Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Un relato intenso plagado de reflexiones

Por Enrique Fernández Lópiz

La Primera Gran Guerra fue una guerra siniestra y cruel, no apta para espíritus sensibles. Una guerra para la reflexión y la profundización sobre muchos de los males que nos aquejan, aún hoy día. Dolencias y serios problemas sociales como los nacionalismos de diferente pelaje, el patrioterismo inútil en un mundo global, la violencia sectaria, la destrucción o el horror de tantas personas inocentes que sufrieron persecución y marginación. En esta película, a pesar de que el conflicto bélico está fuera de foco mayormente y salvo breves episodios, sin embargo, está a la vez omnipresente a lo largo de toda la historia. Su mensaje pacifista y antibelicista se hace patente e intenso, porque nos muestra los devastadores efectos de esa conflagración ciega de trincheras y a cara de perro (recuerdo al respecto el gran film de Kubrick, Senderos de gloria, 1957), contienda motivada, además de por intereses económicos y geoestratégicos como en todas, por el chauvinismo y el regionalismo timorato, por el delirio y la exaltación facinerosa de las banderas y demás, siempre en disposición para magnificar las diferencias antes que para encontrar nexos de unión y entendimiento. Y me atrevo a asegurar que a pesar de nuestro pasado belicoso-europeo, no sólo no hemos aprendido nada, sino que repetimos con pasmosa exactitud y forma cuasi automática, los mismos errores de nuestro no tan lejano pasado. Es más, le temo al futuro.

La historia del film se desarrolla en una pequeña ciudad alemana, recién acabada la I Gran Guerra. Anna (Paula Beer) acude cada día a visitar la tumba de Frantz, quien fuera su prometido y que murió en el fragor de la batalla en Francia. A la vez, un día, Adrien (Pierre Niney), un misterioso joven, a la sazón francés, del que luego se aclara que fue soldado y autor de la muerte de Frantz (aunque esto sólo se sepa en el relato parcialmente), también asiste al cementerio a rendir emocionado tributo al difunto y dejar flores en la tumba. Él desea confesar su horrible pecado y hacerlo ante la familia de su víctima, incluida su prometida. Ansía ser perdonado. Entre él y la joven prometida surgirá una relación inicial de complicidad y consuelo, que implicará a la familia del soldado muerto, muchacho omnipresente y grabado a sangre y fuego tanto en la memoria de sus padres como de Anna, que tiene el corazón destrozado por su pérdida. Pero la presencia de Adrien su produce también reacciones impensadas en un pueblo profundamente marcado por la capitulación de Alemania en la guerra; un contexto inflamado de sentimientos de patriotismo y derrota. Una suerte de provincianismo y catetura moral de la que hoy no somos, de nuevo, en Europa y en nuestro propio país.

frantz-2

El prolífico François Ozon vuelve a cambiar de registro para retrotraerse al final de la I Guerra Mundial, adaptando la obra teatral de Maurice Rostand, L’homme que j’ai tué (“El hombre que yo he matado”) (1925), de la que Lubitsch ya hizo su adaptación al cine en su obra Remordimiento (1931), por cierto la única película de Lubitsch dramática, severa y además sonora; incluso puede decirse con toda tranquilidad que esta película que ahora comento es un remake de la obra de Lubitsch en la que Ozon se inspira de manera libre, en forma de melodrama antibelicista y romántico. Empero, éste es un trabajo esencialmente ozoniano, pues si Remordimiento ponía el acento en el sentimiento de culpa del soldado francés que mató en la trinchera a un más que probable hermano espiritual, aquí cobra especial centralidad la figura de la novia del difunto, Anna, una historia romántica que Paula Beer interpreta en delicada clave introspectiva. Además, a diferencia de Lubitsch que adopta el punto de vista del soldado francés, Ozon se coloca en la perspectiva de quienes perdieron la guerra, los alemanes. Sin olvidar que tras la primera guerra habría de venir la segunda, lo cual Lubitsch no podía prever en el año 1931 (por eso hace un film de reconciliación), mientras que Ozon sí tiene en cuenta, obviamente, esta segunda y trágica segunda gran confrontación, incluso más horrorosa que la primera y en la que Alemania lideró la contienda. Ozon hace su film con un atrevido planteamiento descriptivo donde se combinan secuencias en blanco y negro con otras en color donde, como ahora diré, el acompañamiento musical, sin un patrón definido, tiene una importancia sustancial.

Así es, la música de Philippe Rombi juega un importante papel narrativo y simbólico, como decía, que acompaña con gran fortuna a la narración y a las imágenes. La fotografía de Pascal Marti es bellísima, en blanco y negro, con esporádicos subrayados en color, fotografía de “severidad germana” (Costa), que vira con elegancia al color con la evocación del ausente Frantz. Ambientación primorosa, muy buena puesta en escena.

En el reparto tenemos a Pierre Niney, en un personaje que acumula intriga, debilidad y encanto a partes iguales. Pero resalta sobre todo la casi desconocida Paula Beer, que brilla con el esplendor de una actriz consagrada, mostrando su repertorio actoral en forma magistral. Pierre Niney y Paula Beer, combinan “clase, ambigüedad, romanticismo y desgarro” (Oti Rodríguez). Acompañan con un gran nivel Cyrielle Clair, Johan von Bülow, Marie Gruber, Ernst Stötzner y Anton von Lucke, entre otros.

Premios y nominaciones hasta la fecha (13/01/17) en 2016: Festival de Venecia: Mejor nueva actriz, Premio Marcello Mastroianni (Paula Beer).

La obra de Ozon aborda diversos y complejos aspectos humanos de una envergadura impresionante. El primero que se me ocurre es el que vincula la culpa con el hundimiento moral y psíquico, encarnado en el protagonista francés Adrien quien por todos los medios necesita el perdón de la familia y de la prometida de Frantz para recobrar el ánimo. Es sabido por el psicoanálisis de cómo la tiranía de la culpa irracional puede destruir a una persona, abatirla hasta ponerla en la frontera del suicidio (no en vano el famoso cuadro “El suicida” de Manet que sale en el film varias veces –Museo del Louvre- representa a un suicida tumbado en la cama tras haberse pegado un tiro). De igual manera, la escena de la confesión de Anne con el sacerdote, no sólo atiende a la necesidad de perdonar, sino también a la legitimidad de la mentira (piadosa) como bálsamo para el dolor. Toda una reflexión filosófica de la mentira y su compatibilidad con el perdón y el amor. Sin olvidar el proceso de “duelo”, tan costoso, que requiere tiempo para asimilar la pérdida del ser querido.

También en la cinta se sugiere la dimensión homosexual del protagonista, pues “son muchos los planos y los detalles que impulsan a sospechar una relación cercana a lo amoroso entre el soldado vivo y su recuerdo del soldado muerto” (Oti Rodríguez). Lo cual en la parte final se hace evidente cuando conocemos su contexto familiar, su castradora y posesiva madre, el escaso espíritu del joven y su futuro matrimonio con una muchacha de fuerte carácter que será quien se habrá de encargar de Adrien y de su patrimonio, pues él es de todo punto incapaz. Las escenas de la madre de Adrien con Anna son impresionantes y dan idea de cómo se fragua un hombre femenino y de carácter frágil: es el negativo de su afilada madre.

Y a propósito, en su afán por ser perdonado, Adrien hace un comportamiento histérico y fuera de tono con la intención de contar a los padres del soldado muerto toda la verdad, a fin conseguir por el medio más dramático e inútil su clemencia. Pero la intención la sabe atajar el espíritu sensible, inteligente, decidido y femenino de Anna que lanza a las llamas la carta donde contaba la verdad del caso. En este sentido, creo advertir una perspicaz visión de la psicología femenina, ante el exabrupto de Adrien. En realidad, es el mismo Adrien quien tenía que solucionar sus problemas y no volcar la porquería a la cara de la familia damnificada y ya de suyo bastante destrozada como para recibir más golpes.

En fin, todo un mundo sinuoso, “un sugerente ejercicio sobre perspectivas complementarias” (Quim Casas), “un relato intenso, elegante, desbordante de sensibilidad y de ritmo pausado […] un juego de espejos que revela constantemente nuevas perspectivas y honduras inesperadas” (Bermejo), un auténtico placer estético que envuelve un intenso drama. Sin olvidar, y lo subrayo de nuevo, el ferviente pacifismo, ese grito contra la maldita guerra que en esta película “da forma a una meditación sobre la crisis identitaria de un continente, Europa, barrido por la sinrazón” (Yáñez). Lo cual que recuerda lo cerca que el nacionalismo está del fascismo, los peligros del fanatismo mediocre de quienes se piensan que por pertenecer a un pueblo o a una nación o a un continente son mejores que los que viven enfrente y se tornan beligerantes con sus vecinos que en el fondo no son sino hermanos, algo que pone de manifiesto en una brillante escena el Doctor padre de Frantz, cuando iracundo grita que fueron ellos, los mayores, quienes armaron y enviaron a una muerte cierta a sus propios hijos.

Estamos ante una acerada cinta en blanco y negro, apenas rotos los claroscuros con destellos de color que avocan el recuerdo de Frantz, y es en este tono que Ozon compone una tragedia dura y cruda que bordea todos los precipicios posibles. El producto es una de las mejores películas del gran director germano que ya posee una filmografía que apunta un largo recorrido por venir. “Frantz es una pieza mayor en la obra de Ozon: un sutil drama en torno a la confluencia de dos sacrificios vitales en la construcción de una ficción aliviadora” (Costa). Tal vez un aviso para caminantes, puede que inútil, dirigido a aquellos que no quieren aprender de los grandes errores del pasado, de esos canallas que campan a sus anchas con armamento de última generación y un puñado de fabulaciones pomposas de ira y venganza que parecen hacer oídos sordos a enseñanzas no muy lejanas.

A mí me ha desasosegado y conmovido, y también me ha hecho pensar y mucho sobre el género humano, sus aspectos loables y sus miserias que no son pocas.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=_2vM5RXF1Jg.

It's only fair to share...Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone
Tags

Escribe un comentario