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Un lobo no caza solo

Por Marcos Cañas Pelayo

Joseph Leo Mankiewicz, uno de los mejores directores que han surgido en Hollywood, parece haber tenido una trayectoria marcada por la ambivalencia de la buena y mala fortuna al unísono. Juzguen ustedes mismos.

Su vital papel en una de las obras maestras más reconocidas por la crítica, Ciudadano Kane (1941), ha quedado un poco oscurecido para el gran público por la magnética personalidad de Orson Welles. De igual forma, al acabar la gran súper-producción que tuvo en sus manos, Cleopatra (1963), lejos de disfrutarlo, tuvo que tomar una cura de reposo por el agotamiento de un rodaje alargado, estresante y plagado de dificultades.

Sin embargo, las dos caras de Jano de la filmografía de este cineasta nunca han quedado más de manifiesto que en De repente, el último verano (1959). Su estreno dio una recaudación excelente, además de ser la adaptación al séptimo arte de una pieza de Tennessee Williams. Con el tiempo, pese a su particular narración y polémica alrededor de su mensaje, la crítica la saludaría como un clásico entre clásicos. De cualquier modo, para su realizador tendría aparejados no pocos recuerdos amargos enterrados: Frustraciones, enfados, comentarios despectivos e, incluso, un escupitajo de una de sus mejores amigas en el mundo de las actrices, le legendaria Katharine Hepburn.

A Sebastian, el oculto protagonista de la obra de teatro original, le hubiera encantado aquella paradoja. El misteriosamente fallecido hijo de una aristocrática dama sudista, Violet Venable, momento en el que arranca la puesta en escena de Williams, comprendía perfectamente las aristas puntiagudas de la naturaleza. El joven, un arrogante poeta que únicamente producía una poesía al año en sus viajes estivales, le habría explicado a Mankiewicz que el hombre era un lobo para el hombre y nunca sabes quién habrá de morderte la mano con la que le brindas alimento.

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El doctor que necesitaba cura, la reclusa de los ojos bonitos

Todo relato que se base en flashbacks agradece la presencia de un personaje-nexo, que arranque igual de desorientado que el público. Suddenly, last summer cuenta con ese vehículo conductor, el bueno del doctor Cukrowicz, un prometedor y necesitado médico, quien recibe una curiosa oferta de Violet para sufragarse un nuevo hospital y mejor equipo.

La señora en cuestión, de innegable atractivo pese a su madurez, propone financiar muchos de los proyectos del joven a cambio de una sencilla operación: una lobotomía que deberá realizar a su sobrina, Catherine. La chica era la única testigo de la muerte de su único hijo, el inefable Sebastian. Incongruentes relatos, una conducta amoral en el lugar donde estaba recluida y su incapacidad de hilvanar una reconstrucción coherente de qué pasó en aquel viaje convencen a muchos miembros del círculo familiar de dar un curioso descanso a la atormentada mente de la chica.

El elegido por Columbia Pictures para encarnar al joven aspirante a cirujano estrella no fue otro que Montgomery Cliff. Rostro reconocible, actor poseedor de una mirada fuerte y de gran personalidad, aparentemente era la elección perfecta, debido a que gozaba de muy buena relación con Katharine Hepburn y Elizabeth Taylor, las dos primeras espadas de la producción, quienes harían de tía y sobrina, respectivamente.

Quizás haya sido José Luis Garci quien mejor haya definido la situación profesional de Cliff en aquel rodaje: No era un actor problemático, era un actor con problemas”. Mankiewicz hubo de tratar con un intérprete que era de hechuras de Oscar, pero a quien un accidente había llevado a una carrera de autodestrucción y abuso de sustancias que le propiciaron un notable deterioro. La expresión perdida y la magia de su talento actoral seguían allí, pero Mankiewicz (quien llegaba a tener que calmar a Cliff en la habitación del hotel y dejarle dormir en su cuarto) saldría escaldado de la experiencia: “Prefiero un actor que se sepa el texto, antes que uno que entienda perfectamente al personaje”.

Aquello provocó un fuerte pulso, curiosamente, más que con él, con las dos mujeres, quienes ejercieron el papel de protectoras de su amigo. En nadie fue más constante que en Hepburn, la cual había tenido hasta entonces una relación exquisita con el director. El pulso llegó a tales extremos que la gran dama de la escena recibió incluso la recomendación de sacarse el carnet de la Academia como directora, suspender el rodaje y volver a retomarlo cuando pudieran encargarse de todo.

Rara vez ha habido tantos egos geniales buscando inmiscuirse en un proyecto en forma de monopolio. Williams se prestó a adaptar su libreto original a la gran pantalla, contando con la ayuda imprescindible de Gore Vidal, lo cual era una garantía de unos diálogos poderosísimos (una de las marcas del cine de Mankiewicz, baste recordar la maravillosa La condesa descalza), pero asimismo de tensiones con el reparto ante sus continuadas y ácidas consideraciones de cómo no entendían a los personajes de este retablo, en un relato intimista que no sale básicamente de un sanatorio mental y el extravagante jardín de Violet y Sebastian.

El director únicamente logró meter una línea de su propia cosecha, aunque estaba destinada a perdurar: Un poeta siempre morirá joven a los ojos de quienes le conocen. La vida de un poeta es su obra y la obra de un poeta es su vida”. A pesar de las disyuntivas y fricciones, el film supone un cóctel de emociones y visiones, a veces enfrentadas, de las que curiosamente nadie se benefició con mayor gloria que Elizabeth Taylor.

Rara vez se ha desprendido una belleza tan particular como la exhibida por Taylor en esta obra. Probablemente, la fascinación de Mankiewicz por ella ayudó; de alguna mágica forma, la rivalidad de su personaje con el de Hepburn brinda un duelo de titanes del que se beneficia un desquiciante relato, no apto para cardíacos ni tampoco moralidades atávicas.

Hoy puede resultar extraño, pues es muchísimo lo que se sugiere y poquísimo lo que se muestra, algo que Williams y Vidal tenían muy claro, pero hubo un tiempo en que este trabajo pisó terrenos inexplorados. Una conjura bizantina, una mascarada que escondía muchos de los comportamientos más primitivos y rincones más oscuros de una realidad que el personaje de Taylor resume como nadie: El amor es la capacidad de poder utilizar a las personas. Tal vez, el odio sea la incapacidad de poder utilizarlas”.

A diferencia de Hepburn, la joven actriz seguiría manteniendo una estrecha relación con uno de los cineastas que mejor supo entenderla, potenciando sus virtudes hasta el máximo nivel. La paciente de los hermosos ojos se movería como pez en el agua en estas adaptaciones de piezas teatrales única, con un trasfondo social y sexual sin precedentes (vienen a la mente ¿Quién teme a Virginia Woolf? o La gata negra sobre el tejado de zinc), aunque quizás aquí tenga algunos de los monólogos y escenas más jugosas que se le podían ofrecer.

De repente, el último verano es una serie de mascaradas, engaños, como una feria de espejos deformes donde se quiere borrar la realidad. Williams pone al espectador en sus ojos, pues tuvo que sufrir la lobotomía de una persona de su propio círculo familiar, experiencia traumática que explica la necesidad que sintió de realizar esta obra que, pese a lo aparentemente fantástico e inverosímil que lo rodea (una especie de Borgia sureños en el laboratorio del doctor Frankenstein), es una auténtica exhibición, sanamente impúdica, de muchas de las cosas que atormentaron a su creador.

La censura y el conservadurismo tenían miedo de 114 minutos de metraje que iban a desafiar muchos de los temas tabúes de la sociedad norteamericana de aquel tiempo. Curiosamente, sus ecos de libro prohibido llegaron también a España, en plena época de la dictadura franquista, ya que Cabeza de Lobo, el último lugar donde habían visto a Catherine y Sebastian, tenía unas autoridades que habían mandado en perfecto castellano un informe de lo ocurrido.

De cualquier modo, las teorías de que el curioso turismo que realizaron Sebastian y su prima fuera en España es algo muy descartado en la actualidad. La ficción están enmarcada en pleno año de 1937, un último verano donde dicho país estaba inmerso en plena guerra civil, por lo que no sería un plato muy apetecible para dos adinerados  estadounidenses. Mucho más debió disgustar a los censores en su forma de mostrar una trama tan truculenta.

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Sería conveniente en este punto romper una lanza en beneficio de Katherine Hepburn, quien tuvo muchos problemas con el equipo de guionistas por su manera de enfocar a Violet. No obstante, hoy en día, su interpretación sigue siendo uno de los grandes alicientes de los revisionados de este film, incluyendo una de las más míticas bajadas de ascensor que se recuerdan. Su carácter meticuloso podía ser extremo, así como su visión de cómo debían hacerse las cosas, pero aún hoy se la sigue citando como una de las personas que más trabajó para que H.Bogar al fin recogiera su merecidísimo Oscar en La reina de África (1951).

Particularmente, hay un momento maravilloso cuando Violet pega un rapidísimo y casi desapercibido latigazo a su horrible sobrino (caracterizado por Gary Raymond), quien acude a la casa para sacar algo de la herencia, especialmente los mejores trajes de Sebastian. Y es que, entre tanta estrella, Mankiewicz debió agradecer a dos injustamente llamados secundarios, Mercedes McCambridge y Albert Dekker, quienes aportan una pausa muy necesaria entre tantos protagonistas desbordantes y cuyo hilo dramático podría ser agotador sin oportunas pausas, incluso con un tinte humorístico en ocasiones.

Trabajo en equipo, en no pocas ocasiones a disgusto, pero que sigue haciendo a generaciones de espectadores acudir a esta psicodélica experiencia estival, planteando de forma deslenguada algunos de los temas prohibidos de su tiempo.

Y es que no debemos olvidar que los lobos rara vez cazan solos, los más astutos suelen precisar de la colaboración de la jauría… e incluso algún jugoso cebo para que sus desventuradas ovejas se sientan cazadoras antes de caer en la trampa.

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