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Una llamada a las doce

Por Enrique Fernández Lópiz

Una llamada a las doce es una mezcla de drama romántico y thriller que se desarrolla en un antes y un después de la II Gran Guerra, en París. Antes de la guerra, la  doctora Michele Wolf (Ingrid Thulin) conoce a un desvergonzado y oportunista jugador de ajedrez más joven que ella (Maximilian Schell), con quien finalmente se casa, siendo que Michele ya tiene una hija de su anterior matrimonio (Samantha Eggar). Durante la guerra, Michel es apresada por los alemanes y llevada a un campo de concentración en su condición de judía represaliada. Pero sobrevive a él y ya pasada la contienda vuelve a Paris. Tras su regreso, la Wolf se da de bruces con un terrible escenario; de un lado se encuentra muy mal de salud y aspecto, lo cual que es sanada y recuperada gracias a un amigo y enamorado colega a quien conoce hace años (Herbert Lom). Pero también está la circunstancia de que su la hija del primer matrimonio se ha convertido en la amante de su segundo y actual marido. Como quiera que haya sido sometida a una operación de cirugía plástica, su aspecto la hace al principio irreconocible a su esposo. Y en esos devaneos de si va ser reconocida finalmente, Michele investiga la situación y prevé que su marido pretende matarla para quedarse con su fortuna. Aunque no lo toma con mucha convicción.

He visto recientemente esta película que me ha parecido bastante buena. En principio decidí verla porque trabajaba una de mis idolatradas actrices, Ingrig Thulin, pero conforme transcurría el film me di cuenta que estaba ante una joyita a la que convenía prestar atención.

Lo primero que pensé es cuán diversificado (y a veces irregular) es el historial cinematográfico de J. Lee Thompson, el director de esta película. Así, antes de esta cinta había rodado entre otras Mientras sean felices, 1955;  Fugitivos en el desierto, 1958; La india en llamas, 1959; Los cañones de Navarone, 1961; Taras Bulba, 1962 (comentada por mí en esta página: http://www.ojocritico.com/criticas/taras-bulba/); o  El cabo del terror, 1962. Estas, como digo, antes de rodar Una llamada a las doce. Director prolífico y multivariado, se atreve también con este thriller romántico cuya tensión y pulso es capaz de mantener durante todo el rodaje. Y además es un gran director de actores, pues las interpretaciones son de lujo, todas. Ingrid Thulin está maravillosa, dramática pero sin excesos, como es ella, elegante en un papel memorable. Maximilian Schell hace también un papel cargado de expresividad y bien hacer, al igual que la caprichosa y seductora Samantha Eggar. Completa el reparto el gran Herbert Lom, aquí con un limitado papel en tiempo y posibilidades dentro del film. Todo ello con un gran guión de Julius J. Epstein inspirado en novela de Hubert Monteilhet. La fotografía de Christopher Challis es francamente buena (española por cierto), junto con la música de John Dankworth que arropa toda la trama.

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En esta película la intriga alcanza su cénit sobre todo en la segunda parte de la historia, cuando la telefonea su marido, que es la señal para acontezca el fatal desenlace; y en algunos tramos me recordó a Alfred Hitchcock, sobre todo en su conocida obra Crimen perfecto de 1954, donde era también una llamada de teléfono del cónyuge la que habría de disparar la tensión; y además, en este film de Hitchcock trabaja igualmente otra de mis actrices favoritas de siempre jamás: Grace Kelly.

Pero sigamos, en esta historia de confabulaciones se nos presentan dos canallas en su grado máximo: marido e hija (Maximilian Schell y Samantha Eggar respectivamente), capaces de todo por conseguir la herencia de la Dra. Michele Wolf (Ingrid Thulin). No me importa repetir que la Thullin, como siempre, está que se sale. Su papel es el de una mujer madura enamorada ciegamente de M. Schell, que no sólo no la quiere sino que está dispuesto a liquidarla a toda costa para quedarse con su dinero. Pero ha de hacerlo de manera que no se sepa que él ha tenido nada que ver, obviamente; y ahí radica el quid de la peli. Y Michele, como se dice en algunos pueblos: “loca por los títeres”, es decir, como que no se quiere enterar. Sólo su veterano amigo y enamorado doctor interpretado por Lom (lástima que tenga tan poco juego en la película), le previene, la ayuda e incluso la defiende hasta el final, a fin de evitar un final dramático.

A mí me ha resultado una película que mantiene la atención y la intriga, y que sabe perfilar con maestría a los personajes, sé que se queda corta en un análisis de la Guerra y el trato vejatorio a los judíos y todo eso, pero no es este el cometido del film. La peli es ante todo un thriller, en eso se centra y lo consigue si no plenamente, casi.

Además, yo, admirador de Ingrid Thulin, estoy muy satisfecho de volver a verla; la última vez que la vi, no hace mucho, me dejó embobado, como cada vez que la veo, en esa enorme catedral del cine que es ya una obra para siempre jamás, titulada Fresas salvajes (1957), de Ingmar Bergman. Ahí la Thulin está de Matricula de honor… también.

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