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Una joya del cine romántico

Por Enrique Fernández Lópiz

Cuando hace años vi El marido de la peluquera quedé maravillado y encantado con la obra. Y no se me olvidó más. La he vuelto a ver después del estreno en tres ocasiones, y siempre quedo conmovido por una historia sencilla a la vez que honda y animosa, que resulta ser un relato de profundo amor con una trama casi onírica.

Narra la película de Patrice Laconte la historia de Antonine (Jean Rochefort) que ha albergado siempre la ilusión de casarse con una peluquera. En la madurez este deseo se convierte en realidad, uniéndose en matrimonio a una hermosa peluquera (Anna Galiena). El metraje describe cómo la pareja comparte una felicidad perfecta, un idilio permanente, como si de un sueño se tratara, en el maravilloso guión del propio Laconte.

Un gran atractivo del cine de Patrice Leconte (Ma femme s´apelle revienne, 1988; Tandem, 1987) estriba en su capacidad para captar la sensualidad. Muchas de sus películas ponen toda su atención en este extremo, creando memorables momentos cinematográficos construidos sobre miradas y roces al cuerpo de la mujer. El marido de la peluquera es uno de estos filmes con momentos de ardiente pasión a veces adobados con humor y un tempo sostenido que, empero, embellece la obra junto a la música de Michael Nyman.

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Esta película hay que mirarla con ojos infantiles, desde una posición naif, a fin de tener sensaciones que de seguro un niño imaginó en su más tierna infancia, impresiones y fantasías que quedaron adormecidas, aletargadas y que difícilmente se actualizan, se convierten en realidad, si no es porque la magia de la vida, que no siempre se da, nos pone delante a la mujer añorada, soñada, deseada, esa que se escondía en lo más profundo de nuestro ser y que ni siquiera necesita de palabras para que un hombre se sienta en sintonía con ella. Tenía que ser sin palabras como tú me entendieses, que decía nuestro poeta José Hierro. Una peluquera en su oficio y yo, y tú, y todos los espectadores mirando cómo pela o afeita a un cliente, sus curvas, sus magnéticas caderas, su cara llamando en silencio. Entonces, cuando ve esas escenas, cuando se ve la felicidad de Antoine frente a su hermosa peluquera contemplando sin pestañear los gráciles movimientos de su musa, mientras arde de pasión hacia ella, él sin hacer nada más que admirarla y estar allí sentado, entonces parece que se abra la ventana de la magia y el corazón se eleva como el águila: ¡la sencilla vida de un hombre que palpita por el amor de su peluquera!

Amenizada por las canciones árabes que gustan bailar a Antoine, con una gran fotografía suave y que acaricia de Eduardo Serra, y todo ello envuelto en la certeza de la fugacidad, que es el vivir. Poesía, pura poesía.

Una película intimista, una percepción sentida de cómo el amor puede entrar en tu vida de la manera más inopinada reestructurando tu existencia en una sinfonía sin fin de felicidad. El marido de la peluquera es un bello poema cinematográfico, una perla que hay que saber mirar sin prejuicios y sin reparar en detalles que pueden parecer banales e incluso ridículos, pues la película cuenta una bella historia que mezcla sencillez y amor. Con un final inesperado y chocante: ¡sí! Pero no para que despertemos del sueño, sino para que lo paladeemos con más gusto aún.

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