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Una bala en la cabeza

Por Jon San José Beitia

Silvester Stallone y Walter Hill unen fuerzas para ofrecer lo que mejor saben hacer, una película de acción a la vieja usanza.

Tras el éxito de producciones que volvían a tener entre sus filas a viejas glorias del cine de acción -como el propio Stallone con Los mercenarios, Bruce Willis y compañía-, era inevitable que el cine de acción de los ochenta y sus principales representantes volvieran por sus fueros.

Así pues, Una bala en la cabeza es una película de acción al uso, sin complicaciones, con un guión sencillo. Los guionistas y el propio Walter Hill van directos a la acción más contundente y violenta, sin tapujos.

El argumento no se encontrará entre los más originales, complicados y sorprendentes de la historia del cine pero, sin ser gran cosa, sirve como excusa para ver de nuevo a Stallone en su salsa, repartiendo golpes a mansalva y luciendo musculitos.

Ha sido el éxito cosechado recientemente por producciones como Los mercenarios, la culpable de que vuelvan las producciones de acción sin ton ni son, que tanto se echaban de menos en la actualidad. No quiere decir que no hubiera películas de acción pero sí se echaba en falta mayor contundencia en las mismas, el cine reciente de Hollywood estaba siendo muy flojo y edulcorado.

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Walter Hill, ayudado por el estilo visual que Stallone supo dar a su Rambo IV, ofrece secuencias de acción que están acompañadas de una violencia contundente y alejada de ñoñerías. No se anda con remilgos y ofrece al espectador de este tipo de cine lo que demanda: balas, sangre y tipos duros repartiéndose amor mutuo.

En el reparto se pueden ver intérpretes en horas bajas como Christian Slater -en un papel secundario y como estrella invitada de la función-, tenemos a Jason Momoa -el reciente intérprete de la nueva versión de Conan- que luce la nueva musculatura ganada para dicho papel.

La película y todos sus participantes son conscientes de las limitaciones artísticas de la misma y sus intérpretes se limitan a cumplir con sus roles. De ahí que Silvester Stallone y Jason Momoa se limiten a repartir los mismos golpes que han dado en películas recientes, apreciándose claramente los ganchos de Rocky Balboa en el caso de Stallone.

Walter Hill intenta aportar un toque de mayor entidad artística, ofreciendo un pequeño homenaje a la secuencia de la orgía de Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, pero se queda en un intento mediocre y ridículo.

Stallone se guarda el papel protagonista y, aunque encarna a un asesino implacable, logra darle ese carisma que siempre ha acompañado al actor en su carrera profesional.

Su personaje es letal y efectivo, pero tiene su corazoncito, una forma inteligente de ganarse al público.

En las secuencias de acción y combate, el director no guarda una sola bala en la recámara y exprime al máximo las dotes físicas de los intérpretes protagonistas en un combate estelar que hará las delicias de sus seguidores.

Lo mejor de la película: su banalidad e irrelevancia, junto con la aceptación de ser un producto de acción que no tiene mayores pretensiones que las de ofrecer un entretenimiento ligero.

Jon San José Beitia

Comentarios

  1. Adrián

    Muy buena crítica. Corrobora y complementa lo que dije yo, una película que no engaña a nadie, no hay pretensiones y el resultado es lo esperado. Sly confirma desde los Mercenarios que ha vuelto. Los viejos rockeros nunca mueren.

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