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Una vitalidad contagiosa

Por Enrique Fernandez Lópiz

The artist se sitúa en el Hollywood de 1927, cuando aún imperaba el cine mudo. En la historia, George Valentin es un actor reconocido de este tipo de cine; es famoso, rico, le adulan las productoras y la vida le sonríe. En este punto, la Historia del cine, como es sabido, da un giro de ciento ochenta grados y el cine mudo empieza a quedar obsoleto con la incorporación del sonido en las películas y sobre todo del lenguaje hablado. Así, con la llegada del cine sonoro su carrera empieza a desmoronarse y con ella, su vida privada y sus finanzas. Del otro lado de la historia, una joven actriz a quien él ayudó en su momento como extra en sus películas, Peppy Miller, empieza a repuntar como una gran estrella del cine sonoro. El olvido de Valentín junto al oculto amor de Peppy por él, se conjugan para construir la trama. Este film cuenta el auge y la decadencia de una estrella de Hollywood en el tránsito del mudo al sonoro, pero con final feliz.

Genial película dirigida por Michel Hazanavicius magistralmente, siguiendo el estilo del cine mudo, con un guión del propio Hazanavicius, quien confecciona una historia sobre la fama, los cambios en el la Historia del cine y sobre todo una historia de amor. La música de Ludovic Bource es invalorable y libre, tan libre que incluye la hermosa banda sonora que Bernard Herrmann compuso para el Vértigo de Hitchcock. Junto a la música, una fotografía en blanco y negro que, empero, es refulgente, de Guillaume Schiffman. La puesta en escena es acertadísima igualmente.

El reparto es de auténtico lujo con un Jean Dujardin auténticamente brillante, con la contraparte de una Bérenice Bermejo maravillosa y plena; James Cromwell magnífico como chófer y mayordomo; John Goodman muy bien; y acompaña un elenco de lujo con Penelope Ann Miller, Missi Pyle, Malcolm McDowell (quien lo ha visto…), Joel Murray, Ed Lauter, Beth Grant, Bitsie Tulloch, Ken Davitian, Bill Fagerbakke y Katie Nissa.

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Pocas películas habrán sido tan premiadas y nominadas como esta. Veamos lo que sucedió en 2011: 5 Oscar: Mejor película, director, actor (Dujardin), BSO, vestuario. 10 nominaciones. 3 Globos de Oro: Mejor película comedia/musical, actor (Dujardin) y BSO. 6 nominaciones. 7 premios BAFTA, incluida mejor película, director, guión original. 12 nominaciones. 6 Premios Cesar, incluyendo mejor película y director. 10 nominaciones. Festival de Cannes: Mejor actor (Jean Dujardin). National Board of Review (NBR): Top 10 – Mejores películas del año. Independent Spirit Awards: Mejor película, director, actor y fotografía. 5 nominaciones. Critics Choice Awards: 4 premios, incluida mejor película. 11 nominaciones. Festival de San Sebastián: Premio del público. Premios del Cine Europeo: Mejor BSO. 4 nominaciones, incluyendo mejor película. Premios Goya: Mejor película europea. Satellite Awards: Mejor dirección artística. 5 nominaciones, incluyendo mejor película. Producers Guild of America: Mejor película. Premios de la Crítica de Washington (WAFCA): Mejor película. Directors Guild of America (DGA): Mejor director. Screen Actors Guild: Mejor Actor (Dujardin) Nominados Actriz secundaria, reparto. Círculo de críticos de Nueva York: Mejor película y director. Festival de Hampton: Mejor película (Premio del público). Festival de Sevilla: Premio del público. Nominada Premios David di Donatello: Mejor película de la Unión Europea. Asociación de Críticos de Chicago: Mejor Guión. Premios del Cine Europeo: Nominada al Premio del público (mejor película). ¡Magistral! No cabe más.

El cine, como todo arte, evoluciona, no sin dejar rastros de pena y angustia en quienes no se adaptan a los nuevos tiempos. Una de estas crisis o puntos de inflexión lo constituyó el paso del cine mudo al cine sonoro. Haciendo una breve revisión, creo que se puede partir del año 1895 como la fecha en que nace el cinematógrafo de mano de los hermanos Lumière, pero antes, con otra técnica se realizó primera película muda por Louis Le Prince en 1888. Se trataba de un filme en que dos personas caminaban por un jardín y se tituló La escena del jardín de Roundhay. El arte del cine alcanzó su plenitud antes de la aparición de las películas con sonido, allá en los finales de los años veinte. Los entendidos sostienen que la calidad estética del cine disminuyó durante varios años hasta que directores, agentes y el personal de producción se adaptaron al nuevo cine sonoro.

La primera proyección comercial de películas con sonido sincronizado ocurrió en Nueva York, en abril de 1927. Se inició así la época del llamado «cine sonoro». En la década de los treinta las películas sonoras eran ya un fenómeno global, lo cual colaboró en los Estados Unidos a asegurar la posición de Hollywood como uno de los sistemas culturales y comerciales más potentes del mundo, como una auténtica industria.

Este film habla de ese proceso en una especie de postal de amor a las estrellas del cine mudo. En el film, rodado al estilo mudo, se refleja con gran cariño el espíritu de los años veinte y el estilo de sus películas. Y lo hace con una historia muy buena, fidedigna y creíble de lo que tuvo que ser aquella época dorada y el duro trance por el que tuvieron que atravesar muchas de sus glorias a fin de adaptarse a los nuevos tiempos. Otros quedarían estancados y fuera de juego.

Hay en The artist todo lo que nos motiva a ir al cine: auténtica acción, risas y buen humor, también melancolía y lágrimas, amor, mucho amor y sobre todo, la oportunidad que su director Michel Hazanavicius nos ofrece para viajar atrás en el tiempo y perdernos por mundos desconocidos. Esta película es una pieza pura y cautivadora que a nadie con buen gusto va a dejar impasible.

Esta película nos sorprende, entre otras, porque rompe el tópico de que el cine mudo y en blanco y negro es aburrido. Nada más lejos de esta maravilla y su derroche de entretenimiento y emociones a flor de piel. Y un hilván de “gags” muy pero que muy graciosos. Y es que su director recrea el imaginario extraído de forma directa del cine mudo. Que como a veces se dice, no era mudo, pues había música o efectos sonoros en el cine, lo que sí ocurría era que los personajes movían la boca pero no hablaban; y de eso habla, o mejor “no habla” The artist, de una película sin habla en el siglo XXI y reproduciendo los manierismos del cine de la época. Todo ello gracias a Thomas Langmann, que puso el dinero contante y sonante en un proyecto aparentemente suicida, una película muda y en blanco y negro: ¡grande! Eso sí que es jugar fuerte.

Tal vez otro director como Truffaut o Allen habrían podido hacer una reflexión sobre el cine, sus avatares o su Historia, pero no ¿Qué hace Hazanavicius? Luís Martínez muy acertadamente nos lo dice cuando escribe que esta película: Es, sencillamente, un divertimento tan logrado como delicioso. Tan delicioso como una deliciosa delicia francesa. Vamos, todo lo delicioso que puede ser un cadáver exquisito cuando habla.”: ¡chapeau!

Sin engañifas ni ligereza, Hazanavicius levanta sobre su sabiduría cinematográfica una tragedia que tiene de todo: al principio las risas de un rey del cine mudo (guapo, vital, elegante); luego el ocaso, la entrada de la era del lenguaje hablado en el cine y la incapacidad para el maduro actor de entrar por esa puerta extraña; le siguen el fracaso, el alcohol, la ruina e incluso el intento de autolisis; y finalmente la felicidad del encuentro con una triunfadora enamorada, con memoria y corazón, que se ha adaptado a los nuevos códigos y lo sana (la “cura por amor” de la que hablara Sigmund Freud). Y como escribe Boyero: Todo fluye con inteligencia, gracia y sentimiento en The artist. Incluida una secuencia tremenda e inolvidable en la que el protagonista empieza a ser consciente de los sonidos de la realidad y de cómo afectarán al cine.”

Es, así y en resolución, un homenaje al cine silente, con abundantes dosis de humor y el hechizo necesario para agradar a la generalidad del público. Incluso, en ese mundo silente cabe un final en el que el sonido sale de los zapatos de claqué de él y de ella que bailan al unísono. Entonces, lo que se desprende de este final hermoso es la celebración de una película de un ánimo y una vitalidad contagiosa.

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