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Una gran novela, una excelente película, un fiel retrato histórico

Por Enrique Fernández Lópiz

Hace muchos años leí la excepcional novela de Camilo José de Cela de título La Colmena. Novela que por la censura sólo pudo publicarse en 1951 en Buenos Aires y que finalmente, con la anuencia de Manuel Fraga, se editó en España en 1955. A mí me cautivó esta obra, considerada entre las mejores novelas españolas del pasado siglo.

En la novela y en la película el encuadre donde se suceden los acontecimientos es el Madrid de 1942, durante tres días que ni siquiera son correlativos en el tiempo. En la historia, con un verismo radical, Cela dibuja la realidad social de aquella época de posguerra, adoptando un punto de vista objetivista. La obra recorta mucho y selecciona dentro del inmenso conjunto de personajes y situaciones que abarca. En el film, apenas aparecen unas decenas de los más de trescientos personajes de la novela. Y entre estos, apenas figuran las clases más acomodadas, ni tampoco cobra relieve la clase obrera o los sectores marginados. Predomina la clase media baja y la pequeña burguesía venida a menos. Son gentes en una situación difícil, inestable, con un futuro incierto y que viven viéndolas venir, “a salto de mata”, como suele decirse, al día. Sus aspiraciones, ilusiones y aspiraciones son falaces. Sus miradas «jamás descubren horizontes nuevos», y su vida, como luego transcribiré al final de estos comentarios en palabras del propio Cela en un texto más completo, es una «mañana eternamente repetida». Personajes, en definitiva, transitando por «caminos inciertos».

Camilo José Cela escribe en el prólogo a la primera edición de la novela: «La Colmena no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad [...] no aspira a ser más que un trozo de vida narrado sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos. La vida es lo que vive -en nosotros o fuera de nosotros-; nosotros no somos más que su vehículo, su excipiente como dicen los boticarios [...] Su acción discurre en Madrid, en 1942, y entre un torrente, o una colmena, de gentes que a veces son felices, y, a veces, no».

Fiel al espíritu de la novela, Camus consiguió una película costumbrista de la época, con una magnífica ambientación; se trata de un cine ponderado, minucioso, de precisa puesta en escena, realizado con maestría soberbia y una depurada técnica a todo nivel. Y sobre todo con tres puntos de apoyo que soportan con genialidad este proyecto. El primero la dirección de Camus. De otra parte un guión excepcional de José Luis Dibildos, con la ayuda de Cela, que hace una adaptación ejemplar, soberbia y admirable de esta novela de nuestro Nobel de Literatura en 1989.

El otro puntal es un elenco actoral extenso y de primer nivel donde todos, actores y actrices hacen papeles memorables que ya quedan en el recuerdo del buen cinéfilo. La cosa de que todos los actores sean de primera línea se fundamenta en que al ser tantos los personajes que intervienen, de no haber sido interpretados por figuras estelares, la trama habría podido parecer una maraña de personajes confundibles. Mientras que de esta manera, todos los roles son asociados a un actor o actriz grande, lo cual que todos los personajes quedan identificados. Participaron, y tal vez me olvide de alguno: Luis Escobar, Charo López, Fiorella Faltoyano, Concha Velasco, José Sacristán, Emilio Gutié5rez Caba, Mary Carrillo, José Luis López Vázquez, Francisco Rabal, José Sazatornil, Francisco Algora, Elvira Quintillá, Luis Ciges, Agustín González, Antonio Resines o María Luisa Ponte (impresionante), además de otros que empezaban a destacar, como Imanol Arias, Victoria Abril o Ana Belén, y ¡hasta el mismísimo Cela tiene su papel como el singular “inventor de palabras”!

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Tiene el film una excelente música del egregio Antón García Abril, y una fotografía de Hans Burmann, tenue y amarillenta, que casa a las mil maravillas con la historia.

La obra de Camus obtuvo el León de Oro del Festival de Cine Internacional de Berlín en 1983, hace ya más de treinta años.

Si la novela me impresionó, la película, cuando la vi hace años me llenó, y vista hace poco, volvió a gustarme igual, dándome la impresión de que Camus no ha envejecido, que sigue vigente con este film y tantos otros entre los que cabe destacar otra película grande y multipremiada, adaptación de la novela de otro insigne novelista español, Miguel Delibes; el film Los Santos inocentes (1984), otra de las grandes películas de nuestra cinematografía. O sea, que ver ahora La colmena es revisar nuestra reciente historia. Ahora, que decimos estar en crisis (lo cual que nadie duda): ¿qué diríamos entonces de aquel panorama posterior a nuestra contienda civil que nos presentan Cela-Camus en este retablo, reflejo y espejo de esa época de miseria a todo nivel?

En la historia, una colmena de personajes cuyo epicentro es el café de Doña Rosa (que en otra época fue cementerio, pues las mesas de mármol son lápidas, lo cual descubre el pobre grupo de poetas que allí se reúnen). En la historia, no sólo se describe la escasez de recursos económicos de los clientes hasta para tomarse un mísero café, sino también, con esta metáfora audaz de las lápidas, retrata la situación del momento, que hace buenas las palabras del gran Dámaso Alonso cuando escribió en una noche de insomnio de 1940: «Madrid es una ciudad de un millón de cadáveresMe permitiré transcribir este poema al final de esta crítica, pues creo que viene enteramente al caso.

Principalmente, esta película narra con un descarnado humor, la situación económica, política y social del momento. Una especie de soberbio y preciso documento histórico, como lo es la novela de Cela, si bien la obra literaria es insustituible; o sea, recomiendo su lectura, más allá de que se vea la película.

Al final de la cinta, en boca de Teófilo Martínez, locutor, actor, y una de las mejores voces españolas del siglo XX, se declaman una líneas de la novela de Cela, donde se dice:

«La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.

La mañana, esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena…

¡Que Dios nos coja confesados!»

Yo recomiendo encarecidamente esta película, pues para conocer y tener una más justa apreciación del presente, nos conviene entender cómo fue nuestro pasado de no hace tanto tiempo. Digo esto pensando sobre todo en los más jóvenes, los de cuarenta para abajo.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=MlCf33ruSCk.

Y como prometía en líneas precedentes, ahí va esta poesía rebelde, desgarradora, angustiosa e inconformista con la época de posguerra de la obra de Dámaso Alonso: Hijos de la ira (1944), aquí va este poema titulado “Insomnio”:

 Insomnio

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso, Insomnio, en Hijos de la ira, 1944

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