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Una comedia para reír y reflexionar sobre la vida

Por Enrique Fernández Lópiz

Toni Erdmann es una de las mejores comedias, si no la mejor, que he visto en los últimos años. Y mira por donde viene de la mano de una directora alemana, cultura poco proclive a este género cinematográfico. Una película esta con toques cómicos, pero también, tirando quizá del rédito filosófico teutón, con temas y asuntos complejos para la reflexión. Pero más. Hay amor, humor a raudales, audacia en el planteamiento, refinamiento, emoción, crítica social, psicología, afectos a flor de piel y, en fin, una cinta refrescante cargada de humanidad. Eso es Toni Erdmann, la tercera película de la directora alemana Maren Ade.

La trama resulta de la relación ocasional de Winfried (Peter Simonichek), un padre divorciado, profesor de música y sujeto extravagante que se ha quedado solo tras fallecer su perro, y su hija Ines (Sandra Hüller), una joven y brillante ejecutiva de una empresa alemana, que trabaja en una sucursal en Bucarest. Ella es una triunfadora profesional y social que, aunque no lo sepa bien, está muy sola y carece de la capacidad para saborear las alegrías de la vida. La pragmática Ines tiene unas rutinas metódicas y lleva un ritmo de trabajo acelerado, muy ordenado, con salidas y entradas muy calculadas. En este contexto debe enfrentar la visita por sorpresa de su padre. Éste lo que quiere es saber sobre cómo gestiona la vida su querida hija. Lo que observa Winfried no es de su agrado y de manera inesperada le pregunta a Ines si es feliz. Ella no sabe qué responder; la pregunta más bien le sirve a modo de revulsivo que la moviliza interiormente. El progenitor, que en un momento dado dice volverse a Alemania, se queda empero en Rumanía para proseguir el seguimiento de su hija, haciéndose pasar por un personaje imaginario: el divertido Toni Erdmann. Erdmann, o sea el histriónico Winfried disfrazado con una estrafalaria peluca, una grotesca dentadura y unas formas de conducta chocantes que incluyen el cojín tirapedos o el gusto por el champán caro, resulta curiosamente atractivo entre la gente con la que se relaciona su hija, incluida la misma Ines. Un padre que estorba y que avergüenza a su hija, pero que en su estrafalario y bizarro rol de salvador le va a ayudar a encontrar un nuevo sentido a la vida.

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Maren Ade dirige y escribe el guión de esta maravillosa y agridulce comedia con un tempo sostenido y poco dado a los exabruptos de las actuales comedias yanquis, sino más bien con elegancia y fluidez. En la trama, aunque los números que monta el padre protagonista pongan a borde del ataque de nervios a la hija, no obstante, de la misma forma le harán aprender a sentir, a reír y a vivir. Ade no enfatiza esta relación padre-hija, tampoco propone la solución de un porvenir feliz para la joven, pero el amoroso y heterodoxo cuidado de ese “padre destroyer” le ayuda y mucho a entender mejor su situación y quién es ella. “Es una comedia insólita en el mejor sentido, habitada por gags esplendidos y situaciones que provocan risa, dotada de poder de observación, retratando personajes muy creíbles, mezclando realismo y surrealismo, esperpento y soterrada ternura” (Boyero). Todo lo cual es de agradecer en los tiempos que corren. Tiene una delicada fotografía de Patrick Orth, así como una buena puesta en escena.

En el reparto tenemos dos puntales principales en un Peter Simonischek inconmensurable, creíble, gracioso y que sabe transmitir tanto su lado de viejo solo y experimentado, como su capacidad de padre que lucha con tesón para espabilar a su hija y que recapacite; todo lo cual llega al espectador directamente con su desbordante vis cómica. El segundo gran valor es Sandra Hüller, que está maravillosa haciendo gala de un excepcional repertorio actoral y que además, mantiene con Simonischek una entrañable química que eleva el papel de ambos y lo traslada fuera de la pantalla. Un equipo actoral de lujo los acompaña: Lucy Russell, Trystan Pütter, Thomas Loibl, Hedewych Minis, Vlad Ivanov, Ingrid Bisu, John Keogh, Ingo Wimmer, Cosmin Padureanu, Anna Maria Bergold, Radu Banzaru, Alexandru Papadopol, Sava Lolov, Jürg Löw, Miriam Rizea y Michael Wittenborn, un coro genial de actores y actrices de reparto bien conjuntado.

Premios y nominaciones en 2016 hasta 28 de enero de 2017: Premios Oscar: Nominada a mejor película de habla no inglesa. Globos de Oro: Nominada a mejor película de habla no inglesa. Premios BAFTA: Nominada a Mejor película en habla no inglesa. Premios César: Nominada a Mejor película extranjera. Premios del Cine Europeo: Mejor película, director, guión, actor y actriz. Festival de Cannes: Premio FIPRESCI. Premios Independent Spirit: Nominada a mejor película extranjera. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera. Críticos de Los Angeles: Nominada a mejor película extranjera. Critics Choice Awards: Nominada a mejor película de habla no inglesa. Premio FIPRESCI (Federación Internacional de Críticos de Cine): mejor película del año. British Independent Film Awards (BIFA): nominaciones mejor película intern. Independiente. Satellite Awards: Nominada a Mejor película de habla no inglesa.

Comedia estrafalaria y valiente, dolorosa en lo existencial y graciosa en la forma, amén de absurda “se resuelve en la incomodidad de una hija perdida […] y un progenitor a la fuga. Entre risa y carcajada, Ade acierta a dibujar con una perfección rara el perfil no tanto de la institución familiar, que también, como de la máscara con la que uno y otro se reconocen y se huyen. Y ahí, en ese lugar irreal y profundamente humano de representaciones equivocadas (¿quiénes somos para los demás?), estamos todos” (Martínez).

Pero el desarrollo no se emplea en el tópico al uso de “padre-bueno-se concilia-con-su- hija” y todos son felices, sino que la directora germana dibuja la insólita historia de un padre que sólo sabe relacionarse a través de la máscara y de la burla, lo cual constituye un elemento curioso que finalmente se trueca, si dejamos por un momento de lado la relación paterno-filial, en “una sátira del mundo corporativo, modelado según los designios de un machismo nada disimulado, y de la hipocresía que oculta la utopía de la Europa comunitaria en países como Rumanía, donde los pobres y los gitanos conviven con los hombres de negocios dispuestos a hacerse ricos a costa de las promesas de ascensión social del capitalismo neoliberal” (Sánchez). A lo cual no faltan toda una serie de escenas que muestran la pobreza y la desigualdad en esos países ex comunistas, muchos de cuyos trabajadores apenas tienen ni un mísero retrete donde hacer sus necesidades en la privacidad.

Además, la película nos pone por delante a una fría Ines con la que muchos podríamos identificarnos; mujer que carece de tiempo para nada, menos para sentirse bien con ella misma, enfrascada como está con su teléfono móvil y su ordenador portátil, en ponerse cada día su complicada y elegante vestimenta, o hacerse su apretado roete de ejecutiva agresiva, disponible a toda hora para hacer trabajos inconfesables, incluido un ingenuo sexo que provoca la sorpresa hilarante. Es decir, la ambición de la pobre Ines es escalar y llegar tan alto como pueda, sin que se sepa dónde está la meta a alcanzar.

En la contraparte está Winfried, un padre que proclama a voces que ha contratado en su casa a una hija sustituta que reemplace a su hija “titular”; un hombre mayor en horas bajas que encuentra el tiempo para viajar a Bucarest y abordar la adicción al trabajo (workaholic) de su hijita perdida en la jungla de la codicia, “en el hall de un edificio anodino del que entran y salen otros como ella, mismas chaquetas y ambiciones, la intercepta a la vuelta del almuerzo, disfrazado con unas gafas de sol negras y unos dientes postizos a juego. El desconcierto es máximo, no sólo el nuestro, también el de Ines, que, rodeada por sus compañeros de buenos modales y semblante serio, aprieta el paso y disimula” (Bermejo). Sí, Ines se hace la tonta ante Toni Erdmann, el otro padre, el Pepito Grillo que clama ante tanto despropósito, lo que habrá de provocar una “lenta conversión de su hija en una persona humana” (Oti Rodríguez). Un comprensible testimonio paternal de cuán estúpida es la existencia si las cosas se toman excesivamente en serio, mayormente el poco objeto que tiene la vida si no uno no se complace en ella y con ella. Pues como dijo el filósofo americano Elbert Hubbard: “No te tomes la vida en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella”.

Comedia para reír, comedia para pensar, comedia con tintes trágicos que “no requiere ni glasearnos con finales felices ni hundirnos en la miseria para conmovernos profundamente” (Salvá). Sí, porque lejos de ser una chilindrina, la cinta de Ade es toda una obra maestra para estos tiempos de superficialidad que vivimos, esta “sociedad líquida” de Bauman, sociedad de simpleza y ramplonería. Así, la directora germana consigue de manera casi milagrosa “transformar una trama delirante sobre el papel, en una verdadera epifanía para el espectador, un ejercicio magnético en el que éste se ve obligado a reconocer la verdad última (a veces hilarante, en ocasiones cruel, a menudo tierna y siempre conmovedora) de las intimidades que por una vez, y frente a la falsedad estereotipada de buena parte del cine actual, le muestra la pantalla” (Andreas).

A mí me gustó mucho. Ya al final de la obra, su padre le hace ver cómo antiguas vivencias que recuerda de su relación con ella cuando era niña, en el presente tejen auténticos tesoros de amor y dicha para él, como cuando la acompañaba al autobús escolar u otros detalles que, transcurrido el tiempo, se resignifican, cobran un gran valor sentimental. Por eso es que, le insinúa, no hay que olvidar esos pequeños pormenores de vida que con el tiempo constituirán las piezas de un genuino caudal sentimental. Como escribe Marcel Proust en su obra “A la recherche du temps perdu” (A côté de chez Swann): “... les maisons, les routes, les avenues, sont fugitives, hélas, comme les années” (“… las casas, las carreteras, son lamentablemente fugitivas, como los años”). Entonces, ni un segundo más hay que perder antes que “el tiempo airado/cubra de nieve la hermosa cumbre” (Garcilaso). Pasados los años, las gratificantes experiencias de antaño cobran nuevos sentidos a la luz del presente; como hacer un viaje a través del tiempo plan ciencia-ficción, para disfrute personal. Ines se queda pensando.

Incluso Almodóvar está encantado con esta película: “Me gusta mucho Toni Erdmann. Es una comedia brillante y arriesgada que te sorprende continuamente. Sutil, llena de pequeños detalles superemocionales que hablan de la batalla, perdida de antemano, que son siempre las relaciones paterno filiales […] es muy divertida, muy triste, muy patética. Muy alemana, muy libre y muy personal. Merece todos los premios que recibió en los Premios Europeos del Cine. La directora y guionista Maren Ade impone un ritmo a la narración lejos de los estándares, más próximo a la vida real y a John Cassavetes”. Así pienso yo también de esta obra en la que los sentimientos hacen carta de presencia en el espectador, pues la ingenuidad del film describe en realidad momentos muy dolorosos. A modo de humorada que es luz al final del túnel. Con un talante frío y una edición aleatoria en lo aparente, la película de Ade resulta de un calculado montaje; todo ello convierte algo que pudiera parecer que roza lo baladí, en una paleta de delicados colores que eleva el espíritu de quien la ve con ojos abiertos y libre de prejuicios.

Recomiendo sin paliativos esta película que tiene casi de todo. Lejos de las insulsas comedias americanas de los últimos tiempos, esta cinta es todo un cántico para que recobremos el pulso a la vida. A ver dejamos tanto guasap y tanta ambición que no deja de ser, como dijera el sabio Qohéleth: “vanidad y persecución del viento“.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=bpK2hp5SQBE.

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