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Vaso medio lleno

Por Marcos cañas Pelayo

Vaso medio lleno

Hay películas que deambulan sin pena ni gloria por la cartelera, llamando la atención por qué no han corrido mejor suerte. De igual manera, otras colegas en los cines gozan de un fuerte beneplácito e interés general, quizás sin que nosotros mismos comprendamos las coordenadas que llevan al imaginario popular a elevarlas a los altares. El tiempo suele dar y quitar razones. Pero, en ocasiones, un film que no gozó de ningún apoyo en su estreno empieza a revelar aristas que lo resucitan cuando otras coetáneas de mayor fortuna en recaudación taquillera languidecen en el recuerdo.

Los diarios del ron no despertó en mí más que una leve curiosidad durante su visionado, probablemente, creo que fue un sentimiento generalizado por esta cinta dirigida por Bruce Robinson en 2011. Tenía un reparto sólido, encabezado por el siempre versátil Johny Depp, pero el argumento de las desventuras de un peculiar periodista estadounidense en Puerto Rico no terminaba de despegar en ningún momento, buenas ideas se alternaban con escenas surrealistas. ¿Me gustó? Tengo serios reparos sobre ello. ¿Seguía pensando en sus peculiares personajes después de verla? Sin duda.

Como cualquier reportero novato que quiere asesorarse sobre el tema a tratar, fui hallando pesquisas que despertaban el interés por un vaso medio lleno, pero del que había indicios de provenir de un generoso mini-bar. Resultaba que el guión se basaba en una novela de Hunter S. Thompson, una de esas personalidades que merecen mil biografías por su excentricidad y talento.

Por supuesto, eso no quiere decir que fuera un personaje de dominio público. Existían (y perviven) muchas dudas acerca de este mar de contradicciones, hasta el punto de que El diario del ron era un manuscrito inédito, una mezcla de autobiografía de sus días como corresponsal en un periódico portorriqueño, un explosivo cóctel que fascinó completamente a Depp, quien logró acceder al reducido círculo de amistades del adalid del nuevo periodismo en sus últimos años.

Conforme más se indaga en esa forma de entender el periodismo desde un estilo gonzo, empezamos a descifrar los códigos ocultos de Los diarios del ron. Un relato hiperbólico y de abusos, el propio de una persona que ha experimentado hasta el límite con toda clase de drogas, una mezcla de veracidad con realismo mágico. Lo definía a la perfección Carlos Boyero en una crítica de hacía años, Depp prestó oídos a Thompson tomando muy buena nota, dispuesto a brindar una actuación desinteresada y generosa, aleajada de la frivolidad de una estrella de Hollywood.

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Pelea de gallos

Una de las cosas que más llama la atención del casting de esta obra es la falta de una catarsis, un clímax que lleve a un dilema moral que siempre ha sido muy bien recibido por las audiencias cuando se tratan cuestiones periodísticas a la gran pantalla: el duelo mantenido entre un periodista joven con un representante de los verdaderos poderes económicos en la isla. Aaron Eckhart, sólido actor, da vida a míster Sanderson, otro personaje que sirve de metáfora. Si Depp encarna a su admirado amigo, Eckhart sería la metáfora del poco escrupuloso y pragmático inversor norteamericano en un país al que consideran un campo de pruebas para sus diferentes inversiones.

Las reacciones en ese punto son de manual. A Sanderson le gusta el estilo salvaje y desenfrenado de escritura del recién llegado, bastante superior al de otros periodistas aborregados que ya tiene en nómina, por lo que busca ganarlo para su causa, consciente de que podría ser una pieza importante cara a lavar su imagen. Para conseguir el triángulo, se mete entre ellos una atractiva mujer llamada Chenault (Amber Heard), la cual ha “cazado” bien las posibilidades de estabilidad que le puede dar el hombre de negocios, pero no dejar de sentir interés por este verso libre que se ha colado en el periódico caribeño.

Probablemente, sea el punto donde el relato nunca llena. El triunvirato de intérpretes está bien, aunque no llega a generarse el conflicto real, esa escena decisiva. O quizás sea nuestra propia pre-concepción como espectadores, tal vez Los diarios del ron, pese a tanto momento extraño, quiera ser más cotidiano de lo que parece. Simplemente, las experiencias en la vida van pasando y no hay un cierre decisivo a los pequeños amores y desamores, van ocurriendo y deshaciéndose a una velocidad de vértigo.

Roger Ebert, para el Chicago Sun-Times, hizo la certera alusión de que uno de los problemas en este metraje es que la cámara pareciera mirar a través del fondo de un vaso sucio y no logra duplicar de todo el potencial de la descarnada prosa de Thomspon. Pudiera ser, como también el hecho de que tal pretensión pueda ser imposible al ser dos medios tan diferentes. El caso es que sí que hay instantes donde se crea esa atmósfera, donde ese Puerto Rico de la década de los sesenta del año pasado, combinando sensualidad y peligro.

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Nunca te asustes de escribir una historia, Urich. Eso no pasará mientras tengamos el arma más poderosa de nuestro lado. Cinco millones de lectores, este trozo de papel puede deponer senadores, incluso destruir presidentes”- Jonah Jameson, Daredevil: Born Again, números 227-233 (1986).

Pese a todos los reparos antedichos, no puede discutirse que la redacción del periódico portorriqueño es uno de los grandes tesoros de este film. Un actor de la talla y valía de Richard Jenkins es el elegido para hacer un breve papel, pero muy relevante, el señor Lotterman, quien prácticamente se ve obligado a fichar al protagonista por ausencia de cualquier otro candidato interesado. Desde el peluquín que lleva pegado a la cabeza a la forma de moverse por su despacho, es un director de prensa realmente cuidado.

Más visceral y atípico resulta Mobert, interpretado con maestría por Giovanni Ribisi, un verdadero reportero maldito, siempre al borde del despido en su oficio y colmado de todos los vicios imaginables, incluyendo una inquietante fascinación por discos de viejos discursos nazis. Un verdadero desastre vital que no esconde que sea un profesional bastante más integro que Lotterman a la hora de no asustarse o dejarse sobornar para no llevar a la imprenta las historias que los Sanderson del mundo siempre quieren escamotear a la sociedad.

Entre dos extremos tan claros, el joven Kemp necesita un punto intermedio que se lo proporciona Sala, una verdadera delicia de personaje. A este compañero de andanzas le da vida el estupendo Michael Rispoli, un actor de tremendo potencial, hasta el punto de que, de no haberse cruzado una fuerza de la naturaleza como James Gandolfini en la puja por un atractivo papel de líder mafioso, bien hubiera podido terminar siendo Tony Soprano. Contó David Chase que le gustó tanto Rispoli que decidieron crear el personaje de Jackie Aprile por él para poder disfrutar un par de capítulos en la primera temporada. Aquí, verlo hacer dúo con Depp es un lujo.

Entre tanto quijotesco sentimiento (hidalgos bañados de alcohol, en este caso), Sala sería el más Sancho Panza de los integrados en la redacción. Muy aclimatado a Puerto Rico y a sus gentes, será el guía real en los recovecos de su nuevo destino para el novato, dándole bastantes consejos valiosos de cómo funcionan realmente las cosas.

Esa incipiente amistad sirve como vehículo para exponer el atractivo paradisíaco de diferentes lugares, aunque la naturaleza hospitalaria puede degenerar en la hostilidad cuando sufren la arrogancia yankee en apenas un segundo.

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Epílogo: a modo de resaca

Existen pocas industrias que hayan hecho más por mitificar la bebida que el cine. Géneros tan exquisitos como el noir nunca se han privado de poner a sus carismáticos protagonistas emborrachándose hasta los límites más inhumanos sus hígados sin ninguna consecuencia al día siguiente. El film de Robinson, justo es hacerle este reconocimiento, no tiene ningún rubor en mostrar los efectos de las resacas de una manera bastante más real.

Hay cierto aroma de suciedad y pesadilla en los amaneceres con faltas de recuerdos, paredes casi arrancadas, sábanas sucias, garganta requemada, etc. Un sabor agridulce de promesa incumplida que lleva a pensar que Los diarios del ron, esa cinta incompleta y extraña, tiene el encanto de los poetas malditos.

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