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Un futurible inquietante

Por Enrique Fernández Lópiz

En El mensajero del miedo (2004), el comandante Bennett Marco (Denzel Washington), recorre el país por escuelas y otras instituciones, dando charlas en las que refiere la emboscada que sufrió su pelotón en el desierto Kuwait, en la operación llamada Tormenta del desierto. Refiere el heroísmo del sargento Raymond Shaw (Liev Schreiber) en dicha operación, pues los salvó a todos, lo cual le valió la Medalla de Honor. Pero ocurre que Marco tiene pesadillas recurrentes que le hacen poner en duda el heroísmo del sargento. A todo esto, Shaw es empujado por su absorbente madre, la controvertida senadora Eleanor Prentiss (Merryl Streep), para que se presente a candidato a la vicepresidencia de los EE.UU. Pero Marco empieza a preguntarse si los dos soldados que murieron en el fuego cruzado no sufrieron una suerte más oscura de la que indican los expedientes oficiales, y si Shaw es realmente el glorioso héroe al que todos aclaman. Las sospechas y dudas de Marco crecen y decide emprender una investigación, no exenta de obstáculos, para averiguar la verdad, antes de que Shaw llegue a la Casa Blanca. Pero el ejército empieza a cuestionar la cordura de Marco y la seguridad alrededor de Shaw es cada vez mayor.

El director de El silencio de los corderos, 1991, Jonathan Demme, dirige con mucho oficio este remake del film de igual título, de 1962, dirigida por John Frankenheimer y que protagonizaron Frank Sinatra, Laurence Harvey, Angela Lansbury y Janet Leigh, un interesante film por cierto. En aquella obra, la historia versaba sobre un veterano de la guerra de Corea (la de ahora está ambientada en la contienda iraquí de 1991), que sufre aparentemente de paranoia. Esta película de intriga política que ahora comento actualiza sus premisas en un contexto bien diferente a la guerra fría de la anterior película de Frankenheimer. Como apunta Rodríguez que: Demme ha puesto al día la tenebrosa película de Frankenheimer [...] intriga plena de interés y actualidad, aunque haya que seguirla un poco a tirones y con las orejas tiesas debido a la complejidad de la trama y lo ensortijado de las acciones, los tiempos y los espacios.”

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Esta película fue bien acogida en los EE.UU., una obra que a pesar de sus defectos es una película entretenida. Demme indaga con sus imágenes en el proceso emocional que afecta a los caracteres de los protagonistas, atrapados en situaciones tensas y obsesivas, como es el caso de Denzel Washington.

Tiene un guión aceptable de Daniel Pyne y Dean Georgaris (remake como decía de la película de George Axelroad, adaptación de la novela de Richard Condon, The Manchurian Candidate, 1959). El guión no está mal, pero no evita algunos huecos y elementos gratuitos que habría podido eliminar. Pero tiene de bueno que la historia bucea con firmeza en la psique y la íntima tragedia de unos personajes enredados en cuitas políticas acompañadas de las inseparables ansias de poder, conspiraciones varias, intereses corporativos, manipulación, etc., todo ello desde un clima paranoico y una perspectiva mordaz en su propuesta. Buena música de Rachel Portman; y gran fotografía y destreza visual de Tak Fujimoto.

El reparto es de lujo, destacando Denzel Washington (excelente), Merryl Streep (bien, pero sobreactúa), Liev Schreiber (magnífico), Anthony Mackie (bien), Jon Voight (un icono en toda regla), y acompañan con gran profesionalidad Bruno Ganz, Kimbderly Elise, Jeffrey Wright, Ted Levine, Miguel Ferrer, Vera Farmiga, David Keeley, Sakina Jaffrey, KRS-One, Adam LeFevre y Bill Irwin. Nada que reprochar al coro actoral y a sus tres protagonistas principales, quitando tal vez cierta algún exceso de la Streep. Creo que hay que indicar que el director Demme tiene una gran habilidad como director de intérpretes, o sea, que logra aprovechar muy bien las competencias de sus actores y actrices, profundizando, cuando así el guión lo permite, en sus sensibilidades.

La película tiene sus buenas maneras, su capacidad para crear una atmósfera tensa y conspiramoica. Alguno quiere ver en la peli el oportunismo de la época contra la guerra en el Oriente medio y la política exterior del momento: más que probable. Además, este thriller psicológico que en ocasiones resulta perturbador, avisa del poder de las multinacionales y del dinero en la política del país. Incluso Demme perfila a las claras la figura de un presidente títere en manos de las grandes corporaciones. Este control de los intereses económicos sobre la política, con chips incluidos y otros recursos que se asemejan más a la ciencia ficción, no quita para que la trama sea tratada desde un punto de vista preocupantemente real y angustioso. Demme avisa de que la ficción puede ser una realidad si continuamos haciendo oídos sordos y permitiendo que las cosas sigan sin cambiar a cambio de una supuesta mayor estabilidad, seguridad, comodidad, mientras se disparan cualidades y valores que no son los que tienen que primar en una genuina democracia: ¡cierto!

En este sentido, el film tiene alguna escena realmente demoledora en lo que apunto, cuando “ellos” (los poderes fácticos), sin ningún pudor y con toda naturalidad, taladran la cabeza al presidente para introducirle el chip que les permita manejarlo a su antojo ¡Pues vaya inquietud nada más pensarlo!

Aunque la película no es redonda, con un penoso final por cierto, pese a esto, digo, el film resulta interesante, lo que se une a cierto compromiso de denuncia y protesta que encabezan diferentes colectivos, mayormente la clase intelectual y artística norteamericana.

En resumen, la fuerza de un material sensacional, unido a unas interpretaciones sólidas, una dirección bastante buena y a su asombrosa significación política, hacen de El mensajero del miedo un entretenimiento inteligente y una de las películas punteras en la filmografía de Jonathan Demme.

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