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Ver crecer la vida

Por Jorge valle

Decimos que hay que atrapar el momento, pero en realidad creo que son los momentos de la vida los que nos atrapan a nosotros

La excelente trilogía sobre el amor que componen Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013) nos había dejado claro que Richard Linklater era un director obsesionado con mostrar la caducidad de todo lo que nos rodea, de ahí que el inexorable paso del tiempo sea el tema más recurrente de su filmografía. En Boyhood, película que comenzó a rodar en el verano de 2002 y terminó en 2013, ha ido un paso más allá, arriesgándose a prolongar el rodaje durante doce años, reuniendo al equipo durante pocos días al año con todos los problemas que eso conlleva: confiar en que nadie abandone el proyecto, obtener la confianza de los productores durante más de una década o coordinar los calendarios de todos los integrantes son solo algunos de los obstáculos que el realizador ha tenido que salvar. El objetivo era filmar la vida de un chico a lo largo de doce años, desde los ocho años hasta que cumple la mayoría de edad y decide ingresar en la universidad. Una tarea titánica cuyo resultado ha sido, simplemente, magistral. Porque el experimento de Linklater ha conseguido capturar la vida e insuflarla a cada uno de los fotogramas que componen la cinta. Una absoluta obra maestra destinada a hacer historia, pues el realizador estadounidense ha despejado un nuevo camino en las infinitas posibilidades que ofrece el celuloide, además de dar todo un recital de cómo lograr unas transiciones sutiles sin tener que recurrir en ningún momento a carteles que indiquen el avance del tiempo. El galardón al Mejor Director en el pasado Festival de Berlín y el premio FIPRESCI al mejor film del año son solo algunos de los reconocimientos que ha obtenido una película a la que todos los expertos colocan ya como la máxima favorita para triunfar en los Óscar el próximo año. Da igual que luego sea injustamente ignorada: Boyhood es, desde ya, una de las mejores películas de la historia del cine.

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Boyhood podría encuadrarse en ese grupo de títulos que no recurren a hechos dramáticos ni historias épicas para conectar con el espectador, sino que emocionan por lo maravillosa y dolorosamente real que es todo lo que cuentan. Empatizamos enseguida con el protagonista porque todos hemos sufrido los celos de un hermano, todos hemos sentido vergüenza de que nuestra madre nos besara delante de nuestros amigos, todos hemos tenido nuestro primer beso y a todos nos han roto el corazón por primera vez. Ahí reside el éxito de la película: en seleccionar los momentos más importantes de una vida, aquellos que nos marcan y nos definen, y combinarlos con otros de nuestra vida cotidiana en los que aparentemente no pasa nada, cuando en realidad estamos creciendo y madurando día a día, experiencia a experiencia. Se confecciona así una historia, la de Mason (Ellar Coltrane), aunque bien podría ser la de cualquiera de nosotros, con tal sencillez y naturalidad que es imposible no verse asaltado por los mismos sentimientos que asaltan a Mason en ese largo y difícil proceso que es la realización de uno mismo.

Linklater nos hace evocar nuestra infancia, nuestras discusiones con nuestra madre, los consejos de nuestro padre, los amigos de los que nunca más hemos vuelto a saber nada, aquellos lugares que nunca hemos vuelto a pisar. Desprende un aura de nostalgia por el tiempo que se ha escapado mientras esperábamos el momento de vivirlo, por todas aquellas cosas que fueron y ya no serán, pero no es una película triste en absoluto. Todo lo contrario: Boyhood, al hacernos conscientes de la necesidad de aprovechar el poco tiempo que se nos ha dado, nos insufla una energía tremenda para seguir adelante sin que las cadenas del pasado nos impidan avanzar. Podemos mirar atrás, pero siendo enteramente conscientes de que en nuestro camino no hay retorno posible. Boyhood es, además, una oda a las figuras paternas –inmensos Ethan Hawke, el actor fetiche del director, y Patricia Arquette, como una madre luchadora que ha sacrificado todo por sus hijos-. Desgarradora su escena final, en la que se derrumba consciente de que le espera un futuro de tristeza y soledad. La grandeza de esta película está en su sencillez. Por eso gana en el recuerdo. Es un canto a la infancia, ahí donde se forja nuestro carácter, nuestra forma de hablar, de pensar y de ser. Y es un canto a la adolescencia, en la que abandonamos la inocencia para darnos cuenta de que nada es para siempre y de que tendremos que seguir recorriendo el camino de nuestra vida en solitario. Buena prueba de ello es la escena en la que Mason recorre la carretera en su furgoneta sabiendo que le espera una nueva vida y, por lo tanto, nuevas experiencias y emociones por descubrir. Boyhood es la vida, así, tal cual, sin adornos ni dramatismos. Y qué hay más emocionante y apasionante que la vida misma.

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Comentarios

  1. Toni Ruiz

    Totalmente de acuerdo con tu crítica, Jorge, muy en sintonía con la mía. Enhorabuena por tu certero análisis y por saber apreciar una película tan hermosa en su sencillez como esta. Saludos.

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