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Vencedores o vencidos

Por Marcos Cañas pelayo

Vencedores o vencidos (1961) es una elección cuestionable para proponer a unos hipotéticos invitados durante una velada cinematográfica en casa. En primer lugar, su duración ya parece producto de otro tiempo: un poco más de tres horas.

A ese elevado metraje debemos sumar su carácter. No se trata de una frenética película de aventuras donde siempre estén ocurriendo giros de guión, tampoco es la historia de un drama romántico de época que viva de tener la emotividad a flor de piel.

En realidad, este film de Stanley Kramer basa buena parte de sus escenas en una más que correcta recreación de algunos de los célebres procesos de Nuremberg. Es decir, una cinta de corte judicial, con una gran importancia y abundancia de diálogos y personajes forzados a estar en estático.

Todo ello parecería predisponer para una obra densa, algo aburrida y que solamente podría satisfacer a los interesados en la Historia del Derecho. Por el contrario, todavía a día de hoy sigue suscitando interés y es un ejemplo de sacar el máximo partido de una sala judicial.

Los jueces del valle de Josafat

El ingenioso guión de Abby Mann, basado en una obra de teatro previa del propio autor, brindó a Kramer y su equipo una pregunta fascinante: ¿quién juzga a los jueces? El interés de Vencedores o vencidos radica en la profesión que sus ficticios (pero muy reales) prisioneros nazis tenían: eran juristas. O lo que es lo mismo, una tetrarquía de personas cultas, bien formadas intelectualmente, sofisticadas y, pese a ello, colaboradores y parte integrante de uno de los regímenes más oscuros que se recuerdan, responsables y consentidores de una de las limpiezas étnicas más terroríficas.

Como principal autoridad, la elección recae en Dan Haywood, un juez norteamericano de gran experiencia, quien, sin embargo, tendrá varias ocasiones para lamentar este viaje a Alemania. Han pasado tres años del final de la II Guerra Mundial y se hallará con unas heridas que todavía sangran. Nuremberg ya no es aquel espectacular espejismo de poder orquestado por Goebbels, sino una urbe reducida a escombros, bombardeada y reflejo del despertar de una macabra fantasía de poder que llevó a sus acólitos a hablar de un Reich de mil años.

Actor fetiche del director, no resulta ninguna sorpresa que Spencer Tracy fuera el escogido para encarnar a un profesional taimado y cauto; la estrella de Hollywood firma uno de sus trabajos de mejor calado, siempre en su personaje, sin ninguna exageración.

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Conforme vaya estudiando las biografías de los cuatro acusados, una figura irá generándole mayor y mayor atención: el doctor Ernst Janning. A medida que Haywood profundiza en él, no solamente reconocerá a un colega de profesión, sino a alguien que en el pasado fue una persona brillante, autor de importantes libros teóricos sobre su campo de conocimiento. Silencioso y distante, Janning es caracterizado por un Burt Lancaster que esconde la promesa de que su creación alcanzará un clímax, buscando dar explicación a lo que no lo tiene.

Janning se adscribiría al elevado estatus social de la antigua propietaria de la casa donde es alojado el juez extranjero, el hermoso hogar de la viuda de un general bávaro (caracterizada nada menos que por Marlene Dietrich). Sin duda, miembros de aquella antigua nobleza prusiana que pasó de ver con complejo de superioridad a los alborotadores nacionalsocialistas de Hitler a imaginar en él a un führer que conduciría a un desquiciado orgullo patriótico, sacando el peor partido posible a las ansías de revancha tras las condiciones de la Paz de Versalles.

El hecho de que Haywood se aloje en un domicilio particular es una necesaria licencia poética que permite disfrutar de una pareja en estado de gracia (Tracy-Dietrich). Bebiendo cereza en compañía de una encantadora dama, oyendo hermosa música y siendo agasajado con hospitalidad, el viejo letrado republicano correrá el riesgo de verse tentado a pensar que aquellas atroces noticias solamente fueron una pesadilla.

El secreto del éxito en la sala

La influencia en la manera de enfocar el juzgado en el film de Kramer se notó después en otras obras maestras como Veredicto Final (1982). Por su lado, es lícito sospechar que Vencedores o vencidos bebió de alguna predecesora del género como Testigo de cargo (1957). Siendo diferentes en la temática a tratar, tanto la obra de Wilder como la que hoy nos ocupa nunca cometen el error de presentar un fiscal listo contra un abogado defensor torpe; tampoco a la inversa.

Richard Wildmark presta toda su fuerza y presencia al coronel Tad Lawson, un militar que tuvo el dudoso honor de entrar en lo que fueron los campos de concentración y exterminio, esos lugares donde judíos, gitanos, homosexuales y otras gentes no aptas para el ideal de pureza aria fueron sometidos al trato más vejatorio posible, un infierno en la Tierra. Lawson personificaría la incredulidad del que sí vio los cuerpos amontonados, el olor de los crematorios y busca, en cierta medida, alguna señal de justicia en la sentencia.

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No le va a la zaga el abogado defensor, al que da vida Maximilian Schell. Su Hans Rolfe encarna otro de los problemas históricos que se dieron tras la contienda. Viene a la mente la reciente El caso Fritz Bauer (2015), donde un Fiscal General alemán insiste y lucha contra sus propias instituciones para lograr que un antiguo miembro de la SS sea juzgado en el propio país, acorde con el sistema jurídico, ayudando así a limpiar la  imagen del país, a enfrentarlo a sus propios demonios para salir adelante.

A diferencia de Bauer, Rolfe ejemplificaría una negación que no deja de estar adornada por una notable inteligencia y astucia. ¿No es el deber patriótico de todos los miembros de un Estado obedecer órdenes? ¿Acaso los vencedores estadounidenses juzgarían con idéntica determinación a los encargados de lanzar las bombas en Hiroshima y Nagasaki? ¿No se sentó Stalin en la conferencia de Yalta como uno de los poderes a repartirse al mundo, pese a su vergonzosa y silenciada campaña contra Polonia?

Un duelo de altura y que refleja que sin más efectos que zoom y primeros planos se puede captar totalmente la atención del espectador. Pero, siquiera con todos esos ingredientes, algo habría seguido faltando…

Los testigos del mal que hacen los hombres

Montgomery Clift, como en muchos otros momentos de su carrera, atravesaba una situación personal muy delicada cuando participó en Vencedores o vencidos. Pese a ello, igual que le sucedió en otros trabajos, su transformación seguía siendo milagrosa cuando aparecía ante la cámara. Resulta imposible a día de hoy imaginar a otro intérprete en el interrogatorio al que es sometido en Nuremberg, reflejo de otro de los muchos pecados del III Reich: la esterilización de los no aptos.

Clift da vida a Rudolph Petersen, una víctima que de inmediato genera compasión y nervios en los asistentes a su declaración. Rodadas varias tomas, todas ellas con un tono diferente, así como expresión corporal diversa, no caben dudas de que Kramer escogió la más idónea, aquella donde este magnífico actor puso al servicio de la película sus propios fantasmas para generar un alegato desgarrador.

    A este respecto, nunca se ponderará lo suficiente lo honesto y veraz de coger un casting tan internacional como variopinto. Hasta el punto de que ni molestan ni interrumpen los momentos donde los miembros de la sala deben escuchar con sus aparatos las traducciones. Todo ello da crédito y veracidad al juicio. En particular, Schell está sublime en el manejo de lenguas, puesto que, además, se daba la circunstancia de que junto con su idioma natal poseía un excelente nivel de inglés.

Un legado incuestionable

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Gracias a Vencedores o vencidos, Kramer logró su primera nominación como mejor director. Sería la primera de las variadas distinciones que la película logró. Entre otras cuestiones debía destacarse el hecho de que la cinta no rehuyese usar imágenes reales de documentales que reflejaban en toda su crudeza los acontecimientos que habían sucedido.

Alcanzada la condición de clásico, sería objeto de diferentes remakes, algunos de ellos más que dignos, si bien, probablemente sin la fascinación que ejerció la original.

Con todas las papeletas para haber sido densa y poco atractiva, esta intentona fílmica acerca de uno de los acontecimientos cruciales en el derecho internacional pervive hoy en el recuerdo de los amantes al cine en una posición muy destacada cuando se habla de obras que hayan acercado al público a la sala.

Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Estupendos comentarios para una película grande, un Kramer grande y unos actores grandes. Muy bien Marcos!!

  2. Marcos Rafael Cañas Pelayo

    Muchas gracias, Enrique, como siempre muy generoso en tu comentario sobre el artículo. “Vencedores o vencidos” es el do de pecho de la filmografía de Kramer.

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