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Un médico y director nos habla sobre la medicina humanizada

Por Enrique Fernández Lópiz

Jean-Pierre (François Cluzet) es un médico rural, con él pueden contar los pobladores de la zona a cualquier hora y por los motivos más diversos; Jean-Pierre les ausculta, los sana, los sosiega, les aconseja, o les lleva aliento en todo momento, todos los días de la semana. Pero Jean-Pierre cae enfermo y el tratamiento lo lleva a cabo un neurólogo amigo suyo (Christophe Odent), quien a su vez le envía a la Dra. Nathalie (Marianne Denicourt) para que le ayude. Al principio Nathalie no es bien recibida; ella proviene del trabajo de en un Hospital. Mas poco a poco se irá ganando la confianza de Jean-Pierre y de los parroquianos.

Thomas Lilti fue medico antes que Director de cine y con Un Doctor en la campiña compone su segundo largometraje, después de la aclamada Hipócrates (2014) (donde ya abordaba las experiencias de su profesión). En esta película, con la ayuda de Baya Kasmi en el guión, construye un trabajo que ahonda en la figura del médico rural genuino, el que trata humanamente a sus pacientes y sabe gestionar sus temores, así como las enfermedades y preocupaciones de su clientela. Como ejemplo de lo que digo, en la película se cita expresamente la novela del gran escritor ruso, Mijaíl Bulgákov, quien fuera también cocinero antes que fraile: Cartas a un joven médico. Y puede servir de ejemplo cuando el Doctor Jean-Pierre aboga por el diálogo con el enfermo y afirma con relación a este extremo: “le quitamos la palabra al paciente cada veinte segundos hay que escucharle, te da el diagnóstico un noventa por ciento de las veces.”

De su época de médico Lilti recuerda: “Aprendí mucho de la medicina de proximidad, es un oficio artesano donde el médico es más que un médico, es una autoridad, un amigo, un confidente. Conoces a varias generaciones de la misma familia y sus secretos. Es lo que le da le riqueza, pero al mismo tiempo exige grandes cualidades humanas.”

Otra obsesión para el Lilti galeno es el cuidado de las personas mayores con enfermedades terminales. “¿Hay que luchar para que mueran en su domicilio? ¿O tienes que mandarle a un hospital donde pueden tener tratamientos de mayor calidad? Me irrita el sufrimiento moral que se causa por morir lejos de tu familia o tu perro. En Francia, el ochenta por ciento de las personas mueren en hospitales”. El film aboga claramente por una muerte en casa, una muerte contextualizada, con la familia, la mascota, etc.

Y otro mensaje importante es poner en evidencia la despoblación rural, y que este fenómeno sea tomado en cuenta como problema político de primer orden. Como apunta Lilti: “La desertificación afecta a todos los sectores: desaparecen colegios, tiendas… Hay que encontrar soluciones para que estas prácticas médicas sigan existiendo, pero sean menos solitarias.”

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Lilti sabe solucionar perfectamente este film de corte humanista, sobre una medicina en extinción, una medicina devorada por los grandes Hospitales y Centros Ambulatorios que han perdido el pulso natural con sus pacientes, tratándolos de manera “cosificada”. Pero Jean-Pierre es un hombre entregado que no sólo cura con la medicina, sino también con su calidad personal, el trato y la grandeza de espíritu. Al enfermar, se ve envuelto en la paradoja de si se podrá él curarse o no a sí mismo. Además, Lilti, sin melodramas ni concesiones a lo comercial “pero con una cámara más calmosa, menos agitada, aplica sana crítica social y política. La de otro humanista: de la medicina y hasta de la conducción por caminos tan embarrados como la propia vida” (Ocaña). O sea, denuncia a las claras las miserias del sistema sanitario en Francia, como podría ser el español o el de otros países de nuestro entorno. Esta dimensión crítica de Lilti es muy importante y no hay que perder de vista la función de denuncia que tiene la película. En esta cinta se “confronta la desertización médica de las zonas rurales haciendo chocar al personaje del título tanto con su sustituta como con sus principios. Lilti no es exactamente sutil en sus argumentos pero los enriquece con humor observacional y destellos de ironía, convirtiendo arquetipos en personajes de notable hondura” (Salvá).

Excelente fotografía de Nicolas Gaurin, en todo momento el objetivo de la cámara enfocando gestos, miradas y pequeños detalles. La variada música acompaña muy bien el film.

En cuanto a los actores François Cluzet, quien nadie puede negar su gran parecido con Dustin Hoffman, más allá de su semejanza física, es un actor más contenido y medido que aquel, que sabe con una portentosa capacidad dramática, expresar lo máximo sin apenas gesticular. Ni que decir tiene que hace un trabajo prodigioso en el papel protagonista, de Doctor. Marianne Denicourt es una actriz excelente; con un físico bonito y un tanto cubista en lo que toca a ojos y boca, está de lujo en la película y sabe sintonizar perfectamente con Cluzet. Precisamente Lilti muestra especial orgullo en la construcción del personaje de Nathalie. “Es poco frecuente en el cine un personaje femenino con un motor no sentimental. Su motor es profesional: su deseo de convertirse en médico y cumplir su vocación por la medicina.” Christophe Odent está absolutamente creíble el tiempo que le toca de rodaje: muy bien. Igualmente estupendo Patrick Descamps. Y acompañan con gran solvencia actoral Isabelle Sadoyan y Félix Moati, entre otros.

Esta película se dirige directamente al corazón, no hay costumbrismo ni romances baladíes, sí algo naif en su discurso narrativo. Puede pensarse que la cinta es previsible en su desarrollo y conclusión, con un itinerario sembrado de pueblerinos, de enfermos, donde hay hasta un festival country, incluso gruñones o frikis de primer nivel. Pero todo encaja, nada rechina, el relato huele a campo y es apacible. En fin, una “obra sencilla y delicada, casi una pieza de cámara aunque pase en el campo y retrate a personas que respiran aire puro. Porque la intención del director es minimalista, el retrato en primer plano, la mirada cercana. Nos habla en efecto de la profesión de médico de pueblo, de conocer al paciente, sus neuras y debilidades, de la capacidad de escuchar, de comprender, de la calidez y la proximidad, de la paciencia y el sentido común. Y también, claro, de conocerse a uno mismo, de entender la enfermedad cuando nos negamos a aceptarla, del miedo, de la incertidumbre, del vacío” (Vall).

Estamos ante una película con gran éxito de público en Francia, con más de millón y medio de espectadores a día de hoy (18 de junio de 2016). Una película que merece que la veamos, tanto por su temática, como por su naturalidad al abordar la historia de la medicina de pueblo. Lilti tiene esa rara habilidad como director de salvaguardar bajo el control el tono en su obra, “siempre mesurado, nunca efectista” (Montoya).

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=_IdfIJgz9DQ.

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