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Una entrañable película que se puede ver docenas de veces

Por Enrique Fernández Lópiz

Cuando yo era pequeño, sobre todo a los cines de verano (ya inexistentes hoy prácticamente) iban muchas chicas jóvenes a ver comedias de amor, melodramas o películas muy románticas con las que en ocasiones hasta lloraban a moco tendido. No digo nada si había algún apunte de beso e incluso un beso en el que el protagonista varón daba la espalda a la cámara dejando entrever lo que pasaba pero sin mostrarlo, que era la única manera de sortear la censura. Pero daba igual, esas chicas y otras no tan jóvenes, tenían su mente en la pantalla, con marido o sin él, con novio o sin él. Era la forma de saltar la valla de las dificultades sociales y económicas y meterse de pleno en un mundo romántico y de fantasía. Esto creo que ya hoy no sucede, o si ocurre, no con la frecuencia de antaño. No, mucho me temo que no. Nuestra sociedad es más opulenta y menos inocente, más de la violencia filmada que del romance. “Malos tiempos para la lírica”, que decía la letra de una canción del grupo Golpes Bajos.

Pues bien, en esta cinta La rosa púrpura del Cairo, Cecilia trabaja como camarera en un mediocre Bar de Nueva Jersey (EE.UU), justo en la terrible época de la Gran Depresión. Y mientras la pobre Cecilia gana un modesto salario con gran esfuerzo, su haragán esposo es un solemne aprovechado y vive de su mujercita. Para Cecilia, como para las mujeres que mencionaba antes, el cine es su distracción e incluso casi su vida. Cecilia va una y otra vez para para salir de la cruda realidad y refugiarse en la sala de proyección y soñar con un mundo de champagne, smokings y fiestas elegantes, o sea, para evadirse de su dura vida, para soñar con el amor y el glamour. Pero hete aquí que una noche, uno de los personajes de su película favorita, La rosa púrpura del Cairo, se fija en ella y atraviesa la pantalla para conocerla. La sorpresa de Cecilia no tiene límite, como tampoco la tiene su felicidad por todo cuanto luego le viene a suceder.

Woody Allen dirige y escribe un magistral guión que hace de esta cinta una obra adorable. Una: “Interesantísima comedia, llena de imaginación y sentido del humor al más puro estilo Allen, con un reparto muy acertado para un mítico largometraje. Un lujo” (Morales). Puede que no sea su mejor película, pero es una de las más encantadoras y entrañables desde mi manera de ver la cosa. Y claro, no sólo plantea una temática de tipo social con la esclavizada Cecilia que encuentra en las salas de cine y en esta película su vía de escape y su encuentro con los sueños. Además, Allen, de un modo natural pero absolutamente surrealista, es capaz de dotar a los personajes del cine de vida propia, siendo que salen de la pantalla y entran, incluso Cecilia entra, y mientras esto ocurre, los propios actores de la obra se muestran, enfadados unos, indolentes otros y el de más allá le grita al personaje huido de la escena: ¡comunista! O sea, hay en la imaginación de Allen con este film, algo que es real, esto es: que entre la pantalla y el espectador hay un diálogo recíproco, hay una interacción, se da una suerte de interpenetración, porque el espectador se “identifica” con los personajes o la trama. Para quien le guste el cine, esto lo experimenta cada vez que asiste a una función y Allen nos lo cuenta con su genialidad en esta obra.

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La cinta goza de una música genial de la que se encarga Dick Hyman. Una fotografía excelente de Gordon Willis. Y grande y acertada puesta en escena.

El reparto es mayúsculo y está, como solo Allen sabe hacer, genialmente dirigido. Mia Farrow se deja llevar por la magia del cine y hace un trabajo propiamente de encanto con un candor inaudito, con sus ojillos atentos a cada detalle que le ocurre, vivaz y maravillosa; no puedo decir más. Jeff Daniels está sobresaliente en su doble papel de actor de cine que sale a vivir la realidad y el personaje de ficción de la película “La Rosa púrpura del Cairo”. En ambos roles está creíble y genial. Dannie Aiello bien como marido insufrible. Muy bien la gran actriz que es Dianne Wiest. Y, en fin, acompaña un elenco de actores todos muy buenos como Van Johson, Irving Metzman, Stephanie Farrow, Zoe Caldwell, John Wood, Milo O´Oshea y Edward Herrmann. Un lujo.

Premios y nominaciones en 1985: Festival de Cannes: Premio FIPRESCI. Premios Oscar: Nominada a Mejor guión original. BAFTA: Mejor película y guión original; 4 nominaciones. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor guión. Premios César: Mejor película extranjera. Habría merecido más.

La película en esencia es esto, una mujer de vida gris, frustrada y arrastrando una existencia densa y pobre en todo sentido, con un marido inaguantable por todos lados que se le mire, tiene como única afición el cine. El cine la hace salir de su tristeza. A la vez, se implica excesivamente en las películas, enamorándose a cada tanto de los héroes que salen en la pantalla, aunque conozca de memoria al personaje, de tanto ver la película. Entonces, para una mujer fantasiosa y tan involucrada en las cintas que mira una y otra vez, que un buen día salga literalmente de la pantalla su amor de celuloide para estar con ella y vivir una imborrable historia de amor es algo tan fuerte, que hasta le da fuerzas para romper con su rutina de vida triste y marido cansino. A pesar incluso de que se vea obligada a elegir entre el actor real y el personaje de ficción. La cosa acaba de manera un poco triste, pero para Cecilia siempre hay más películas. Con su pequeña maleta que ya había hecho con la intención de marcharse con el actor que finalmente la abandona, Cecilia ha quedado desolada y desengañada. Pero aconsejada por el encargado de su cine habitual, entra de nuevo en la sala, a tiempo de quedar embelesada de nuevo viendo la película Sombrero de copa, 1936, con la presencia en escena del maestro Fred Astaire que canta “Cheek to Cheek” mientras baila con una preciosa Ginger Rogers y su gaseoso vestido que vuela en cada lance del baile. La cara de arrobamiento de la Farrow es indescriptible. La fiesta del cine continúa.

Eso nos cuenta Allen, que el cine nos hace protagonizar milagros. Por eso, quien vea esta cinta no se arrepentirá, es sencillamente una: “Deliciosa, inteligente y divertidísima fábula cinéfila [...] Un paso adelante en una filmografía que desde entonces no vivirá un solo momento de desmayo” (Martínez).

Yo la he visto varias veces, lo cual me concede cierta autoridad para decir que se puede ver La Rosa Púrpura del Cairo una docena de veces y en cada pase encontrar nuevas joyas y descubrimientos en las escenas y sus diálogos, nuevos mensajes que hasta entonces habían permanecido ocultos, moralejas también nuevas y también nuevas sonrisas; y el reencuentro con aquellos cines de verano de antañazo repensados con sana nostalgia.

Woody Allen es un gran aficionado a homenajear lo que ama, esta vez el homenaje se lo hace al CINE. Al cine como espectador. Al acto mágico de ir al cine. Y demuestra una vez más que con su talento puede hacer una película que al mismo tiempo sea bonita, profunda, triste y muy divertida.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=Bp6YDZVVbj0.

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