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Una película humana y humanista

Por Enrique Fernández Lópiz

Vi El visitante (“The visitor”) en su estreno, o sea, hace ya la friolera de diez años, que el tiempo va que vuela. Y la he vuelto a ver hace poco. La verdad, no tardé en comprender plenamente, en el sentido de empatizar, al personaje, y meterme dentro de su pellejo. No porque seamos iguales o vivamos las mismas circunstancias, es una cuestión de sintonía que a veces se da entre el espectador y algún personaje de película. Se trata de un hombre viudo, amante de la música, profundamente triste, con un hijo desaparecido del que lo único que dice en toda la película es que está en Inglaterra. El tal profesor, un tanto forzadamente y con fastidio, se ha visto en la ineludible obligación de viajar a Nueva York desde su Universidad de Connecticut, para leer una sesuda y pesada ponencia en un Congreso de su especialidad, como coautor que es de la misma.

En su existencia, el Doctor Walter Vale (Richard Jenkins), desde que perdiera a su mujer, pasa por la vida como “alma en pena”. Y aunque dice que le gusta su profesión de profesor universitario y que sigue afanosamente trabajando en su cuarto libro, la realidad no es esa. Se ha convertido en un zombi que ha camina sin interés, como un autómata de lo que antes tal vez sí fue su vocación. Está mantenido como un sonámbulo por la pura rutina, lo mecánico, lo que no requiere mucho esfuerzo ni mucha iniciativa, lo que no perturba el frágil equilibrio en que vive, ni significa un riesgo personal. Sin excesiva convicción, en su soledad, se ha propuesto aprender a tocar el piano, pero sólo como un amarre con su difunta esposa que era pianista.

Este es Walter Vale, el taciturno profesor, que llega para el Congreso que antes mencionaba, a su apartamento de Manhattan, una vivienda que apenas visita. Cuando abre la puerta se encuentra con la sorpresa de que dentro de él está viviendo una joven pareja de inmigrantes sin papeles: Tarek (Haaz Sleiman), un músico sirio que toca el djembe en una banda de jazz en un bar nocturno; y Zainab (Danai Jekesai Gurira), su novia senegalesa, que vende bisutería artesanal en un mercadillo. Están viviendo allí porque alguien los ha engañado y les ha alquilado su apartamento, haciéndose pasar por el dueño. Y aunque Walter no es muy expresivo ni comunicativo, no tardará en buscar a ambos jóvenes, ya en la calle, y ofrecerles quedarse en su casa. A partir de aquí, la historia derivará por derroteros que no voy a contar para que vayáis a verla o la busquéis o la pesquéis al vuelo en alguna cadena de TV, pues merece la pena y mucho.

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El director Thomas McCarthy, con un guión de su propia autoría, ha construido una película que viene totalmente al hilo de los acontecimientos tan penosos que están ocurriendo con los refugiados en Europa, esos refugiados que vienen con lo puesto desde Oriente Medio y para los que los opulentos europeos no ofrecemos ni lo más mínimo para que lleven una vida digna. Pues bien, McCarthy se centra en la persona, no es meramente un cine de denuncia o político, es ante todo “una de las películas más inteligentes, respetuosas y sutiles disfrutadas en bastante tiempo” (Cortijo). McCarthy desmenuza en este su segundo largometraje la transición paulatina hacia la eclosión a la vida del protagonista Walter, mediado éste por el ánimo y el nuevo empuje que le aportan los dos jóvenes que habitan su casa. Tiene una música estupenda de Jan A.P. Kaczmarek y una esplendente fotografía de Oliver Bokelberg.

En el reparto brilla con luz propia un magnífico Richard Jenkins en el papel de hombre solitario de mediana edad, cuya vida cambia cuando se enfrenta con problemas de identidad social, inmigración y comunicación intercultural, luego de los ataques del 11 de septiembre en los EE.UU. Por este papel recibió su primera nominación al Oscar, amén del aplauso unánime de la crítica. Jenkins encarna el triunfo de la economía expresiva y además resulta un personaje adorable cuando lo vemos osando en el metro o en el parque tocar los tambores (djembe). Haaz Sleiman, brillante en su papel de Tarek, el percusionista que aficiona a Walter con su instrumento. Danai Jekesai Gurira está muy convincente como Danai, la novia de Tarek y artesana senegalesa. Hiam Abbass, una interesante actriz madura llena de sensibilidad en el papel de madre de Tarek. Acompañan Marian Seldes, Maggie Moore, Michael Cumpsty, Bill McHenry, Richard Kind, Tzahi Moskovitz y Amir Arison. Actores todos en estado de gracia.

Entre premios y nominaciones en 2008 tiene: Nominado Oscar mejor actor (Richard Jenkins). National Board of Review: Mejor actor (Richard Jenkins). Nominada a Critics’ Choice Awards: Mejor actor (Jenkins). Sindicato de Actores (SAG): Nominada a mejor actor (Richard Jenkins). Asociación de Críticos de Chicago: Nominada a mejor actor (Richard Jenkins). Como vemos Jenkins salió muy reforzado con su participación en esta película y yo diría que si no le dieron algún premio es porque la vida no siempre es justa.

Esta película, para quien tenga un mínimo de corazón y sangre en las venas, resulta conmovedora y lo que “lo que parecía un emotivo cuento humanista se acaba revelando una extraña (y civilizadamente rabiosa) forma de cine político” (Costa).

La cinta nos arroja a la cara una instantánea oscura y espantosa de la arbitrariedad y el acoso que las autoridades estadounidenses hacen hacia las personas sin papeles, y en particular hacia las identificadas como sujetos indeseables por su ascendencia o religión musulmana. McCarthy nos ofrece en su película una cara realista y respetuosa con los inmigrantes que poblaron y siguen poblando el mundo occidental, no sólo EE.UU., sino también Europa; ellos, que son sus pilares, la mano de obra barata y de trabajos que los nativos no quieren hacer. La película pone en cuestión la Estatua de la Libertad, todo un símbolo. “Serenidad, comedimiento y austeridad en la puesta en escena, sencillez aparente, destellos de buen humor flotando sobre el drama, un poderoso ingrediente como metáfora de la vida [...] y una complicidad secreta con los actores” (Bermejo).

Creo que es una película sencilla pero capaz de sorprender en el transcurso del metraje. ”Las objeciones, en su mayor parte, se disuelven por la claridad y simplicidad de la dirección de McCarthy y, sobre todo, por la precisa interpretación de Jenkins” (Scott). Y a la vez, ofrece al espectador una singular y penetrante visión en torno al discurso de la inmigración, “en el cual el viaje más épico viene a ser, en última instancia, el del autodescubrimiento” (Hornaday).

Concluyendo, estamos frente a una película sincera, sin oropeles ni aderezos. McCarthy escribe y dirige una cinta emotiva, transparente, que cuenta con un guión con las puertas abiertas, bien construido, que aborda el amor, la amistad, la búsqueda de un lugar donde vivir, la redención, la posibilidad de crecer y salvarse de la soledad y la anomia, y que sirve a modo de denuncia en toda regla. Buenos actores con un gran Jenkins a la cabeza, y el viejo profesor que se reencuentra a través de su pasión con el djembé.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=u2lwgNaQSps.

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