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Una película buena con ingredientes de enorme calidad

Por Enrique Fernández Lópiz

Para mi grata sorpresa tuve oportunidad anoche de ver una película del prolífico y polifacético director John Frankenheimer (1930-2002), ganador de numerosos premios internacionales por sus filmes considerados clásicos como: El hombre de Alcatraz, 1962; El mensajero del miedo, 1962; El tren, 1964; Grand Prix, 1966; Siete días de mayo, 1967; Orgullo de estirpe, 1970; o La isla del doctor Moreau, 1996 entre otras. La película que ahora comento fue tal vez la segunda película que dirigió para el cine.

Esta película es una de las menos conocidas de John Frankenheimer, y de las que he visto, es según mi parecer una de las mejores. Bien es cierto que fue un fracaso de taquilla en su momento, a pesar de estar protagonizada por un reparto de rutilantes estrellas de la época, actores y actrices que lo hacen de maravillas como ahora diré. Si fracasó no fue tampoco y sin duda por causa de la dirección de Frankenheimer, director que no solía defraudar; tampoco por un sobresaliente guión de Edward Anhalt y J.P. Miller basado en la novela homónima de Evan Hunter. La hipótesis más plausible es la de que en los años sesenta, la dureza de la temática tratada incomodara al espectador americano. Me refiero a la vergonzante aplicación por aquellos entonces en los EE.UU. de Norteamérica de la pena capital a los adolescentes, asunto central del film.

Esta temática sigue estando candente en el país que supuestamente lidera el mundo, y ha sido tratado en numerosas ocasiones en el cine. Así, como escribe Alberto Albuín: “Films tan conocidos como A sangre fría (In Cold Blood, Richard Brooks, 1967), basado en la no menos famosa novela de Truman Capote, Impulso criminal’ (‘Compulsion’, Richard Flesicher, 1959), que contiene un discurso de diez minutos por parte de Orson Welles, que debería ser enseñado en todas las universidades del mundo, o ‘Pena de muerte’ (‘Dead Man Walking’, Tim Robbins, 1995), han indagado en este espinoso terreno”. Y esta película aborda el tema con la misma dureza que las mencionadas películas y, claro, al americano del norte no le gusta mucho removerse en su asiento cuando le tocan los sus asuntos de su “casa”.

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En la película, tres adolescentes de ascendencia italiana (italo-norteamericanos llamados “espaguetis”) matan a sangre fría con navajas a un joven portorriqueño que además era ciego, por colaborar con su banda de hispanos. Enseguida, el fiscal del distrito se encarga del caso, y pide la pena de muerte para los tres adolescentes. Rápidamente, el fiscal (Burt Lancaster) comienza por su cuenta la investigación con el objetivo de llegar al fondo del asunto. Además, el fiscal es de origen igualmente italiano y se ha criado en el mismo barrio donde viven los chicos detenidos; incluso uno de ellos es hijo de una antigua novia suya (Shelley Winters). Para ello se adentrará en el complejo y peligroso mundo de las bandas callejeras, donde se hará cargo de los prejuicios racistas, y de cómo muchas veces las cosas no son lo que parecen.

Como decía, la dirección de John Frankenheimer es auténticamente buena, con innovaciones visuales y tomas de cámara revolucionarias para la época (la cámara en el suelo por ejemplo; cuentan que Lancaster un día se avino a recoger la cámara, cuando en realidad estaba allí para una toma de escena). A este excelente director le secunda el gran guión de los ya mencionados Anhalt y Miller, basándose en un novelista que ha sido llevado en numerosas ocasiones a la pantalla: Evan Hunter (La semilla de maldad, la película aquí comentada Jóvenes salvajes, Un extraño en mi vida, Laberinto mortal, La mujer sin rostro, El infierno del odio, etc.). Además, todas estas obras fueron llevadas al cine por grandes directores como Chabrol, Mann, Hitchcock (a quien escribió el guión de Los pájaros o Kurosawa. O sea, que también Hunter era un valor en el film. Y no quiero olvidar la buena música de Davis Amram o la excelente fotografía en blanco y negro de Lionel Lindon, así como una gran puesta en escena.

El reparto es genial, sobre todo por un Burt Lancaster prodigioso, que es y será uno de los más grandes actores del cine de siempre jamás, de los que hay y habrá muy pocos (Lancaster, 1913-1994: ganador de un Oscar y nominado tres veces). No creo equivocarme si afirmo que junto al director, Lancaster es el siguiente en mérito en este interesante film por su versatilidad interpretativa, que da guía a la película con sus cambios a lo largo de la historia, lo que determina a su vez los sentimientos que el espectador va teniendo en el transcurso de la trama conforme avanza la historia. Las indagaciones del fiscal, su inmersión en el mundo de las bandas, sus códigos, sus estructuras internas y su dinámica particular le hacen descubrir que a veces las apariencias engañan y que hay algo más allá del maniqueísmo de buenos y malos, que hay algo más que culpables o inocentes, que hay elementos que escapan a todo juicio, que las cosas no son blancas o negras, pues hasta el supuesto cándido joven asesinado, un chico ciego, no era lo que se dice un santo, sino todo lo contrario: colaboraba con su banda criminal de portorriqueños. Pues bien, tras Lancaster yo pondría como figura preeminente en el plano actoral a la mítica Shelley Winters, ganadora de dos Oscar (1920-2006), una actriz con todas las letras que da vida a la antigua novia de Lancaster (curiosamente eran al parecer amantes en la vida real), una mujer centrada en salvar a su hijo de la pena capital y que hace un papel dramático, pero a la vez medido y brillante; y al lado de Lancaster un siempre eficiente Telly Savalas que interpreta a un policía socarrón, irónico y escéptico. Otros actores y actrices completan un gran reparto: Dina Merrill, Edward Andrews, Vivian Natham, Larry Gates, Pilar Seurat, Jody Fair, Roberta Shore o Stanlie Kristien o José Pérez por mencionar algunos.

Y a modo de cierre querría decir un par de cosas más. La película que trato aquí seguiría siendo incómoda incluso hoy día, pues toca en toda su complejidad el controvertido asunto de la culpabilidad y la inocencia, y la natural inclinación violenta de los humanos, algo a lo que me refería hace poco al comentar el film argentino Relatos salvajes de 2014, que hasta utiliza de también el término “salvaje” en el título. Y la segunda cuestión que meramente apunto a modo de final y elemento de reflexión de cómo el arte se concatena y unas obras derivan de otras, es el dato de que a los pocos meses, siete meses concretamente, del estreno de este film se estrenó también la antológica West Side Story, que igualmente trata como es sabido, una historia de bandas enfrentadas. Y con relación a esta película yo diría que si pueden, no se la pierdan.

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