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Un festival de cosas extraordinarias

Por Natxo Iraceburu

Es muy sencillo, 12 años de esclavitud es una obra maestra extraordinaria. Con ella Steve McQueen se consolida como uno de los mejores directores contemporáneos después del gran debut de Hunger y de la turbadora y estupenda Shame. Aun más, con su tercera película McQueen, a mi juicio, ha sido capaz de filmar un tipo de obra de esas que empequeñecen a otras grandes películas por su capacidad de arrastrar al espectador a una experiencia insustituible de inmersión en un relato intelectualmente sublime y de un alcance moral tal que nos sitúa directamente frente a las más graves cuestiones que nos atañen como seres abrumados por los absurdos de la existencia, empezando por el de la existencia misma. Y eso es lo que ha pasado este año de estupendos films como Gravity, Prisoners o Blue Jasmine. La increíble odisea personal de Solomon Northup contada por McQueen claramente juega en otra liga y hay que remontarse a otra película monumental con la que comparte estructura, hondura y excepcionalidad cinematográfica; esa, digamos, melliza de holocausto, es, por supuesto, El pianista de Polanski. El descenso desde la existencia instalada en la dignidad humana hasta el infierno más abyecto, cruel e incomprensible a través de dos historias verídicas de inverosímil supervivencia contadas con una desarmante honestidad artística y con la máxima maestría narrativa. Más incomprensible el genocidio Nazi que el esclavismo del siglo XIX desde una perspectiva histórica claro, pero en definitiva ambos sucesos se engloban en el vergonzoso hecho de que en nuestras sociedades un colectivo haya sido capaz de matar, sojuzgar, torturar y arruinar moralmente a millones de congéneres por cuestiones raciales.

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12 años de esclavitud… Debajo de un aspecto que puede despistar a primera vista, película de esclavos, las plantaciones de algodón, las canciones, las resonancias Faulkerianas que se respiran en ese ambiente sureño, los terratenientes, las mansiones… emerge una película que no se apoya en ningún cliché previo de todo ese tipo de cine y que expone el salvajismo y la locura de la esclavitud con una mirada libre de las ataduras de los convencionalismos del género; moderna en el sentido de descarnada, demoledoramente auténtica como consecuencia de la ausencia de cualquier tipo de manipulación emocional, de cualquier artimaña narrativa destinada a tocarnos la fibra. No hay nada de esto. Por eso mismo nos impacta y nos deja tocados, por la integridad y la honestidad que hay detrás de las cámaras. McQueen complementa ese tono implacable y duro con una puesta en escena y un diseño de producción impecables y con la preciosa fotografía en 35 mm de Sean Bobbit. Una película reconocible como género pero que transmite la sensación de descubrimiento de aquello que nos cuenta; una película terrible pero hermosa, jalonada de secuencias memorables y de un festival interpretativo general (Giamatti, Dano, Paulson…) con Ejiofor y Fassbender en dos papeles para la posteridad.

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Comentarios

  1. Jorge Valle

    A mí también me encantó. Brutal a la vez que hermosa. No sé si tanto como para considerarla una obra maestra, el tiempo lo dirá.

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