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Una película enigmática

Por Enrique Fernández Lópiz

El director de El cebo, Ladislao Vadja (1906-1965), fue un cineasta húngaro muy influido por el expresionismo alemán, que incluso trabajó como montador en los años 30 junto a Billy Wilder o Henry Koster, y también realizó tareas de dirección artística en aquellos entonces. Dirigió películas en países diferentes (Portugal, Inglaterra, Italia, etc.) y también en el nuestro. Los años cincuenta fueron su mejor época con obras como Carne de horca (1953), con Pepe Isbert; Marcelino pan y vino (1955); Mi tío Jacinto (1956) con Pablito Calvo; Tarde de toros (1956); o Un ángel pasó por Brooklyn (1957). En cualquier caso fue un director muy reconocido en su época, sobre todo popularmente, y obtuvo nominaciones y algún premio en diversos Festivales. Marcelino pan y vino y Mi tío Jacinto consiguieron premios en el Festival de Cannes y el Festival de Berlín; Tarde de toros fue nominada a la Palma de Oro y El cebo al Oso de Berlín. Actualmente su obra está siendo valorada de nuevo y hoy es considerado uno de los nombres importantes de la cinematografía europea.

Uno de los títulos más destacados de Vajda es el que ahora me refiero: El cebo (1958), un thriller sobre un asesino en serie de niñas coproducido entre España, Alemania y Suiza. El guión está basado en una adaptación de la novela del suizo Friedrich Dürrenmatt, que escribió igualmente el guión de la película. Años después el autor suizo editó este guion en forma de novela bajo el título La promesa (1958). De la misma historia se han llegado a rodar hasta tres versiones más, siendo la más reciente El juramento (2001) dirigida por Sean Penn y protagonizada por Jack Nicholson.

Vadja sabe dotar al relato de una sugerente atmósfera de intriga y un gran nervio narrativo. Acompaña una gran música de Bruno Canfora que contribuye a elevar el nivel de tensión y misterio, y una excelente fotografía en blanco y negro, idónea para la historia, de Heinrich Gärtner y Ernst Bolliger.

El reparto es muy profesional con dos figuras principales: Heinz Rühmann (genial) y el imponente Gert Fröbe; les acompañan perfectamente Sigfrit Steiner, Siegfried Lowitz, Michael Simon, Heinrich Gretler, Berta Drews, Ewald Balser y María Rosa Salgado, todos con interpretaciones creíbles y acordes al film.

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En la película, una niña aparece muerta en un bosque próximo a un pequeño pueblo suizo. Las sospechas recaen sobre un pobre vendedor ambulante que fue quien justamente denunció el hecho por haberse encontrado en su camino con el cadáver. El comisario Mattei está convencido de que el vendedor es inocente, pero como quiera que acaba de jubilarse, el asunto queda en manos de otro colega y el pobre vendedor acabará mal por la insistente incriminación a que es sometido. Cuando Mattei va camino al aeropuerto para iniciar un largo viaje, le vienen a la mente algunos detalles contados por los niños de la escuela de la niña asesinada, a la vez que observa niños en el camino al avión, que le hacen suponer que podrían ser futuras víctimas del malvado asesino. Así, decide aplazar su viaje y hacerse cargo del caso, esta vez por su cuenta, pues a todos los efectos ya no es policía.

En 1938 participó en el Festival de Berlín en la Sección oficial de largometrajes. Y aunque no obtuvo el reconocimiento que habría sido de desear, no cabe duda que estamos ante una obra maestra del cine negro. Es una película siniestra que rastrea la pista de un extraño asesino de niñas, siendo que Vajda hace del film un espantoso retrato de la desdicha humana, todo ello bajo el manto de una trama policíaca con abundantes gestos escabrosos.

Confieso que he visto esta joya del cine hace muy poco tiempo, y aún no doy crédito al hecho de que esta película haya tenido tan poca trascendencia ni resonancia, pues yo la vi por una de esas casualidades que en la vida se dan y me parecido una joyita.

Creo que Vajda es un director aventajado a su época con este thriller excepcional. Por empezar es pionero en el trato como tema de los denominados “asesinos en serie”, o sea, psicópatas en toda regla; y más aún, es pionero al tratar el tema de crímenes sobre la población infantil, lo que le da un morbo especial a la obra. Pues díganme, ¿a quién no perturba e inquieta profundamente ver a una niña en un bosque solitario con un adulto? Más aún, obvio, si se trata de un tipo con aspecto dudoso o malévolo.

Vadja consigue mantener la tensión todo el metraje de 90 minutos y ello sin recurrir a la estridencia, a la violencia ni a la sangre gratuita. Pero en la cinta se masca la tragedia, y Vadja lo hace de una manera que yo calificaría de naif y surrealista a la vez. El primer calificativo lo digo porque los personajes, los paisajes, la fotografía, y hasta el propio asesino parecen sacados de un cuento propiamente al modo de Caperucita Roja y el Lobo Feroz, solo que trata un acontecimiento criminal real que nos mantiene en vilo. El surrealismo lo atribuyo a que si en algún momento nos preguntamos sobre quién es el investigador principal, incluso podríamos dudar de él, pues nada sabemos de su vida: si está casado, quién es su familia, de dónde procede, nada.

Igualmente destaco como un elemento novedoso y un tanto insólito para la época, la presencia en escena de un psiquiatra singular que hace interpretaciones sobre un dibujo de la niña, intercalando así en la trama la dimensión psicológica; luego el detective reinterpretará a su manera y más acertadamente algún detalle principal del dibujo para la investigación. En algún modo y salvando las distancias, en esta película Vadja recuerda al gran Hitchcock. Entonces ¿cómo es posible que El cebo haya sido relegado al ostracismo?

Según mi parecer es por derecho propio una de las películas de intriga europeas más destacadas de los años cincuenta; y otro trato se le habría dado si se hubiera rodado en Hollywood y la industria norteamericana se hubiera ocupado de su divulgación, más medios y distribución. Pues sin duda es una gran película. Si no la has visto, vela y me cuentas.

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