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Una traslación de la Cenicienta a la modernidad

Por Enrique Fernández Lópiz

Hace poco vi Los ojos amarillos de los cocodrilos en el cine, éramos tres en la sala, una lástima, mientras las atrocidades de estrenos mayormente de cine norteamericano se llenan hasta los topes con comedias fatuas, pelis de terror que dan risa o disparos y golpes a discreción. Y digo que es una lástima pues obvian el buen cine europeo que queda al parecer para una minoría, no sé si por un fallo en los canales de distribución y por la publicidad, o simplemente por una falla en esta “sociedad líquida” que sólo quiere trivialidades infumables de violencia, humor chabacano o efectos especiales ¿Y qué mejor “efecto especial” que la vida de las personas, sus avatares, conflictos, encuentros y desencuentros, ambiciones, celos, amor u odio? ¿Hay algo más interesante que conocer cómo somos? Pues bien, de esto va esta película, de la vida dramática de las personas. Y es que cada persona es singular, y la vida a su vez, también es singular en cada caso por sus contenidos: amores, odios, venganzas, filias, fobias, apetencias, adversidades, etc., que en cada uno juegan en la construcción de una biografía, de una historia personal idiosincrásica, única. De ahí que digamos que esta singularidad es “dramática”, al modo de los personajes en el teatro o el cine. Los hechos psicológicos son segmentos de la vida del individuo particular, según dice el pensador hoy olvidado George Politzer, y el autor de películas tiene, como sabemos, la posibilidad de reflejar esta singularidad con su cámara y bien hacer.

La historia se desarrolla en el París de la burguesía y las familias bien. Joséphine e Iris son dos hermanas de mediana edad. La primera de parecido no muy agraciado, mujer hecha a sí misma y dedicada al estudio de la Historia y los idiomas, casada con un marido en paro y con amante, y con serios problemas económicos y muchas dificultades en su vida con sus hijas, el trabajo, etc. Por el contrario, Iris es una bella mujer casada con un abogado de éxito que lleva una vida trivial pero acomodada, una mujer ambiciosa y carente de moral. En una cena, Iris cuenta que está escribiendo una novela. Evidentemente la capacidad de Iris no da para tanto. Es entonces cuando por todos los medios convence a su hermana Joséphine, a la sazón separándose de su marido y con deudas por doquier, para que le escriba la tal novela que se desarrolla en la Edad Media, época que Joséphine domina a la perfección. El caso es que la Joséphine acabará por escribir la novela a cambio de algún dinero, pero la autoría será de Iris, quien triunfa con la obra que se convierte en un éxito editorial. Esta circunstancia precipitará acontecimientos muy importantes en la vida de ambas y cambiará para siempre su relación.

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La película está desde mi modo de ver muy bien dirigida por Cécile Teleman, quien a lo largo de la obra aborda una red de temas muy bien trabados, cada cual más interesante que el siguiente, pero en punta siempre la relación entre las dos hermanas. Como apunta Ocaña: ”… convive en el relato una dicotomía interesante: la de la mujer poco agraciada en el físico que se desvive por los demás sin que nadie se lo reconozca, mientras al otro lado del espejo hay una hermana bella y supuestamente brillante, vampira emocional que chupa méritos mientras no da un palo al agua. Un contraste que da pie a lo mejor de una película…” En gran parte el mérito del film es debido a un guión magnífico de Charlotte De Champfleury, inspirado en la novela homónima de Katherine Pancol, que conduce la obra con una veta dramática de enorme interés, que en cierto modo reproduce el mito del conocido cuento La Cenicienta, trasladado a nuestra época. La música está muy bien seleccionada y en parte compuesta por Frédéric Aliotti, y la fotografía acompaña con sus tonos apagados unos relatos que dan más para pensar que para reír.

El reparto es muy bueno, con unas actrices principales como Emmmanuelle Béart (mucho botox para mi gusto, eso sí) y Julie Depardieu muy profesionales y creíbles, rodeadas de actrices y actores de gran talla como Alice Isaaz, Jacques Weber, Patrick Bruel o Karol Rocher, por mencionar algunos, que dan enjundia actoral al film; hemos de recordar también el buen papel de los niños y los adolescentes.

Esta película me ha recordado lo que en Psicología fue denominado por Eric Berne como “guiones de vida”, esto es, cómo desde incluso antes de nacer, pero más claramente tras el nacimiento, hay, de parte de los padres, un cúmulo de expectativas y actitudes que van cristalizando en un plan inconscientemente dirigido, que hace que cada hijo/a juegue un papel desde la más tierna infancia, reforzado por los padres y moldeado por ellos, como digo, y que culmina en una alternativa de vida para cada infante, un “guión de vida” propiamente dicho, un rol que desplegarán lo largo de su existencia: unos tendrán el guión de tontos, otros de inteligentes, otros de guapos y exitosos, otros de de fracasados, de manipuladores, etc. Y si nadie lo remedia, sobre todo si el “rol” es negativo, repetirán indefinidamente el guión. Pues bien, en la película las dos hermanas son canalizadas ya desde pequeñas por caminos diferentes. La primera, Joséphine, la amada por el padre que tristemente fallece prematuramente, es una especie de niña sufrida y anónima, mientras que la segunda, Iris, protegida y predilecta de una madre posesiva y cáustica, es la niña sobresaliente, guapa, elegante y con clase. Y es mi parecer, y de algún otro crítico, que esta película trata un guión concreto, el que deriva de la traslación del cuento de la Cenicienta al mundo moderno, como decía antes.

Como es fácil observar, muchas mujeres pasan su existencia sufriendo en silencio maltratos e iniquidades, viviendo modestamente, trabajando sin lamentos, que se conforman con trabajos alienantes y sacrifican sus necesidades para condescender con otros, e incluso se enamoran de “príncipes mediocres” u hombres inapropiados, o sea, hay mucha auto-punición inconsciente en algunas mujeres, cuya agresividad que debían volcar ante los demás, se inhibe y se dirige contra sí mismas. Además sueñan con un “hada madrina”, con alguna salvación mágica que las saque de la mala vida que llevan, sin que hagan nada por sí mismas para conseguir esos cambios. Y en esta película, como en la Cenicienta del cuento, el padre es un personaje inexistente por su prematura muerte, y entonces para Joséphine la figura paterna no pudo tener su peso en su vida. Sin la protección y el amor paterno, y la desconsideración y el rechazo de la madre irascible con ella, la joven Cenicienta queda librada a su suerte. Y sí, hay un príncipe en historia en la figura de un joven estudioso como ella, e incluso un “hada madrina” encarnada en este caso y curiosamente, por la conflictiva hija adolescente, que finalmente cae en la cuenta del valor de su madre, desvela la farsa del libro y restituye a la madre en su papel protagonista.

En resumen, es una película buena, más que aceptable, que toma de la novela de Katherine Pancol múltiples personajes, tramas y sub-tramas muy humanas e interesantes, y unas historias bien concatenadas pese a su complejidad. Y como soy yo quien escribe estos renglones, pues la recomiendo sin más. Y si la ven, que la disfruten como yo he hecho.

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