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Una nueva forma de resignificar el western o el suspense

Por Enrique Fernández Lópiz

Había leído y escuchado de amigos que habían ido a ver Los odiosos ocho, que era claustrofóbica, que se desarrollaba en un escenario poco menos que lúgubre e incluso algunos habían la tildado de insoportable y cruenta. Con todos los reparos, he ido a verla. Y qué verdad eso de que las películas las tiene que ver el interesado y luego opinar, pues los gustos son muy variados; incluso yo creo firmemente que hay espectadores que no han cultivado el sentido de la estética cinematográfica como para valorar una película con un mínimo de acierto; y otros, sencillamente tienen el gusto bizco.

Pues bien, mi opinión es la de que he visto un film bastante bueno, de nivel, de calidad. Sé que se le pueden objetar fallas e incluso criticar el sentido de la historia que narra, como ahora diré. Pero nadie podrá decir que no es una buena película en los lineamientos generales que sostienen la calidad de una obra cinematográfica. ¿Violenta? Sí. Sam Peckimpah es poco menos que Walt Disney al lado de Tarantino ¿Centrada en un habitáculo cerrado? Relativamente ¿Aburrida? En absoluto. Es un híbrido western-thriller-suspense, donde un perspicaz investigador de color, con mucha intuición, una especie de Poirot o Sherlock Holmes llegado del lejano oeste e interpretado por L. Jackson, va desentrañando los entresijos de una trama insospechada que, empero, Tarantino, en ese ir y volver en el relato, aclara a la perfección sin dejar un cabo suelto. Pero veamos.

La historia se desarrolla a pocos años de acabada la Guerra de Secesión. Una diligencia se dirige a toda la velocidad que pueden sus seis caballos en un paisaje nevado y de ventisca, en un árido y frío paisaje de Wyoming. Van dos pasajeros: un cazador de recompensas, John Ruth (Kurt Russell), conocido en esas tierras como “The Hangman” (El Verdugo), y una mujer presa a su cargo, Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), a quien pretende llevar viva con la máxima celeridad al pueblo de Red Rock, donde Ruth piensa entregar a la prisionera a la justicia, cobrar sus miles de dólares y que la ahorquen como corresponde a sus delitos. Por el camino se les unen dos desconocidos perdidos en el temporal. De un lado el Mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un antiguo soldado de la Unión, negro, convertido en caza recompensas y que prefiere llevar a cuestas los cadáveres de unos forajidos que ha liquidado, para cobrar su recompensa por ellos. Por otra parte, se unirá igualmente Chris Mannix (Walton Goggins), un sureño perdido por aquellos parajes que sigue siendo, a pesar del final de la guerra, un renegado, que asegura ser el nuevo sheriff de Red Rock. El panorama del clima y la ventisca se pone serio, lo cual que el cochero de la diligencia junto con sus cuatros pasajeros, llegan a toda prisa a la Mercería de Minnie donde se disponen a alojarse.

La tal Mercería es una Parada para diligencias infame y en medio de la nada, sobre un alejado puerto de montaña, muy conocida en aquellos lugares. Al llegar allí, la propietaria no está por ninguna parte, y es un tal Bob (Demian Bichir), el que está al cargo del establecimiento. La posada además está al completo. Se hospedan allí Oswaldo Mobray (Tim Roth), según él, verdugo oficial de Red Rock que se habrá de encargar, según cuenta, de los ahorcamientos en ese pueblo; un vaquero de nombre Joe Gage (Michael Madsen), hombre de pocas palabras; y el General de la antigua Confederación Sureña, Sanford Smithers (Bruce Dern), un viejo silencioso y cauto.

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Mientras la tormenta de nieve sigue cayendo con gran fuerza, el más avezado de los recién llegados, el Mayor Warren, empieza a observar algunos detalles extraños en la posada que él conoce sobradamente de otras ocasiones: Conoce a la dueña que la regenta, Minnie, y le resulta muy rara la circunstancia de que ella y su esposo no se encuentren allí y que haya dejado el negocio en manos de un hombre mejicano, siendo que Minnie no puede ver a los mejicanos. Observa otros pequeños detalles que le alarman interiormente, sun que diga una palabra. Lo que va sucediendo en esa parada de montaña, los sucesos que acaecen y las circunstancias del relato, hacen pensar que tal vez los viajeros nunca lleguen hasta Red Rock, pues la tensión entre ellos no tardará en surgir. Pero para conocer los por qué y las razones de la trama, tendrás que ir a ver esta película en la no falta el suspense.

Estamos ante una obra que goza de una dirección genial que corre por cuenta del particular Tarantino, que aunque se quiera mucho así mismo, es un realizador y creativo de primer orden, que adopta un estilo narrativo complejo, voz en «off» incluida. El guión del propio Quentin es genial, dividido en capítulos y con vueltas atrás; en él nos expone con gran claridad los misteriosos hechos que han sucedido en la famosa Mercería de Minnie. Tarantino es, como sabemos, un genio de los diálogos, con un inconfundible estilo: original, con sentido del absurdo y muy perspicaz, aunque quizá abuse un poco de tanto parloteo esplendoroso. Maravillosa y grande la música de Ennio Morricone que llena el ambiente de notas muy grandes, profundas y épicas que llegan al alma del espectador. La fotografía de Robert Richardson se sale de esplendorosa y luminosa cuando capta los paisajes nevados y la ventisca, y al principio es un auténtico placer para la vista. Luego, ya en el interior, viene a ser una fotografía hiperrealista en las escenas sangrientas, en que parece que te va salpicar el rojo flujo.

Del reparto no se pueden decir más que lindezas. En primer lugar tenemos a los habituales de Quentin, Samuel L. Jackson, Michael Madsen, James Parks y Tim Roth que se salen por encima de la pantalla por su brillantez y genialidad en cada gesto o facción. Los que trabajan por segunda vez con Tarantino, o sea, Walton Goggins, Kurt Russell, Bruce Dern y Lee Horsley están de escándalo y con muestrario actoral muy inspirado. Y los debutantes, Demián Bichir, Channing Tatum y Jennifer Jason Leigh consiguen sacar lo mejor de su repertorio bajo la dirección del maestro Tarantino. Y si las grandes actuaciones de los más habituales se esperaban e incluso casi que se daban por hechas, son de resaltar el binomio John Ruth–Daisy Domergue, que dejan escenas que serán recordadas por tiempo. Acompañan muy bien otros excelentes actores y actrices secundarios como Dana Gourner, Zoë Bell, Gene Jones, Keith Jefferson, Craig Stark, John Ruth, Daisy Domergue y Belinda Owino.

Premios y nominaciones en 2015: Premios Oscar: 3 nominaciones: Actriz secundario (Jason Leigh), Fotografía, BSO. Globos de Oro: Mejor banda sonora original. Premios BAFTA: 3 nominaciones, incluyendo actriz de reparto (Jason Leigh). National Board Review (NBR): Top 10, actriz secundaria (Jason Leigh), guión original. Critics Choice Awards: Mejor banda sonora. Críticos de Los Angeles: Nominada a Mejor banda sonora. Asociación de Críticos de Chicago: Mejor banda sonora. 4 nominaciones.

Una de las grandes interrogantes que tengo en esta película es si se trata de un western stricto sensu, o de un film de suspense al modo en que Agatha Christie practicaba el conocido y mortífero juego de Diez negritos, que nos tenía con el alma en vilo hasta el final para conocer la identidad y las razones del asesino de marras. Esta pregunta me inquieta, pues desliza mi foco como amante del western de Ford o tantos otros como él, directores que rodaban grandes pasiones, que amaban los grandes espacios abiertos, indios, ganado, Saloom y todo eso; y es que este film que comento es en gran medida un ejercicio detectivesco y de intriga, con mezcla de western, eso sí. La verdad es que este aspecto me deja bastante tambaleante y reflexivo sobre la auténtica catadura de esta excelente-extraña película de Tarantino.

Y a propçósito de esta zozobra que me aqueja, por utilizar un término, se me ocurre recordar aquí ese conocido dicho, atribuido al filósofo neoplatónico Bernardo de Chartres (siglo XII) en su única obra conocida: De expositione Porphyrii, donde se dice que: Somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura. O sea, según se me va ocurriendo, pienso que Tarantino ha tenido la oportunidad de poder montarse a hombros de un siglo de cine, absorver, deglutir e impregnarse de sus directores y realizadores, de sus guionistas y películas, para luego devolverlo él convertido en un producto propio, con su sello, singular, tarantinizado. Como escribe Rodríguez:  Al modo del western, teatraliza una obra al modo de Agatha Chistie, y al modo de una obra plena y entretenidamente claustrofóbica, nos ofrece una cinematografía al modo insólito del más puro Tarantino”. Y yo añado que se nutre también del espagueti western, del western crepusucular, de los thriller clásicos, de la intriga de Hitchcock, e incluso del colorido de Kurososawa… y más. Tarantino tiene, pues,  la suerte de poseer gran ingenio para vampirizar a docenas de los GRANDES del cine que le han precedido. De este modo, convierte todo ese bagaje en un producto nuevo, con marchamo propio y escenas que restallan en el espectador. Esta es quizá mi respuesta a lo que me perturbaba.

Y como apunta Boyero: Hay cosas, como casi siempre ocurre con Tarantino, que funcionan admirablemente en esta película, como la creación de la atmósfera, el progresivo suspense, las réplicas y contrarréplicas ácidas”. Eso, amén de los actores y los otros méritos técnicos que ya he mencionado anteriormente. O sea, amigo aficionado al cine, que no te va a defraudar.

Concluyendo, es un cine nuevo, una manera extraordinaria del resignificar el western o el suspense, con gran pericia, un cine original y duro, de marca, que ya tiene su tropel de seguidores, los tarantinófilos. Esta película en concreto es una evolución del autor, no es ruptura, sino perfección de sus constantes. Pero hay algo que no acierto a ver en este film y lo tengo que decir: grandeza.

Ver aquí el tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=gnRbXn4-Yis.

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