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Un gran espectáculo y una ‘rara avis’ en la historia del western

Por Enrique Fernández Lópiz

La leyenda de la ciudad sin nombre es una película norteamericana de 1969, dirigida por Joshua Logan (fue su último film) e interpretada en sus papeles principales por Lee Marvin, Clint Eastwood, Jean Seberg, Harve Presnell, Ray Walston y Tom Ligon. El guion es una adaptación de Paddy Chayefsky y Alan Jay Lerner del famoso musical de 1951, Paint your wagon, de los autores Alan Jay Lerner y Frederick Loewe.

La película comienza cuando una carreta cae por un barranco, destrozándose en su caída. Un hombre, un buscador de oro, Ben Rumson (Lee Marvin), acude presto a socorrer a dos hombres que iban en la carreta y que yacen junto a los restos de la misma. Uno de ellos está muerto y el otro malherido (Eastwood). Hasta aquí todo apunta a un western tradicional; pero lo que resulta es que cuando Rumson está oficiando el entierro del difunto, entre la tierra de la sepultura aparece oro. A partir de aquí, la cosa da un giro espectacular y un hombre grita: ¡Oro!, a lo que otro responde: ¡Amén! Enseguida el western deja de ser convencional y lo que sigue es una comedia musical que se centra en unos hombres que de colonos pasarán a convertirse en buscadores de oro, y en la historia de amor de una hermosa mujer (una preciosa Jean Seberg) que comparte su vida con dos hombres a la vez. O sea, el granjero de Michigan y el buscador de oro, una vez asociados y en plena fiebre del oro en California, compran y comparten esposa, se apoderan de un teatro, secuestran a seis prostitutas y convierten su campamento minero en una auténtica ciudad, horadada, eso sí, por tanta subterránea mina.

Entre sus méritos están: Galardonada con el premio Fotogramas de Plata de 1970 al mejor intérprete de cine extranjero (Lee Marvin). Y en 1969 nominada al Oscar: mejor banda sonora (Comedia o Musical); Globos de Oro: Nominada Mejor película comedia musical y actor (Lee Marvin).

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Lee Marvin realiza aquí la que posiblemente sea su mejor interpretación en el campo de la comedia, y además muestra sus dotes como cantante, interpretando un par de temas, uno de ellos, Wand’rin star que fue un gran éxito popular en la época y sin exagerar una de las baladas más populares de la historia del cine. En cuanto a Clint Eastwood, interpreta un papel sorprendente, pues no es de duro, sino todo lo contrario: hombre conciliador y pacífico; y además, se ejercita igualmente en la faceta de cantante en el musical. Mientras Ben Rumson (Lee Marvin) es un hombre que está de vuelta de todo, al que le encantan el whisky y las mujeres, pendenciero, y cuya única preocupación es acumular oro y vivir la vida lo mejor que pueda. Su Socio (Clint Eastwood) es un hombre tranquilo, un chico bueno que espera poder vivir algún día plácidamente junto a la mujer que ama. Su lealtad a Rumson, que fue quien le salvó la vida, está por encima de todo.

La película cuenta el origen, auge y declive de una ciudad donde sus ciudadanos dictan sus propias leyes y normas. Bajo el amparo de la fortuna en forma de oro, fundan una comunidad en la que se echa en falta la presencia de mujeres. En una de esas, llega a la ciudad un mormón casado con dos mujeres y cargado de deudas, y decide vender una de ellas al mejor postor, que resulta ser el borrachín Ben Rumson. Este acontecimiento hará que Ben se convierta en un celoso marido, pues tiene la única mujer del pueblo; lo cual que secuestrará una diligencia con varias prostitutas para llenar este vacío. En este punto de la historia de la ciudad deja de ser propiedad de mineros, y emergen edificios y hoteles, prostíbulos y «saloons», lo que acarreará el vicio, la lujuria, el juego y los excesos en general. A partir de aquí “La ciudad sin nombre” será un hecho.

Un punto fuerte del film es la música, claro. La dirección musical corre a cargo de Nelson Riddle y los números musicales son gratos y entretenidos, y no enlentecen demasiado la trama argumental. Entre las canciones, aparte de la ya citada Wand’rin’ star, destaca They call the wind Maria, Talk to the trees, Best things y Gold fever. Hay una secuencia singular en la que Ben (Lee Marvin) transita bajo la lluvia las embarradas calles de “No Name City”, solitario, taciturno, mientras su voz grave resquebrajada por el whisky canta perezosamente un tema mítico. I was born under a wandering star: el lamento del último hombre libre.

En resumen, creo que se trata de una comedia musical cargada de humor con dos hombres de personalidades muy diferentes que, empero, entablan una extraña amistad y logran construirse una vida a su medida.

De otro lado, la historia, o sea el guión, nos habla de los aspectos más discordantes de una sociedad machista y severa, y viene a decir que este modelo no es la única opción para que funcione un pueblo (cuestiones de moralidad para su época escandalosas, tratadas con total normalidad). Y es que en “La ciudad sin nombre” todos son vagos, maleantes y buscavidas, y son también los propios y dudosos parroquianos quienes van construyendo sus propias normas y leyes sobre la marcha: la poligamia es tolerada siempre que los miembros del matrimonio estén de acuerdo, las peleas pueden ser una vía para arreglar diferencias en sustitución de juicios, etc. Y a este humorístico caos, le unimos un buen ritmo en la narración, unos personajes cordiales, unos decorados extraordinarios y muchas canciones que alegran la historia. Desde mi modo de ver, es una película de todo punto recomendable, un clásico del cine, un espectáculo audiovisual de gran envergadura, y una ‘rara avis’ en la historia del western.

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