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Una película social

Por Enrique Fernández Lópiz

Perros callejeros, película rodada por un interesante José Antonio de la Loma, con guión del propio J.A. de la Loma, y una fotografía bastante regular de Francisco Sánchez. En el reparto hay actores aficionados, algunos delincuentes reales, y otros profesionales que alternan en un desigual equipo actoral donde destacan Ángel Fernández Franco (alias El Torete), Frank Braña, Xabier Elorriaga (padre Ignacio), Miguel Hugal, Lyn May y Víctor Petit. Las interpretaciones son mediocres pero cargadas de naturalidad, pues son chicos de la calle, y desde luego, al hilo de su “cultura” están impregnadas de chulería macarra y machismo barato. Aunque esto no sea lo sustancial de esta película como ahora diré.

Se trata de una especie de drama y película de quinquis con atracos y robos por doquier. En esta película una pandilla de chorizos adolescentes provenientes de los suburbios de Barcelona, se dedica al robo de coches a discreción. Igualmente se emplean en el robo de bolsos por el método del tirón, a atracar tiendas para vender el producto del robo a precios baratos, y también asaltan a parejas en lugares alejados para robarles y lamentablemente violar a la chica. Hay persecuciones en coche a gogó, de las que suelen zafar saltando los controles o conduciendo temerariamente por lugares prohibidos o en dirección contraria. Así, De la Loma nos introduce de lleno en la vida y obra de jóvenes como “El Torete”, “El Pijo”, “El Corneta” o “El Fitipaldi”.

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Vi entero este film un poco cutre, porque es un testimonio de lo que fueron aquellos años setenta y principios de los ochenta en lo que a robos, delincuencia, etc., se refiere. De hecho, en su momento esta película arrasó porque pintaba una época convulsa, tanto en Cataluña como en España en general, donde se produjo una importante oleada de robos, atracos a mano armada, asesinatos y otros muchos delitos que tenían a la población desconcertada. De la Loma arrojó algo de luz a ese fenómeno postfranquista de delincuentes temerarios y criminales que no pasaban los 20 años de edad y dispuestos a arriesgar el todo por el todo. Un fenómeno nada extraño tras la caída de la dictadura, las limitaciones de una policía silvestre hasta entonces y por lo tanto el repunte del latrocinio y la criminalidad, como consecuencia del advenimiento de la Democracia al país.

Así, De la Loma perfila el lamentable estilo de vida de jóvenes marginales sin oficio ni beneficio, cuya única alternativa era delinquir, pues en barrios como La Mina no existían vías de inserción; antes bien, estos jóvenes eran considerados una lacra social que había que poco menos que exterminar. Es decir, no había una opción educativa, de trabajo digno, ni gente preparada para abordar la compleja problemática de aquellos muchachos; además, muchos de ellos estaban metidos en la droga. Recuerdo en este punto que ya comenté en esta misma Web la película también aclamada en su momento, de Saura, sobre el mismo tema y con actores delincuentes: Deprisa, deprisa de 1981 no hay que olvidar otros capítulos de esta misma como Perros callejeros II de 1979 o Los últimos golpes de Él Torete, 1980; y Yo, El vaquilla, 1985, también de José Antonio de la Loma y su hijo.

Esta película tiene buenas persecuciones en automóvil, escenas de gran crudeza que ponen de manifiesto aquellas comunidades delincuenciales con sus enfrentamientos internos y venganzas; y también resulta interesante poder ver de nuevo las modas de la época, los coches de aquel tiempo, el Seat 1430 o el 124, y ni qué decir del Tiburón Citroën, el “Rey de la carretera” como lo llamaban los gitanos y considerado el más bello diseño automovilístico del siglo XX, de Flaminio Bertoni, por la revista Classic & Sports Car; estos coches, sobre todo éste último, era una maravilla en la época.

Y quiero cerrar diciendo que es también y mucho, una película social que refleja cómo la delincuencia de las grandes ciudades de nuestro país en aquella época, era fruto del éxodo rural, de los miles de pobre gente que aterrizaron en los años sesenta, setenta y ochenta en las grandes urbes, con muchas quimeras y esperanzas, pero sin preparación ni amistades ni dinero. Y para colmar el vaso, eran mal vistos, insultados por los ciudadanos locales que los llamaban con apelativos como “charnegos” u otras lindezas. Aquella pobre inmigración veía cómo los oriundos vivían a todo tren en su propia cara, consumían, salían con lindas chicas o alternaban en fiestas “pijas” que a ellos les estaban vetadas. Recuerdo en este punto otra crítica que hice a una película de Gonzalo Herralde basada una novela de Marsé y que hace pensar en esta realidad: Últimas tardes con Teresa, 1984.

Pues bien, este film también habla de esta realidad social, cierto es que sin tomar partido por los “quinquis”, tampoco por la `policía, meramente presentando la urbe como una especie de campo de batalla donde sobreviven los más curtidos y despiadados.

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