar en las películas de animación pero que no viene nada mal que nos la recuerden de vez en cuando.

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Bien es cierto que los estereotipos desbordan el guión y que todo es previsible, pero el encanto y el carisma de Desdentado, unido a un despliegue visual impresionante, evitan que Cómo entrenar a tu dragón (Dreamworks) termine siendo un producto mediocre y sin alma como las recientes Tiana y el sapo (Walt Disney) o Brave (Pixar). No logró alzarse con el Óscar a la mejor película de animación ese año –competía con Toy Story 3- pero quedó grabada, gracias en parte a la maravillosa música de John Powell, en la memoria de los más jóvenes y, por qué no reconocerlo también, en el de un público más adulto. Y es que hay historias que desprenden tal encanto que, por mucho que nos las cuenten, siempre nos seguirán tocando el corazón.

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