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Un film poético que hiere el alma

Por Enrique Fernández Lópiz

Corre el año 2012 y la ciudad de Tombuctú en Mali, ha caído en manos de extremistas religiosos islámicos. El personaje del film, Kidane, vive plácidamente en la zona de las dunas con su familia: su mujer Satima, su hija Toya e Issam, que es un niño pastor de 12 años que han adoptado y cuida de las ocho vacas que tiene la familia. Lo malo es que en la ciudad, los habitantes padecen en sus carnes el terrible régimen impuesto por los yihadistas, que prohíben prácticamente todo y de la manera más caprichosa: escuchar música, reír, bailar, fumar o incluso jugar al fútbol. Las mujeres han necesitado hacerse lo menos visibles posible para sobrevivir dignamente a las crudas contravenciones y sanciones de los radicales. No pasa un día sin que los arbitrarios tribunales islamistas improvisados, lancen sentencias absurdas y a la vez funestas. En Tombuctú reina el desconcierto, lo cual que en principio no afecta Kidane. Hasta que un lamentable día, accidentalmente mata a Amadou, un pescador que a su vez ha matado a su vaca preferida. Por su acción, deberá enfrentarse a las leyes que imponen los actuales ocupantes extranjeros.

La película Timbuktu (Le chagrin des oiseaux) parte de un suceso real, acontecido en Mali, para abordar a través de él uno de los grandes conflictos geopolíticos en el mundo de hoy. En 2012, una pareja fue lapidada a manos de los islamistas en Aguelhok, al norte del país, por no estar casados. Ello constituía un grave delito contra la ley religiosa. A partir de esta historia, Sissako reproduce la vida diaria en un pueblo cercano a la ciudad santa de Tombuctú, gobernada de forma estricta según la charía.

Timbuktu tiene la rara cualidad de hacer sencillo lo esencial y supremo, de hacer simple lo complejo. Puede recordar al neorrealismo italiano, e incluso cierto cine equivalente español, pues es emocionante en su simplicidad. Y es emocionante, sobre todo porque como ahora diré, la película refleja a las claras cómo la muerte la dicta la religión, algo espeluznante.

Película mauritana, coproducida por Mauritania-Francia; Armada Films / Les Films du Worso / Dune Vision. Una obra dirigida con maestría singular por un multipremiado Abderrahmane Sissako, quien junto a Kessen Tall escribió también el guión del film, un guión de excelencia, muy bien trabado y lleno de dramatismo y dolor, en clase cuasi documental. Una maravillosa música de Amin Bouhafa con una emotiva canción, Timbuctú Fasso de Fatoumata Diawara y Amine Bouhafa. Preciosa fotografía de Sofian El Fani.

En el reparto destacan Abel Jafri, Hichem Yacoubi, Kettly Noël y Pino Desperado, y junto a ellos actores secundarios como Ibrahim Ahmed, Layla Walet Mohamed, Mehdi A.G. Mohamed, Fatoumata Diawara, Adel Mahmoud Cherif, Salem Dendou, Mamby Kamissoko, Yoro Diakité, Cheik A.G. Emakni, Zikra Oualet Moussa y Weli Cleib. Todos en su sitio y en plena conjunción, a pesar de que más de uno son amateur.

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Se trata de un drama basado en hechos reales, un biopic, que en 2014 tuvo los siguientes premios y nominaciones: Premios Oscar: Nominada a Mejor película de habla no inglesa. 7 Premios César: incluidos el de Mejor Largometraje, Mejor Director y Mejor Guion original, y 8 nominaciones más. En el Teatro de Chate, Sissako subió al escenario hasta en tres ocasiones y dijo cosas como: Francia es un país magnífico, porque es capaz de levantarse contra el horror, la violencia y el oscurantismo”, afirmó Sissako al recibir el César a la mejor realización. “Quiero decir que no hay un choque de civilizaciones. No existe tal cosa. Lo que hay es un encuentro de civilizaciones. Y continúo: Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes a concurso. Festival de Chicago: Mejor director. Satellite Awards: Nominada a Mejor película de habla no inglesa.

La película está construida sobre una fuerte carga emocional, dado que no se trata de una ficción, sino de un relato sobre hechos verídicos, que Sissako sabe exponer con grandes cargas de profundidad. Con ello, Sissako se confirma como una gran humanista, al construir este drama genialmente rodado que empatiza con el público que presencia las escenas de crueldad e injusticia de los improvisados gobernantes yihadistas. Como escribe Martínez: …el director no pretende demonizar ni discutir las virtudes o defectos de credo alguno. ‘Timbuktu’ es un canto apasionado, divertido y a la vez triste a favor del respeto, del respeto ilustrado y profundamente humano (o humanista) al hombre. Al hombre solo.”

Es una inconmovible y silenciosa, si se quiere, exploración de la vida bajo el islamismo radical. Muchos líderes de países musulmanes tendrían que ver el film. No sea que como dijera Jacobo Levy Moreno, el fundador del psicodrama y precursor de la idea del “diván llevado a la escena”, no sea, digo, que se den cuenta de las aberraciones de este tipo de regímenes, toda vez lo vean con sus propios ojos en la pantalla, y puedan tomar insight, o sea que se les ilumine la mente, sobre sus propias barbaridades. Difícil, pero es una sugerencia que no hay que descartar. Aunque mucho me temo que el fanatismo tiene difícil cura.

Son llamativas, ante la prohibición de jugar al fútbol, ver cómo niños y jóvenes organizan un partido de fútbol en toda regla, con árbitro y todo, pero sin balón. La verdad, resultan escalofriante esas escenas. Pero no sólo esas, también la lapidación por adulterio, los latigazos meramente por cantar, o la final ejecución de un hombre honesto que por un error fortuito ha matado a un cabroncete pescador, con la mala fortuna de que en su ajusticiamiento también asesinan a su esposa.

Este film no está contado por la propaganda occidental, sino que está dirigido por el mauritano Abderrahmane Sissako, que sabe de lo que habla. Y como escribe Boyero, nada dudoso de sectarismo: “Timbuktu es el retrato más escalofriante y con sensación de veracidad que he visto sobre el yihadismo; las imágenes y la atmósfera son de primera clase, condición indispensable para que cualquier historia merezca ser contada.”

Y es que esta película con mayúsculas habla de una humillación cotidiana, tal es la imposición de normas y principios de corte kafkiano en el nombre de Dios, como que las mujeres usen guantes y calcetines, la cara totalmente tapada, la prohibición de fumar, cantar, hacer deporte, escuchar música, etc.; en fin, asuntos que cualquiera de nosotros juzgaríamos bárbaros y brutales. Así y todo, el director sabe imprimir cierto tono poético al film. Como escribe acertadamente Oti: …la ficción de Sissako consigue traducir la brutal incongruencia en cierto tono lírico en escenas como la del partido de fútbol que los chiquillos juegan sin balón, o la hermosa canción que suena nocturnamente en el pueblo mientras que los embozados y fanáticos vigilantes husmean por las esquinas.”

Sissako es una especie de “embajador de la realidad”, que analiza con verismo lo que aconteció en Tombuctú y alrededores, y que puede hablar con un gran poder de observación y un realismo doloroso de lo que allí ocurrió. Pero también utiliza la elipsis de manera inteligente, sobre todo cuando relata determinadas salvajadas, de entre este listado de ignominias impuestas. Ocurre esto cuando ha de desentrañar la realidad dramática de una familia de tuaregs condenados a muerte, lo cual que acepta la víctima, desde una especie de determinismo oriental que elude los gestos enfáticos, ni la protesta, ni el alegato en su defensa. Dramático, realmente.

Esto no es Statham ni Lian Neeson en todo su fervor violento. Aquí la violencia parte de las mismas entrañas de sus personajes. Por eso el film es otra cosa; es una obra de denuncia contra los extremismos y el delirio, contada por un musulmán, un islamista rebelde que conoce el nódulo de su religión, una película contra la intolerancia y la barbarie de sangre gratuita en nombre de Dios ¿Habrá mayor extravío que eso? Sissako no es que se ponga a reflexionar sobre el fanatismo islámico, sino que lo retrata en su versión más palurda, tosca y brutal.

Si quieres puedes ver un avance aquí.

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