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Una sátira endiablada de Kubrick

Por Enrique Fernández Lópiz

Trataba no hace mucho en uno de mis comentarios en estas páginas, sobre la Guerra Fría desde la inigualable versión humorística y cargada de sarcasmo de Billy Wilder en su película Un, dos, tres de 1961. En ella el gran director se emplea a fondo y con un afilado guión, que relata a golpe de risa los tics, prejuicios y estereotipos del nazismo, el comunismo y el capitalismo. Todo ello en el Berlín de principios de los sesenta. En esa película hay casi meramente comedia y comicidad. Pero en esta otra que ahora quiero comentar, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú de 1964, otro enorme director, Stanley Kubrick, se mete de lleno en la pugna EE.UU versus URSS, que alcanzaba su máxima nivel por esos entonces. La trama, siendo igual en torno a la Guerra Fría, se mueve en unos límites que siendo cómicos y surrealistas, se interna en la posibilidad del gravísimo y aún temido drama de la aniquilación de la humanidad como consecuencia de una guerra nuclear a gran escala.

En este film, el general estadounidense evidentemente desequilibrado Ripper, convencido de que los comunistas están impregnando con flúor el agua para contaminar los “preciosos fluidos corporales” de los estadounidenses, decide por su cuenta invadir la URSS en un ataque de locura paranoica con toda una flota de aviones cargados con armamento nuclear. Lo que no sabe Ripper es que los soviéticos cuentan con un “Dispositivo del Fin del Mundo”, el cual se activa de manera automática en caso de detectar un ataque atómico sobre su territorio.

El capitán Mandrake (Peter Sellers), su ayudante, funcionario militar que participa en un “programa de intercambio” con la Fuerza Aérea estadounidense, trata de impedir el bombardeo, lo cual que casi consigue. Paralelamente, en una reunión en la cumbre de Jefes de Estado Mayor y con toda la parafernalia, el Presidente de los EE.UU. Merkin Muffley (Peter Sellers), en una actitud un tanto estúpida y servil, tal como se describe en el film, se pone en contacto con el presidente ruso, a la sazón en estado de embriaguez –lo que entra también de lleno en el tópico del comunista hasta las cejas de vodka-, para transmitirle que se ha iniciado por error un ataque nuclear, pero que el tal ataque va a ser atajado. Mientras, el asesor del Presidente americano, un científico ex-nazi en silla de ruedas llamado Strangelove (de nuevo Peter Sellers), confirma la existencia del Dispositivo del Fin del Mundo o Máquina del Juicio Final, capaz de acabar con la humanidad para siempre. Ante el temor del devastador dispositivo soviético de exterminio, el Dr. Strangelove recomienda al presidente norteamericano Muffley que un grupo de humanos se oculte en un profundo pozo donde no llegue la radiactividad, para poder repoblar la Tierra. En este punto genial, el Dr. Strangelove se levanta de su silla de ruedas y cuando cae en la cuenta de que puede caminar, grita “¡Mein Führer, puedo caminar!“, sólo un segundo antes de que las bombas del juicio final empiecen a detonar, concluyendo con en el fin de la especie humana.

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En cuanto a los Premios y nominaciones en 1964 están, entre otros: 4 nominaciones al Oscar: Mejor película, director, actor (Peter Sellers) y guión. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor Director. BAFTA: Mejor película.

Realmente es una auténtica y demoledora sátira contra la guerra fría en la que Kubrick despliega todo su genio entremezclando el humor, el drama, la tragedia, la crítica cáustica y un dominio de la técnica cinematográfica a todo nivel en la realización de esta delirante odisea que une diversión y angustia.

El film cuenta una realidad posible y por eso genera angustia, a pesar de lo delirante de la trama y de los propios personajes. Precisamente, hace unos meses leía, con motivo del cuarenta aniversario de la guerra árabe-judía del Yom Kippur en Octubre de 1973, que las fuerzas armadas hebreas propusieron la utilización del arsenal nuclear frente a la embestida de las tropas egipcias y sirias. E igual ocurrió con la crisis de los misiles en Cuba en Octubre de 1962 con Kennedy en el poder. O sea, que la idea no es peregrina ni mucho menos y además, el poder de los militares sigue siendo muy importante, incluso en países de larga tradición democrática como EE UU.: ¡este es el gran mensaje de esta genial sátira de Kubrick!

Quiero destacar en primer lugar la excepcional dirección del maestro Kubrick -que nunca defrauda-, el gran guión del propio Kubrick junto a Terry Southern y Peter George (autor de la novela que inspira el libreto: Red Alert). Gran banda sonora de Laurie Johnson emulando el género western, y una superlativa fotografía en blanco y negro de Gilbert Taylor que sabe encuadrar a la perfección esta humorada negra y dramática a la vez.

El reparto de este film es uno de sus valores firmes con un Peter Sellers superlativo en sus tres papeles de Capitán de aviación de la Royal Air Force Lionel Mandrake, de presidente de los Estados Unidos, Merkin Muffley, y el de Dr. Strangelove, asesor ex-nazi del presidente. Y no nos olvidamos de George C. Scott, inmenso en su rol del General ‘Buck’ Turgidson, furibundo anticomunista: magnífico; Sterling Hayden, perfecto como General Jack D. Ripper; Keenan Wynn sembrado como Coronel ‘Bat’ Guano; James Earl Jones, destacado como Teniente Lothar Zogg; Slim Pickens, Mayor T. J. ‘King’ Kong, pura locura de cowboy sobre un misil nuclear al modo del rodeo americano; Peter Bull de comunista ruso maléfico, embajador ruso Alexi de Sadesky; la bella Tracy Reed como señorita Scott; sembrado Jack Creley como Señor Staines; estupendo Frank Berry de Teniente H. R. Dietrich; Glenn Beck admirable como Teniente W. D. Kivel; Shame Rimmer de Capitán G. A. ‘Ace’ Owens; Paul Tamarin como Teniente B. Goldberg; Gordon Tanner de General Faceman; Robert O´Neil como Funcionario de Gobierno Randolph; y Roy Stephens que es Frank. Un equipo actoral de primerísimo orden, con interpretaciones sobre un guión devastador para el statu quo de la época y de siempre; cada una de las interpretaciones roza la perfección.

Tampoco hay que olvidar que esta película está rodada en 1964, en plena guerra fría, lo cual que hace más meritorio el personaje de Kubrick, que fue capaz de satirizar con un tema candente y muy sensible en aquellos entonces. Y lo hace al modo más surrealista y ácido posible, sin dejar títere con cabeza, desde los militares locos, pasando por un Presidente norteamericano medio cretino y pusilánime, siguiendo por la diplomacia rusa con sus afanes de espionaje constante con cámaras de fotos japonesas, el presidente ruso borracho de vodka o el científico nazi afincado en Norteamérica. Todo un sainete con una interpretación coral memorable y un mensaje ineludible para que nunca olvidemos el riesgo que denuncia el film.

Si tuviera que concluir según mis impresiones esta película, diría que se trata de una cinta de conjunto rodada por uno de los más grandes genios del cine del siglo XX, Stanley Kubrick, con un perfeccionismo mordaz e incisivo –algo que caracteriza muchas de sus películas-, con un Peter Sellers que está sencillamente extraordinario en sus tres papeles, y que estamos ante un valor cinematográfico de alto voltaje, caracterizado por su cualidad narrativa, su ambientación, puesta en escena y decorados, diálogos sobresalientes y locos en el mejor sentido de satíricos y exaltados, y vuelvo a recordar el reparto de lujo.

Kubrick nos lanza su bomba atómica desde la pantalla, para que explote en nuestra cara en forma satírica. A ver si de esta forma “paramos” un poco el ritmo y nos ponemos a “pensar” otro tanto. Aunque el mensaje es claro: antimilitarista, como en Senderos de gloria (1957), antibelicista como en La chaqueta metálica (1987), y antinuclear. Ahí queda.

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