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Un thriller desasosegante próximo a nuestra realidad hispana

Por Enrique Fernández Lópiz

Salí no hace mucho del cine, después de visionar Que Dios nos perdone, con la sensación de haber disfrutado de un thriller español, para mí mucho más interesante que los americanos, no sólo porque la cinta de suyo es buena como ahora diré, sino porque aborda nuestro país encarnado en un Madrid hostil, atribulado, caluroso en todo sentido, enrarecido, justo en ese pasado cercano cuando el alborozo y la ingenuidad del 15-M se entremezclaba paradójicamente con los buenos chicos que se unían a los oropeles y las loas en la Jornada Mundial de la Juventud que oficiaba el por entonces aún Papa Benedicto XVI: “Cine negro a pleno sol, el terrible agosto madrileño ya tiene su noir de referencia, más nevillesco que canalla, apoyado en un costumbrismo esforzado y bien entendido que encauza el pasado reciente […] que opone el Madrid popular a la rive droite y que sale a la calle para dar prueba del enfrentamiento soterrado entre poderosos y parias” (Marañón).

Así, la historia se desarrolla en aquel agosto de 2001, en medio de una barahúnda de gentes donde se encuentran peregrinos que han acudido a ver al Papa y los ciudadanos que se han movilizado con 15-M, con temperaturas de asfixia, y en mitad de esa movida, un criminal, un sujeto desconocido y del que no se tienen pistas ni sospechas; alguien que está asesinando a mujeres mayores previa violación y vejación. Al frente de la investigación están dos policías, cada cual con su grado diferente de anomalía personal. De un lado Velarde (Antonio de la Torre), inspector tartamudo, acomplejado, introvertido, minucioso e incapaz de relacionarse; el segundo es Alfaro (Roberto Alamo), un policía de temperamento explosivo con ataques de violencia en cortocircuito, bebedor, caótico, airado y expedientado por agresión a un compañero. Ambos policías, el disfémico y meticuloso Velarde y el epileptoide que no controla su ira, Alfaro, deben procurar por todos los medios atrapar al asesino en serie, y hacerlo discretamente, sin que la noticia salte a los medios de comunicación en tan señaladas fechas. Pero los agentes no pueden evitar la presión, la urgencia, el mundo conflictivo y cruel con el que tropiezan a cada paso, amén de sus propias disfunciones y dificultades; “la película enfrenta y destensa a los dos protagonistas abocados a sus propios infiernos. Y funciona en armonía la estricta pesquisa policial y el retrato de dos personajes sin visible salida” (Quim Casas).

Rodrigo Sorogoyen, este joven director y guionista madrileño, se ha dado maña con este film en reflejar los atractivos y virtudes del cine hollywoodiense sobre asesinos recidivantes, a la vez que le ha sabido dar una tonalidad propia de nuestro periódico El Caso y la infame y sórdida crónica negra hispana tipo “el arropiero” y otros asesinos peligrosos, amén de un tufillo a pintoresquismo, calceta, copita de aguardiente y misa matinal de domingo, primera comunión incluida, que es la clave para encontrar al asesino. Mas como decía una antigua novela radiofónica, “el criminal nunca gana”.

El guión del propio Sorogoyen junto a Isabel Peña está muy bien hilado y bien trabajado en todo sentido. Por una parte los diálogos están en su punto y abanderan la idiosincrasia madrileña, lo que da tanto para los momentos tipo thriller frenético como para los lapsos de comedia policial. Y de otro lado es evidente que estamos viendo una película policíaca que pivota sobre tres vértices que son sus tres personajes principales: dos neuróticos y uno psicótico-sociópata. O sea, sendos policías y un asesino, y los tres están para un largo tratamiento “psi”, aunque en formas diferentes los primeros del tercero. La puesta en escena de Sorogoyen es vibrante, incluso furiosa cuando es menester, y angustiosamente turbadora. “El director lanza su película hasta el extremo de lo civilizado, de lo soportable […] Importa la angustia, el sudor, la bilis y, finalmente, el vacío que se abre a los pies de unos tipos condenados a cada paso que dan. Todo duele en una cinta en la que la fealdad más elemental de las paredes sucias y mal enlucidas con gotelé se antoja la perfecta escenificación de un drama humano y, por ello, eterno. Muy cerca del simple desasosiego” (Martínez).

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Yo hay algo que no puedo compartir entre quienes afirman sobre los policías de la película, que éstos no son tan diferentes del asesino, como que todos son igualmente violentos y peligrosos. No. El guión refleja muy bien que no todos son psicópatas. En la trama, los policías están psíquicamente perturbados, pero son capaces a su modo de empatía, amor, relación, redención, amistad, legalidad y perseverancia en aras a hacer justicia. En tanto que el asesino sí es realmente un antisocial puro, un psicópata en toda regla metido en una espiral de “decadencia” –como dijera Fromm-, perdido en la urdimbre de una madre posesiva que ha construido en su hijo un mundo psíquico presidido por un lazo “incestuoso” psicológicamente hablando (aunque no haya relaciones hijo-madre) que da como resultante un asesino de ancianas. Un criminal perdido en su urdimbre emocional “decadente” (“versus” crecimiento, según Fromm) que venga su ambivalencia y su odio hacia la madre, agrediendo con saña, malignamente, sin consideración y con maneras típicamente sádicas a sus víctimas, mujeres mayores, que son sustitutas en su imaginario enfermo de su acaparadora madre real. Por lo tanto, los personajes no son todos iguales ni mucho menos. Hay, por ser sencillos, policías conflictivos pero legales y un vil asesino frío y sanguinario: ¡un alivio! Digo esto porque hay buenos y un malo malísimo, frontera que Sorogoyen sabe delimitar. Ya está bien de tanto relativismo moral, que digo yo.

Fotografía de Alejandro de Pablo con una cámara vehemente y muy atractiva en la que además, asesorado por el director, acierta en la agilidad y la elegancia al utilizar el gran angular con desenvoltura, pero también con precisión; y no sólo la cámara está bien puesta, sino que además tiene cosas importantes y sustanciales que contar. En las tomas, pues, se nota la presencia de De Pablo y Sorogoyen. Estupenda la música de Olivier Arson que sigue el ritmo creciente de la intriga y el miedo, una banda sonora escalofriante que funciona a la perfección y que añade una atmósfera original a la película.

En el reparto, De la Torre y Álamo consiguen generar una extraña empatía y un innegable magnetismo sobre el espectador que sigue atento cada paso del film, cada secuencia, cada incidencia, cada crueldad o derrape de conducta de uno u otro personaje; estamos ante interpretaciones brillantes y desgarradoras. Javier Pereira está excelente en el papel de asesino brutal. Acompañan con buen nivel Luis Zahera, José Luis García Pérez, Mónica López, María Ballesteros, Rocío Muñoz-Cobo, Ciro Miró, Andrés Gertrúdix, Silvia Casanova y Josean Bengoetxea. Actores que realizan un excelente trabajo en el cual se desenvuelven “personajes atormentados, ante un valleinclanesco espejo cóncavo que nos devuelve una figura deformada que, tristemente, está mucho más cerca de la realidad de lo que nos gustaría” (Luchini).

Premios y nominaciones a día de hoy en 2016: Festival de San Sebastián: Mejor guión.

Dirección, guión y cuadro actoral hacen buenas las palabras de Boyero cuando dice: “Es una película en posesión de cierto clima y que no te aburre. No dudo de los dones narrativos de su creado […] el misterio sobre las masacres patológicas de mujeres de la cuarta edad puede resultar entretenido”. Y es que estamos ante un brillante thriller, “tan brillante como anómalo que, queriendo o no, acaba por convertirse en síntoma de un tiempo (éste que vivimos) esencialmente violento” (Martínez). En este sentido, podemos decir que los thrillers importantes, los serios, los que son cine noir de nivel como este, hablan del mundo y la sociedad en la que se desarrollan, retratan el contexto que habitan; y eso más que el caso policial en sí; más que el asesino como tal o la resolución de los crímenes. “Su complejidad y su genio residen en los subtextos y su radiografía social, nunca en la trama o la intriga” (Ocaña). De esta guisa, esta obra es el producto de un tiempo que sintetiza la instantánea ética del momento “de soledad y amargura, de violencia y cochambre, de inmundicia física y decrepitud moral. Que el criminal de la película mate y viole viejas solitarias en el centro de Madrid no es baladí, es un estado de la cuestión” (Ocaña).

Los que vivimos con interés y zozobra ese tiempo de Ratzinger, 15-M, etc., sabemos que esta cinta va más allá del ‘thriller’ policíaco, pues habla de política, del enojo y la cólera de la gente, de la cuestión religiosa y más concretamente la católica, apostólica y romana con un Ratzinger-Benedicto XVI que no fue bien entendido en su momento salvo por sus incondicionales. Y refiere, en el mismo sentido, cómo una sociedad teóricamente aconfesional, deviene casi mística con la llegada del Sumo Pontífice, con ese lado de fiesta y charanga que nos caracteriza como pueblo. Y al lado, y merodeando, la huella del mal, el asesino que pone el contrapunto a tanta protesta y tanto angelito suelto por las bulliciosas calles madrileñas. También en estas calles habita la rabia y la desesperación de los marginados y sin trabajo con desahucios en ciernes, ante políticos corruptos y poderes económicos draculianos que chupan la sangre por doquier. Y el asfalto de la meseta que sobrevuela cerniéndose como una sombra que esconde la presencia urbana temible y horrorosa del matador que no cesa.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=jfG4kKeYDbU.

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