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Una divertida comedia española casi olvidada y Jardiel al fondo

Por Enrique Fernández Lópiz

Estamos ante una divertida comedia de nuestro cine. En este título, Los ladrones somos gente honrada, tres pobres rateros de tres al cuarto, conocidos como el “Castelar” (José Luis Ozores), el “Pelirrojo” (Antonio Garisa) y el “Tío del Gabán” (José Isbert) son convocados por otro ladrón de más postín, alto, listo, guaperas y astuto, Daniel, de apodo “El melancólico” (Carlos Miguel Solá). El golpe que les propone es un robo para apoderarse de una joya con diamantes de enorme valor. Pero el golpe fracasa, lo cual que deciden como mejor camino adentrarse en el círculo social y familiar del propietario del tesoro. Es en este punto cuando los dueños del preciado botín, los ricos señores de Arévalo, se disponen a celebrar una fiesta de postín en su lujosa casa. Conocido por los ladrones el acontecimiento, aprovechan la ocasión para colarse en el ágape. Una vez dentro, El Melancólico, con su apostura y sus modales de galán consigue seducir a la ingenua hija del joyero Herminia (Encarnita Fuentes) a la cual propone en matrimonio. Así, en el día de la boda hay un ir y venir tipo sainete dentro de la casa, de múltiples ladrones, que incluye al mayordomo, la señora de la casa y los mismos raterillos que intentan abrir la caja fuerte.

Este es la segunda adaptación cinematográfica de la obra teatral homónima de Enrique Jardiel Poncela, realizada después de la que dirigió Ignacio F. Iquino en 1942 con Amparo Rivelles. Esta versión, dirigida sabiamente y con verdadero oficio por el ecléctico artesano Pedro L. Ramírez, se sitúa próxima en su génesis al film Un ladrón en la alcoba, memorable creación de Ernst Lubitsch rodada en 1932. Esta obra de Ramírez se incluye en una serie de comedias que rodó en la segunda mitad de los años ´50 para Aspa Films, como Recluta con niño (1955), El tigre de Chamberí (1958); o El gafe (1959).

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La película se organiza en torno a un libreto correcto escrito por Vicente Escrivá y Vicente Coello, que introducen una primera parte de tono más documental en los exteriores de aquel Madrid de antaño, parte ésta que obviamente no existe en la obra original de Jardiel Poncela. “Escrivá y Coello han convertido un estupendo guión, logrando a la vez un trabajo literario de calidad al conservar toda la gracia y todo el vigor del estilo humorístico, que informa la obra de origen, y respetar lo que era esencial en la misma. Abundan escenas e incidencias de la más regocijante especie. Los tipos tienen una simpatía y un gracejo que coadyuvan al fin perseguido, o sea, el de divertir al espectador. Pedro L. Ramírez no sólo ha dirigido la obra con pericia, sino que ha escogido bien a cuantos intervienen en el reparto” (Fernando Méndez-Leite).

En otro sentido, para dar las dos caras de la moneda y que podamos evidenciar que en esto del cine los gustos y valoraciones son variadas , HSG-La Vanguardia escribió de esta obra en las fechas de su estreno que “la adaptación libre de Escrivá y Coello han mantenido el esquema de la comedia de Jardiel en sus líneas maestras, para modificar en cambio detalles de ambientación, más importantes estos que aquellos porque tienden a teñir la anécdota de un tinte entre serio y sentimental que desvirtúa sensiblemente la fuerza cómica de las situaciones. Tal vez en esta circunstancia se origine esa extraña atonía de la película, la vaga condición de su interés y el estilo fragmentado y disperso de su gracia, salvada estrictamente en aquello que aún se ha conservado como lo escribió Jardiel […] Falla en líneas generales, la trayectoria del guión, y, con ella, la finalidad esencial de la cinta, que no consigue entretener como debiera ni provoca la risa como era de suponer. El público, en suma, se divirtió poco, acaso porque esperaba más de lo que se le da”. Yo no comparto mucho esta opinión, más bien me quedo con la que escribió Méndez-Leite y mi propio criterio, que mirando las cosas con la perspectiva del siglo XXI, es muy a favor del guión y de la película en su conjunto.

Tiene la cinta una aceptable música de Federico Contreras y buena fotografía en blanco y negro de Federico G. Larraya. Ambientación, exteriores y puesta en escena aceptables.

El reparto es de auténtico lujo con unos enormes actores de comedia irrepetibles, que dan la súper talla en este film. Así, un sensacional José Luis Ozores que está genial como siempre, pues fue un enorme comediante y gran persona que lamentablemente murió joven, a los cuarenta y dos años, aquejado de esclerosis múltiple; aquí me permito ofreceros un breve documento sobre él. El gran José Isbert está como siempre, insuperable, pues maneja prácticamente todos los registros. Encarnita Fuentes, bonita y estupenda como Herminia. Carlos Miguel Solá magnífico, un actor que da el tipo y los modales del señorito que encarna. Muy bien Antonio Garisa y su cómico bigotito. Un jovencísimo y efectivo Antonio Ozores. Julia Caba Alba, que mereció el premio del sindicato nacional del espectáculo como mejor actriz secundaria en aquel año por su magnífico trabajo en el papel de Eulalia, la criada llorona. Y muy bien Rafael Bardem o José Manuel Martín entre otros. Estos actores son un valor principal del film sin ninguna duda.

Es una película que se puede encuadrar en nuestra tradición de la Picaresca, como género literario y como manera propiamente española, que cualquiera reconoce en esta historia de pobre gente que no siendo honrada del todo, el espectador acaba aceptando de manera simpática e incluso como individuos más cándidos que un caracol, personajes cautivos y desarmados, arrastrando su existencia de postguerra en la capital, en un Madrid provinciano y pávido. Esa picaresca madrileña que conformaba una fauna ya casi extinta, con sujetos que vivían del cuento, de la venta ambulante, del pregoneo en el Rastro para sacar unas míseras pesetas, una especie social con encanto, sobre todo por su humildad y su inocencia. En fin, la ingenuidad de una sociedad ya perdida en el tiempo y esfumada para siempre, entre los que hoy se consideran más listos que nadie y que son, en esencia, unos cínicos. Así las cosas: el hoy de los espabilados versus el candor de otra época.

Como dato anecdótico pero interesante diré que la obra teatral adaptada en este film, fue estrenada en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1941. Fue calificada por su autor, Jardiel, como una “simple y estricta diversión, ya que en ella no hay cimientos psicológicos, pasionales, metafísicos o filosóficos que la justifiquen”. De manera que el espíritu de esta especie de entremés es un entretenimiento muy bien llevado al cine, en este caso por un mañoso Pedro L. Ramírez, con un elenco de actores de primera línea.

Lo que me llama la atención es el poco recuerdo y el escaso realce que se hace de esta y otras divertidísimas comedias antiguas de nuestro cine hispano. Esta concretamente, me parece que no es muy conocida entre los cinéfilos más jóvenes, lo cual que yo aconsejo e invito, dirigiéndome a ellos, a que cuando podáis la veáis, para disfrutar vosotros también de esta cinta con su encadenamiento de desternillantes momentos.

Trailer: https://www.youtube.com/watch?v=HhrQis-R0P0.

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