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Uno de los mejores wéstern de siempre jamás

Por Enrique Fernández Lópiz

El hombre que mató a Liberty Valance, comienza cuando Ransom Stoddard (James Stewart), un anciano senador del Congreso de los Estados Unidos y su esposa Hallie (Vera Miles), vuelven al pequeño pueblo de Shinbone para asistir al funeral de su viejo amigo Tom Doniphon (John Wayne). Stoddart, ante un insistente periodista, se aviene a contar las razones de su viaje, o sea, el relato que encierra el enigma de que un senador viaje desde tan lejos al funeral de un hombre común. La historia empieza muchos años antes, cuando Ransom era un joven abogado idealista del Este, que se dirigía en la diligencia a Shinbone, una pequeña y humillé localidad del Oeste norteamericano. Su noble intención era la de sustituir la fuerza de la extorsión y las armas, por el ejercicio de la Ley; quería ejercer la abogacía para imponer la razón y el orden. Poco antes de llegar, fue atracado y golpeado brutalmente por el temido pistolero Liberty Valance (Lee Marvin). El resto del film cuenta la verdadera historia de cómo Stoddard llegaría a ser senador, y muestra las escenas ignoradas de cómo Doniphon colaboró activamente en ese ascenso meteórico del novato abogado, al que el pueblo proclamó héroe por haber acabado con Liverty Valance.

En el funeral, Stoddard cuenta la verdadera versión de los hechos y recuerda cuando Doniphon le dijo: “Hablas demasiado, piensas demasiado… además, tú no mataste a Liberty Valance”, y le explica que fue él quien disparó. Entonces, tras el recuerdo, se oye un diálogo entre el senador Stoddard y el periodista Scott que ha tomado nota de la historia escondida durante décadas; dice senador: “Supongo que usted no hará uso de esta historia ¿verdad señor Scott”. A lo que el periodista responde: “No Señor, esto es el Oeste señor, y cuando los hechos se convierten en leyenda no es bueno imprimirlas.”

Tuve la suerte hace apenas unos días de volver a ver por enésima vez esta joya del western dirigida por el gran maestro John Ford. Ford tenía sesenta y siete años, más de cuarenta haciendo grandes obras, y cuando rodó esta película, su brío y capacidad creativa estaban intactas. Y digo esto sabiendo que Ford cerraba con esta película un ciclo en las películas del oeste.

Creo de justicia para estos comentarios que ahora inicio, recordar que John Ford ha ganado por cuatro veces la estatuilla de la Academia de Hollywood (El delator, 1935; La diligencia, 1939; Las uvas de la ira, 1940; ¡Qué verde era mi valle!, 1941; La batalla de Midway, 1943; y, El hombre tranquilo, 1952). Con más de medio siglo en la profesión en la que hizo de todo, finalmente, Ford se centró por suerte en la dirección de películas. Dirigió más de 140 películas, muchas de cine mudo, y nadie duda en considerarlo uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos, siendo muy respetado por colegas de gran prestigio como Ingmar Bergman y Orson Welles entre otros, que lo ubicaban en el Olimpo del cine.

En esta película, Ford realiza con total precisión un western épico en su trama más directa; romántico, con un desenlace amoroso cuya verdad sólo al final se entiende de forma cabal; e Histórico, por cuanto narra de manera grandiosa una época política y social de transición en los EE.UU. Esta película es, como señala Kehr: Una gran película, rica en sentimiento y pensamiento y compuesta en ritmos que varían desde lo elegíaco hasta lo espontáneo”.

Recuerdo que aunque era un adolescente cuando vi por primera vez esta película en un cine de verano, salí hondamente impresionado y desde entonces mantuve esta cinta en mi corazón de aficionado a las películas del oeste, como una obra principal. La habré visto una docena de veces como poco, y siempre me sigue impresionando el elegante ejercicio de Ford en esta obra filmada en blanco y negro, como inequívoco signo de una película “fin de era” que venía a cerrar el período de un género en el que él fue un enorme maestro. Ford grabó en ese “anticuado” aunque magistral blanco y negro, la perfección de una manera de hacer cine, dejando paso a la necesaria renovación, a la inexcusable evolución del Western.

El guión de James Warner Bellah y Willis Goldbeck es adaptación de una historia de la célebre escritora de Iowa especializada en relatos del oeste, Dorothy M. Johnson, obra de título parecido al film, que en inglés resulta: The Man Who Shot Liberty Valance (1962) -–El hombre que disparó a Liverty Valance. Quiero recordar aquí que la gran escritora Dorothy M. Johnson (1905-1984) fue autora de otras excelentes novelas llevadas igualmente al cine, como: El árbol del ahorcado de Delmer Daves, 1959; y Un hombre llamado Caballo de Elliot Silverstein, 1970. En el libreto de este film que comento, se expone con todos los matices necesarios que son muchos, una época en que el far west salvaje y brutal comienza a perder su condición de territorio sin ley, para dejar paso a la civilización; todo a manos de abogados como el protagonista de la trama, que con un arrojo casi temerario, llegaron decididos a implantar la justicia y a acabar con la violencia. La clave de este extremo en la película es, como escribe Kurt: … que Stewart rehúsa llevar revólver, hasta entonces único consuelo de sheriffs y espectadores ante la injusticia y el mal.

En esta película hay en esencia tres protagonistas principales: un “pica-pleitos”, como gustaban llamar en aquellos entonces a quienes ejercían la abogacía; un hombre rudo, valiente y experto con las armas, una espécimen ya en extinción; y una bella joven de la que ambos están enamorados. Y en el transcurrir del film y bajo la sabia batuta de Ford, se suceden unos acontecimientos a gran ritmo, sucesos que son la base para forjar una leyenda, algo por demás bastante común en la necesidad de pueblos y civilizaciones, la de crear héroes, individuos que pasan a la Historia como personajes emblemáticos, protagonistas de loables de hazañas y labradores de códigos de honor que perduran en el imaginario colectivo como puntales a los que agarrarse en tiempos difíciles y de tempestad moral. Hay en este film la inclinación a construir ese “mito” sobre la realidad, aunque esta realidad tenga puntos oscuros y desconocidos (https://www.youtube.com/watch?v=hP77V2X1Biw). Y es que, como escribe mi colega Bloomsday: Tom disparó el último tiro para así convertir en leyenda el inevitable futuro en el que ya no tenía sitio.”

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Incluso este film de 1962, fue una película que encajaba en la crisis de los Misiles de Cuba-URSS que se sucedía en aquellos entonces, con el Presidente Kennedy haciendo de figura principal y responsable de una situación de actualidad entonces, entre diplomacia y fuerza bruta, que es al fin, un aspecto primordial de esta película: https://www.youtube.com/watch?v=V57Wi3T8IZE.

Pero Ford, como ha demostrado sobradamente a lo largo de su filmografía, es también un gran retratista psicológico, lo cual hace también en esta obra, filmando un estudio sobre la condición humana tan preciso como memorable. Trazos, perfiles, no sólo de los personajes de la obra, sino también del fenómeno psicosocial que significó un punto y aparte con el viejo oeste de los pistoleros y de los más violentos, rápidos y audaces, para encauzar la vida por vía de la Ley, con el general aplauso del ciudadano de la época, ávido de paz y justicia. Excelente la música de Cyril Mockridge y una enorme fotografía en blanco y negro de William H. Clothier, fotografía llena de matices y de nostalgia.

El reparto es auténticamente de lujo, de cinco estrellas mínimo. Un John Wayne brillante, sobrio, que se sale de la pantalla; James Stewart está genial en su rol de abogado ingenuo e inconsciente que acaba encumbrado por la inopinada ayuda de Wayne –claro; Vera Miles muy bella e inspirada; Lee Marvin borda el personaje maléfico y decadente de Valance; y acompañan un elenco de actores y actrices de primer orden como Edmond O, Brian, Andy Devine, Ken Murray, el mismísimo John Carradine, Jeanette Nolan, John Qualen, Willis Bouchey, Carleton Young, Woody Strode, Denver Pyle, Stoher Martin, nadamenos que Lee Van Cleef, Robert F. Simon, O.Z. Whitehead, Paul Birch y Joseph Hoover. La verdad, Ford y su equipo se lucieron en el trabajo de casting.

Entre premios y nominaciones, curiosamente y lamentablemente sólo obtuvo en 1962 la nominación al Oscar al mejor vestuario: ¡increíble tanto despropósito!

Estamos desde mi modo de ver ante la quintaesencia del Western crepuscular. Un western que cierra un ciclo, no sólo cinematográfico, sino también y yendo al lejano Oeste, como final de pistoleros, para solaz de aquellos primeros moradores que por fin se vieron amparados ante tanta barbarie por parte de forajidos. El trasfondo histórico son los finales del siglo XIX, cuando se impuso el Estado de Derecho, sucediéndose cambios importantes en el plano social, económico y de ordenación en general del país americano.

En este punto el pistolero pierde caché y reconocimiento y deja de ser el ídolo que fue. Recuerdo aquí algunos de esos western crepusculares, principio del fin del Western clásico que inicia Ford, como: Los siete magníficos de John Sturges, 1960 (pistoleros por las buenas causas); casos singulares como Pequeño Gran Hombre, 1971, de Arthur Penn (crítica a la sociedad americana y a sus prohombres); la archiconocida Grupo Salvaje, 1969, de Sam Peckinpah (sátira a ciertos clichés de género); El Dorado, de Howard Hawks, (1966); Río Lobo, también de Hawks, 1970; de Clint Eastwood, El Fugitivo Josey Wales, 1976 (que daba relevancia al reparto femenino y trataba a los nativos de una manera más comprensiva); algo más tardía El Jinete Pálido, 1985 (con una visión nostálgica). Sin olvidar los Spaghetti Westerns o Italo-Westerns (por ejemplo la trilogía del dólar de Leone) rodados en tierras almerienses a mayor gloria de Eastwood, Bronson y otros como protagonistas. Finalmente, no quiero dejar en el tintero una película que es ya mítica, otra obra maestra de Eastwood, Sin Perdón, 1992 (que utilizo un lenguaje dramático para criticar el uso de la violencia, con una visión cuasi feminista). Cineastas y filmes que vieron en el género la oportunidad de hacer crítica social y de valores. Así, lo que vemos en este breve apunte es cómo las “películas de tiros” fueron evolucionando. Luego vendrían otras con otros matices.

Estamos ante una gran película que tiene de todo, actores de primera, dirección de primerísima, guión maravilloso, grandes diálogos, excelente tensión narrativa con un largo flash back que mantiene en vilo el relato, crítica social, elementos de la reciente Historia de los EE.UU., suspense incluso. Una película, en suma, que a quien le guste el cine, cuando la ve, ya no la olvida. Quiero tomar de Ocaña estas palabras con las que me identifico plenamente: Obra memorable, que revoluciona el género mediante la transgresión de sus propios códigos. Una reflexión de lirismo inaudito, de desatado romanticismo, acerca del significado del honor, de la distancia entre realidad y leyenda, todo ello retratando a unos personajes crepusculares y atormentados, repletos de matices. Una maravilla.”

Resumiendo, esta película es sin lugar a duda uno de los mejores westerns de todos los tiempos, de nuevo menciono a Ocaña cuando escribe: Quizá el Western de Ford más redondo [...] Obra maestra.” Y me gusta mucho el colega Bloomsday cuando escribe con una honda carga emotiva estas palabras sobre el Ford que realizó este film: Se puso el parche, nos dio la espalda y se alejó después de descerrajarle un tiro a la historia del western, del cine clásico, del cine en general, del western crepuscular y a la madre que nos parió. John Ford, coño. John Ford es el cine”.

¡Ah! Y no hay que olvidar el extraordinario final, cuando James Stewart/Ranse Stoddard hace una sencilla pero definitiva pregunta a su esposa: Hallie, ¿quién colocó las flores de cactus sobre el ataúd de Tom?; a la que ella responde: Yo fui. En ese punto Stoddard acepta lo que siempre se había negado a sí mismo: su esposa estaba enamorada del hombre que verdaderamente mató a Liberty Valance.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=bN0onE09-8c.

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