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Un Landa-Bardem juntos en un viaje iniciático

Por Enrique Fernández Lópiz

Juan (Landa) es un currante, empleado en un taller de Madrid. Todo su interés en la vida se centra, en su ingenuidad, en pasarlo bien, ganar dinero y sobre todo conquistar a cuanta sueca o extranjera en general se le ponga por delante, atendiendo la leyenda del liberalismo sexual foráneo. En la víspera de un puente estival, Juan se ve sin ningún plan, debido a que sus amigos y su novia le han dejado tirado en el último momento. Esta situación le produce gran frustración y en principio no sabe cómo reaccionar ni qué hacer con los esperados días libres. Finalmente y decidido a disfrutar los días de fiesta, emprende un viaje a Torremolinos a lomos de su vieja moto.

Pero la realidad y lo que se cuece en el film El puente, es un auténtico viaje iniciático a lomos de su Montesa Impala, moto de la época a la que Juan llama “Poderosa”. En este viaje, como se irá viendo, quien sale de la ciudad a la costa es un hombre alienado y con una conciencia obtusa y vendida al sexo y a su moto, adornada como un quiosco de feria. En el camino conocerá una galería de personajes y cada a uno a su manera le harán ver la vida de forma diferente, hasta el punto de cambiar su actitud egoísta y poco comprometida con ninguna causa. Se encuentra así con la mujer de un preso de ETA; con una compañía teatral que representa obras subversivas, motivo por lo que pasará una noche en la cárcel; con una furgoneta llena de hippies, marihuana y el amor libre; con unos paisanos emigrantes de su mismo pueblo con aires de grandeza; y en Andalucía, con los trabajadores del campo y su difícil situación. De todos ellos aprende Juan y éste se va enriqueciendo social y personalmente de manera progresiva. De esta guisa, quien retorne a Madrid tras el viaje, será un hombre nuevo. La experiencia del camino lo ha transformado en un espíritu libre y crítico, con conciencia social y política. O sea, Juan pasará de ser un individuo cuyos únicos intereses eran las mujeres y el regocijo, para en un largo e intenso trayecto en dirección a Torremolinos, icono turístico y del glamour y abundancia a todo nivel, producirse dentro de él y a través de las situaciones diversas y los personajes variopintos que encuentra, una enorme y sustancial variación en su manera de ser.

Bardem, aunque no tuvo la suerte de otros (v.g. Berlanga) por su filiación comunista, era un director muy comprometido con las causas sociales y humanas que consiguió hacer películas de reconocido prestigio internacional como: Esa pareja feliz, 1951; Bienvenido Mister Marshall, 1952; Muerte de un ciclista, 1955; o por mencionar una cuarta, Calle Mayor, 1956. Pues bien, en aquel 1977 Juan Antonio Bardem dirige esta que es otra de sus películas de culto, en medio de la transición española y tras la muerte der Franco, una época rica y ebullescente. En ella Bardem radiografía ese tándem moto-Juan, la moto al modo de un Rocinante mecánico y a Juan-Landa-Quijote ¡Qué intuición y sensibilidad la de Bardem al elegir a Alfredo Landa!, un actor que había hecho papeles de machote, emigrante en Alemania, papeles llorones incluso y sobre todo, muy dentro de lo que vino a significar el españolito de los 25 años de paz con Franco. O sea, el obrero que entonces, ganando algo más de dinerito, podía permitirse entrar en el precario consumo de los sesenta: Seat 600, televisor, algunos electrodomésticos e incluso unos días en la playa con la familia.

En este caso, Juan es un soltero que se va a Málaga, a la tierra de Girón, Hiniesta Cano y otros franquistas de pro. Y en este encuadre, Bardem construye una muy interesante bildungsroman (novela de aprendizaje) o road-movie ibérica, en la que por fin Alfredo Landa abandona el “landismo” y queda ya reconvertido el resto de su carrera en el actor de primera línea que fue. Puede recordar, marcando las diferencias, claro, a la cinta americana de Dennis Hopper, Easy Rider (1969).

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Es genial el rocambolesco pero bien trabado guión del propio Juan Antonio Bardem junto a Javier Palmero y Daniel Sueiro, inspirándose libremente en relatos del periodista y escritor gallego Sueiro. Estupenda música de José Nieto y gran fotografía de José Luis Alcaine.

El reparto es un lujo para la época. El primero es un Alfredo Landa extraordinario que sabe adaptarse a los cambios que en él se van produciendo a lo largo de la historia con una facilidad camaleónica y enorme vis dramática y humorística, que es como para asombrarse. Como dice mi compañero Fran Ocaña: Como ya demostró después, realmente culpa suya no era. […] Más bien fue el periodo que vivió nuestro cine durante los últimos años del franquismo y los primeros de la transición […] el denominado “landismo” imperaba en nuestras salas. […] El puente fue el reinicio de su espléndida carrera. Después, era de esperar, llegaron grandes interpretaciones (´El Crack´, ´El río que nos lleva´, ´Canción de cuna´,…) y numerosos premios entre los que destacan el de mejor actor en Cannes por ´Los Santos Inocentes´ (compartido con Paco Rabal) y dos Goyas gracias a ´El bosque animado´ y ´La marrana´”. Es decir, esta fue la gran película que reveló y sacó a la luz toda la grandeza de ese actorazo que fue Don Alfredo Landa. Landa llena la pantalla y consigue dar veracidad y naturalidad a soliloquios que en boca de otro hubieran colapsado la narración. Por lo demás, el resto de actores y actrices están igualmente estupendos y forman un grupo de secundarios de enorme nivel: Mara Vila, Migue Ángel Aristu, Julián Navarro, Eduardo Bea, José Yepes, Pilar Bardem (impactante y desgarradora Pilar en las inmediaciones del penal de Ocaña, en el cual tiene al hijo encarcelado), Manuel Alexandre, Antonio Gamero, Álvaro de Luna, Concha Leza, Antonio Gonzalo, Rafael Vaquero, Jesús Enguita, Simón Andreu (en su sempiterno papel de bon vivant adinerado y aburrido viviendo al límite), Antonio Orengo, Victoria Abril (jovencísima en su breve aparición), Fernando Sánchez Polack y Pilar Muñoz. Un equipo conjuntado y en perfecta armonía cada cual con esta historia que tiene muchos registros.

De manera que en esta película Bardem narra magistralmente un viaje en el que el pobre Juan, mecánico aturdido por el ruido del consumo, el macherío y el sexo, logra encontrar una conciencia social. Una película que en su época fue un crack, pues era una obra comprometida políticamente, lo cual que por aquellos entonces colocarse del lado de los demócratas y contra los afines al régimen, era casi una obligación e incluso como una experiencia político-mística. Recuerdo muy bien el asombro que produjo ver al pobre Landa, que por aquellos entonces encarnaba papeles insustanciales (sin duda era el “macho ibérico” del cine español), cómo sufría esa caída del caballo a lo Pablo de Tarso para para pasar a convertirse en un hombre que puede “comprender” (en un sentido diltheyano), o sea, el personaje puede penetrar con el corazón y el pensamiento en la necesidad de los que le rodean y entender la injusticia que se vivía en su propio entorno laboral; el “hombre entero” de Dilthey, tanto desde un punto de vista psicológico, como histórico y social, como ser que comparte y como individuo que tiene necesidades, pensamientos y sentimientos en toda su amplitud.

Hoy más que nunca, esta película tiene su validez y su mensaje certero, amén de mantener la calidad como obra cinematográfica que ha sabido envejecer bien. Una vez más Bardem demostró ser un gran director comprometido con su época, un director con gran valor humano. Y en su película, un viaje a través de la España de los años setenta, un individuo banal que acaba encontrando un mundo paralelo al suyo, mucho más rico, legítimo y generoso.

La famosa escena del entierro: https://www.youtube.com/watch?v=UKy_hh1z3ws.

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