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Un trabajo serio y sólido de Monzón

Por Enrique Fernández Lópiz

Tenía ganas de ver en cine El niño, le precedía una fama y unas afluencias de público llamativas. Además, ahora que parece que el cine español está en onda, pues no quería yo perder esta estela al parecer espectacular, según críticas y comentarios diversos, en la que nuestros realizadores, se aproximaban al territorio del thriller y las películas de acción, sin complejos con el cine de mayor presupuesto como el americano. Y ahí me senté, con la ilusión de siempre cuando se apagan las luces, y empecé a ver la película.

Una fotografía buena y resplandeciente arroja una excelente panorámicas de esa bella Costa de la Luz, donde el Mediterráneo y el Atlántico se dan la mano. La película refleja unos personajes creíbles y típicos de esta costa, donde se entrecruzan policías, chorizos de más o menos monta, moros traficantes de hachís, y para que tuviéramos un completo de esta semblanza: ¡Gibraltar! Y me parece muy bien que la cinta deje a las claras asuntos importantes que atañen a la costa de Cádiz y que los parroquianos de esa maravillosa zona conocen a la perfección: el tráfico de droga desde Marruecos, la proximidad con África y todo cuanto ello supone, la vida de los jóvenes en paro que a veces encuentran una salida a su precaria situación con el riesgo y el dinero fácil, las zonas de gran lujo que chocan con el paro y la pobreza, como la zona de Sotogrande con sus mansiones y flamantes yates de recreo, en la comarca del campo de Gibraltar, y sobre todo me ha perecido muy bien que la película cuente la paradójica y extraña situación de Gibraltar, un pueblecito encima de un peñón, sin agricultura, sin aparentes recursos y que, empero, goza de un alto nivel de vida que choca con las carencias de los pueblos colindantes: la Línea, San Roque o Algeciras ¿Qué pasa en esa ínsula británica? Obviamente se trata de negocios turbios donde está el tráfico libre de impuestos de productos como la cosmética, la perfumería o el tráfico ilegal de tabaco, amén del comercio irregular de petróleo, la droga a escala importante y cómo no, el blanqueo de dinero. Son todos, temas apuntados en la cinta y muy bien narrados, con un excelente lenguaje cinematográfico.

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La historia cuenta las aventuras y desventuras de dos jóvenes, El Niño y El Compi, que bien por falta de trabajo o el otro abandonando su labor en una almadraba de atunes (igual en Barbate), pretenden ganar dinero a raudales traficando con hachís en el estrecho de Gibraltar. Es una actividad de riesgo, donde se vive intensamente, donde se maneja el dinero a espuertas. Por otro lado, Eva y Jesús son dos agentes de la Nacional Policía antidroga que llevan más de dos años tras importantes capos del tráfico de cocaína. Tienen como objetivo a un malhechor relacionado con la Mafia rusa apodado El Inglés, que mueve el tráfico desde Gibraltar, que es donde opera. En la trama todos los personajes acaban encontrándose: policías, jóvenes, marroquíes y grandes mafiosos, resultando un thriller muy interesante. O sea, que la película cuenta dos historias que se desarrollan de manera simultánea y paralela: la de unos policías obcecados en desmontar una importante red de tráfico de cocaína; y por otra parte, la historia de dos jóvenes amigos algecireños que sueñan con ganar dinero de manera aparentemente sencilla, contrabandeando hachís a pequeña escala con una moto acuática. Y como decía, ambas líneas argumentales convergen en la parte final de la cinta de manera espectacular y emocionante, e incluso en cierto modo, con final feliz.

La película está dirigida de forma sobresaliente y con mucha técnica y profesionalidad por Eduardo Monzón. El guión del propio Monzón junto a Jorge Guerricaechevarría trenza una historia creíble y que parece sacada de la realidad de lo que ocurre en litoral que va de Chiclana a San Roque, en la costa gaditana. Eso lo saben/sabemos los que conocemos la realidad de esa costa. Excelente música, trepidante y que acompaña plenamente, de Roque Baños; y como decía la fotografía de Carles Gusi es resplandeciente, como resplandeciente es ese Cádiz del que Manuel Machado decía: “Cádiz, salada claridad”. La puesta en escena, el genial montaje y los escenarios perfectamente elegidos, construyen una obra de gran actualidad y realismo.

En cuanto al reparto, todos los actores y actrices hacen papeles redondos. Luís Tosar borda el papel de policía pertinaz y obsesionado con su trabajo, escéptico, sin vida propia. Le acompaña muy bien como compañera de investigación Bárbara Lennie. El cínico y también policía Eduard Fernández (reciente Premio de interpretación José María Forqué), tiene unos diálogos con Tosar brillantes. Sergi López, otro compañero de comisaría hace un papel inquietante y muy fino en sus matices (curiosamente más valorado como actor en Francia que aquí). El sevillano Jesús Castro es un joven de gran talento y personalidad para el cine y le auguro un buen futuro. E igual su colega Jesús Carroza, debutante, que no le va a la zaga. O sea, un reparto muy bueno que rezuma verosimilitud: los policías, los jóvenes traficantes, todos son creíbles de todo punto, incluida la novia marroquí de uno de los jóvenes, la bella y debutante saharaui Mariam Bachir que ha dado el campanazo con esta película con un trabajo muy convincente y que viene a ser igualmente un gran descubrimiento (aunque tal vez sea esta historia de amor la más traída de los pelos).

Daniel Monzón repite guión, tras Celda 211, junto a Jorge Guerricaechevarría, y la verdad es que le ha salido un film muy bueno, quizá uno de los mejores thrillers del cine patrio. Además, se ve que es un guión sustentado con un buen trabajo de documentación e investigación, a fin de conocer a fondo el mundo de la droga, de los viajes de tantos jóvenes a Marruecos en busca de “chocolate”, el papel de la policía antinarcóticos, etc. Además, con una gran producción que nada tiene que envidiar a Hollywood, esbozan un fiel retrato de ambos lados del estrecho y de la propia Gibraltar, con realismo, naturalista. Y qué decir de las escenas de acción, como las persecuciones en helicóptero tras la lancha rápida de los traficantes; son escenas rodadas con seguridad y arrojo. Diálogos reales, elipsis las justas, ritmo vibrante, sin tregua para el espectador, por más que hay 135 minutos de metraje.

En resolución, película impecable en muchos aspectos, gran fotografía, bellas imágenes, acción vibrante, impecable montaje, buenas interpretaciones, y un film contextualizado, familiar para nuestro país que vive cada día y en los mismos escenarios, la misma historia del tráfico de droga o la insólita roca británica en medio de la costa gaditana. La película tiene entidad, categoría, mérito a raudales, y como dice Jordi Batlle, es: “un sólido y preciso trabajo artesanal”.

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