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Una película muy querida y entrañable de Tati para mi crítica nº 600

Por Enrique Fernández Lópiz

En Mi tío, el señor Hulot (Jacques Tati) es un hombre bohemio que vive en la buhardilla de un modesto edificio del París popular. Su única actividad consiste en llevar a su sobrino Gérard (Alain Becourt) a la escuela y recogerlo a la salida. Luego de un paseo con él lo devuelve al hogar de su madre, su burguesa y elegante hermana (Adrienne Servantie), que vive tan ricamente en un chalet ultramoderno lleno de aparatos e inventos de todo tipo, desde la entrada cuya fuente funciona mecánicamente, a la cocina llena de electrodomésticos sofisticados; he aquí la incursión de Tati en la cocina de la casa de la hermana.

Su hermana está casada con el señor Arpel (Jean-Pierre Zola), quien por todos los medios intenta reconvertir a su cuñado a una vida rutinaria y convencional como empleado en la fábrica de tubos de plástico que gestiona. Y también quieren, él y su señora, que forme una familia, a ser posible como la suya. Pero mientras lo consiguen o no, Hulot y su sobrino hacen travesuras, comen frituras por la calle y se lo pasan de lo lindo en sus paseos. Lo cual que contrasta con la reglada y mecánica vida en casa de los señores Arpel.

O sea, tenemos a la hermana de Monsieur Hulot, un ama de casa enfrascada en su automatizado y pulcro hogar; en su modélica familia. Ellos tienen un precioso y elegante coche que utiliza el señor para salir al trabajo o llevar al hijo y que la señora lustra con esmero mientras se despide de su esposo a quien también quita el polvo; el auto está en un garaje estupendo, con puertas de salida de la casa automáticas y todo lo propio de la mecánica hogareña que ya hacía acto de presencia en aquellos finales de los cincuenta. También un perro mimado que viste chaleco. Una fuente cibernética en el jardín. En fin, todo ese cúmulo de objetos y tecnología que hoy más aún que antes, tanta gente desea. Y tan centrada está la hermana y su esposo en estos asuntos y tan bien sienten ellos su confortable y estable y aburrida vida, que el único nubarrón que ven en su tediosa existencia es el insólito tío.

Pero el matrimonio pondrá todo su esmero y empeño para conseguirle un empleo y, ya puestos, una amistad femenina. O sea, al tío, Monsieur Hulot, hay que encarrilarlo como sea y reconducirlo para la causa, cueste lo que cueste, proporcionarle una meta en la vida e incluso un “sentido bien” a su desatinada existencia. Nada más lejos….

Querré, en los días que vendrán, comentar otras películas de Tati. Pero de esta es de la que guardo un genuino recuerdo infantil… y posteriormente adulto, claro. A mi madre, que le encantaba el cine, le entusiasmaba esta película. La primera vez que la vi, fue ella quien nos llevó a verla. Sería en un reestreno, claro, y éramos yo y mis hermanos muy pequeños. Pues bien, tengo el nítido recuerdo de aquel hombre alto, delgado, desgarbado, con su gabardina, que me hacía gracia; el sobrino haciendo trastadas para comer frituras; y más. Tal vez deseara un tío como Tati, pues los tíos de entonces eran muy besucones y petardos. Luego he vuelto a ver esta película varias veces más, y sigo encontrándola actual y deliciosa.

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El director Jacques Tati (un hombre con “alma de niño”) consigue crear un film auténticamente encantador con esta obra cargada de humor, de crítica, pero también de inocencia. Mensajes para una sociedad que persigue el confort a toda costa, la rutinización de los ciudadanos, que éstos sean convencionales, sujetos al uso, que se conviertan en buenos burgueses, gente de pro y que consuman cuanto más mejor.

También, muy importante, Tati hace en esta película, de manera equivalente, no igual, al modo de Chaplin en Tiempos modernos (1936), una sátira a la industrialización y el mecanicismo feroz, en aras de un mundo más humano, con gentes más sencillas y sin tanto artefacto ni aparato. Y por supuesto, un mundo que no sea tan aséptico con los niños. De hecho, Mi tío es un cántico al “buen tío”, ese que te lleva al campo, que gasta bromas a los viandantes con el sobrino de la mano, que monta en ciclomotor, come buñuelos grasientos, etc., aunque el niño, obviamente, se ensucie la ropita: ¡comme il faut!

El guión es absolutamente afectuoso, fruto del propio Tati junto a Jacques Lagrange y Jean L’Hôte. Es un libreto sencillamente fascinante y lleno de poesía y humor; en él se acumulan los gags, preeminencia del plano fijo, planos plagados de personajes y de objetos idóneos para la comicidad; el señor Hulot centra la trama, pero el resto de personajes y objetos gozan de la misma situación cómica.

Estupenda y alegre la música de Franck Barcellini y Alain Romans, una música rítmica y pegadiza que se queda en la memoria del que la escucha para siempre; puedes escuchar y ver los carteles del film y al propio Tati en el rodaje aquí. También es excelente una fotografía limpia y clara para no perder detalle, de Jean Bourgoin.

El reparto es ante todo Jacques Tati con su peculiar estilo, su manera de andar, su despiste generalizado y sus hechuras a la hora de comprar la baguette o subir las escaleras hasta su buhardilla. Y están soberbios Jean-Pierre Zola como su cuñado, el gerente Sr. Arper; Adrienne Servantie, en el papel de la elegante y señorona hermana y esposa del empresario Arper; Alain Becourt, como el simpático sobrino; y acompañan Lucien Frégis, Betty Schneider y Jean-François Martial. Todos geniales.

En 1958, entre premios y nominaciones obtuvo: Oscar a la Mejor película extranjera (que le dio un gran espaldarazo al pobre Tati que tanto penó para hacer sus pocas películas). Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera. National Board of Review: Mejores diez películas extranjeras.

Jacques Tati es sin duda uno de los directores, actores y guionistas más graciosos y cordiales del cine francés de todos los tiempos (de entre su media docena de películas, recuerdo aquí Día de fiesta, 1949. Su cine bebe de las fuentes de Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd y sobre todo del actor cómico francés Max Linder, un actor de aspecto distinguido y elegante siempre envuelto en mil enredos en sus películas. Sus influencias como se ve eran actores provenientes del cine mudo que también eran, como lo sería él, muy críticos con la temática social. Tati es un artista prodigioso, distinguido, muy original y con una gran sutileza, tanto para dirigir como para interpretar. Su sentido del humor es impecable, inmaculado y muy irónico.

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Aunque he visto todas sus películas, las cuales tengo en una colección de DVDs, para mí esta es la más emblemática, la mejor tal vez, la primera que vi y la que me trae recuerdos muy bonitos. Una parodia ligera e ingenua de la vida moderna, de la súper tecnificación, la artificialidad, la sofisticación y la deshumanización, a lo que Tati se enfrenta con una visión de encanto y calidez, apoyada en la vida tradicional y la cotidianeidad de los barrios y de la gente común. Si Chaplin destripó y auscultó a fondo el malestar de la técnica para el hombre trabajador en Tiempos modernos, como decía antes, Tati, a modo de meritorio sucesor, muestra las fatalidades del mundo burgués, para sí mismo y para los demás, poniendo en evidencia el absurdo de la ostentación y el fasto de ese estrato social más hueco que otra cosa.

Para trasladar esta crítica al celuloide, Monsieur Hulot, el personaje principal, no para de meter la pata en cualquier sitio y circunstancia (memorable cuando en vez de metros de tubo plástico lo que le sale de la máquina es un tubo tipo “salchichas”). En lo social ocurre otro tanto con las señoras sofisticadas que le quieren presentar como candidatas a novia: la famosa fiesta en el jardín. Y por supuesto, las bribonadas de su vivaracho sobrino. Todo con tacto y buen gusto.

Palomo escribió que: La obra de Tati permanece como un monumento luminoso al que pocos han sabido acercarse. [...] En esta obra inolvidable arremete contra la sociedad de consumo y contra el mecanicismo que ahoga al individuo. Así hace presente el absurdo de la realidad cotidiana en un prodigio de fantasía que encierra a sus personajes en secuencias deslumbrantes.” Mas su toque naif, su manera de moverse, su aspecto estrambótico, su sombrero, su torpeza perenne, su candidez, todo eso da para que guste hasta a los niños.

Además, en Mi tío, el espacio es primordial, con dos escenarios particulares: de un lado el sector popular y de otro el barrio residencial. Los bordes de ambos lugares se tocan en el plano de un bajo muro casi derruido con verja vieja incluida, cuya línea delimita el contraste entre ambos mundos: barrendero, perros callejeros en tropel o amas de casa que golpean fuerte con la escoba la pared del vecino, Hulot en su moto-bici; y en el otro lado los señores y señoras bien, pulcramente vestidos, que pisan sólo las baldosas permitidas del pasillo de entrada a la vivienda o emplean todo tipo de resortes mecánicos para hacer funcionar cualquier cosa. Es decir, Tati evidencia la gran discordancia entre los personajes que se mueven en uno u otro lado del muro.

De esos personajes el principal es Monsieur Hulot, sus decisiones y actos están en gran medida vinculados, no sólo con los demás personajes, también con los objetos y arquitecturas del decorado. Hay también una prevalencia de la exposición sobre la acción, lo que lleva a Tati a utilizar más cantidad de imágenes cómicas, o sea, elementos más descriptivos que narrativos. La explicación está en que en esta película no existe una sólida línea argumental, sino que más bien explica cómo son las situaciones y los escenarios en los que se desarrollan las acciones. Por ejemplo, cómo es una entrevista de trabajo, o un aperitivo entre burgueses, o la trastada de niño, o una juerga, incluso los mismos sonidos son muy importantes (zumbidos, golpes, timbrazos, compresoras, martillos, motores). Siempre, claro está, desde la visión crítica y atenta de Tati, de un Hulot enfrentándose a un ambiente que no le pertenece.

A mí me gustó, me gusta y me gustará esta película de Jacques Tati, porque hace una propuesta fresca sobre la existencia, un planteamiento de inocencia y vuelta a los elementos más infantiles y naturales de cada cual, de nuestro estado niño. Propone escapar a toda costa de la abulia y la rutina del mundo acomodado, nos incita a mantener las ilusiones de siempre, a que nos divirtamos, pero también, ya en un tono más crítico, a huir de la frialdad, del excesivo formalismo. Apuesta por una vuelta al naturalismo, el rechazo a la hipocresía, a la mecanización estúpida y prescindible, nos alerta de la dependencia excesiva a las tecnologías (algo tan actual), y nos previene también del desabrimiento, de la vacuidad de las falsas apariencias, del aburrimiento de los protocolos o de una existencia en exceso planificada.

Pero Tati nunca fue bien tratado por la industria del cine. Como escribió Galán en 1982 en conmemoración de su muerte en ese mismo año: Pocas veces ha tenido un cineasta de tanto talento tan escasas posibilidades de mostrarlo. Coincidía su voluntad de no acatar las disposiciones de la industria con la que reflejó en sus películas. El hierático e impasible gentleman en ´ Las vacaciones de monsieur Hulot´ y prolongara luego en ´Mi tío´ era también un hombre firme y claro, dispuesto, a no dejarse vencer por las modas. El horror de Tati por el papanatismo de sus contemporáneos, dispuestos siempre a consumir lo que los fabricantes ordenaran, fue satirizado en sus comedias con el talante de quien reclama la independencia del hombre libre con su vieja capacidad para asombrarse de las cosas naturales, para gozarlas. Y es que, como decía el propio Tati: A cambio de tantos adelantos técnicos hemos perdido la fantasía. Si yo voy, por ejemplo, a visitar a un banquero y le pido dinero para hacer reír, se quedará estupefacto. Han perdido ya la imaginación. El genio Tati sólo pudo dirigir seis películas en sus treinta años dentro del mundo del cine. Es como para pensar.

Amigo o amiga, si no conoces a Tati, si no has visto esta película suya maravillosa, esta sana y divertida burla a la civilización deshumanizada y una sátira a la mentecata burguesía, te aconsejo que lo hagas. Sí, te recomiendo esta película sentidamente, porque creo que apunta con humor, un camino para ser más felices. Sobre todo ahora, cuando el capitalismo más silvestre ha borrado casi al completo la posibilidad de vivir de una manera más humanizadas, donde no nos traten como a cosas o meros números. Por eso hay que ver películas como estas, para recuperar el sabor de otra infancia como la que Tati venturosamente eternizó con su media docena de obras.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=NHJcwMrqnJo.

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