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Un excelente drama onírico, un cuento de terror

Por Enrique Fernández Lópiz

Al principio de la película, una mujer mayor le lee a unos niños bajo un cielo estrellado lo siguiente: Desconfiad de los falsos profetas que se cubren con pieles de cordero pero que en su interior son fieros como lobos. Por sus frutos los conoceréis”. Con esta dura advertencia comienza una película perturbadora y fascinante que habla sobre el mal, y también de los miedos y pesadillas infantiles: La noche del cazador.

Ben Harper es un asesino que tras atracar y asesinar a dos personas vuelve a su casa donde confía a sus hijos el botín de diez mil dólares que acaba de obtener de su fechoría. Una vez en la cárcel y antes de ser ejecutado, comparte celda con un extraño personaje de nombre Harry Powell (Robert Mitchum), quien se entera del asunto del dinero a través de un sueño que tiene el reo en voz alta. Una vez en libertad, Powell va al pueblo de Harper con la idea de hacerse con el botín. Powell es un insólito personaje, mitad psicópata mitad predicador. El personaje está genialmente interpretado por Robert Mitchum, un hombre que no repara en nada para conseguir su objetivo: se familiariza con la gente del pueblo, corteja y enamora a la viuda del convicto ejecutado (interpretación también magistral de Shelley Winters) y acaba enamorando a la frágil, incauta y desesperada viuda. Se casa con ella e inicia una borrascosa relación con su esposa y con los dos hijos pequeños de ella, para que le digan dónde se encuentra el dinero que les dejó su padre. La madre, ya a la sazón Sra. Powell, aparecerá ahogada en el río con los cabellos flotando.

Por cierto, la pareja de hermanos apenas aparecen al cuidado de su madre, más preocupada por satisfacer sus ansias como esposa y por purgarse personalmente. Quien adopta la figura maternal y paternal es el hermano mayor, hasta que aparece la salvadora señora Cooper; e igual es llamativo cómo se comporta la niña pequeña con la muñeca que custodia el dinero, al margen de su contenido. Recuerda a esos peluches u objetos diversos que los niños adoptan a modo de tranquilizadores en los momentos de angustia, que el psicoanalista Donald Winnicott acertadamente denominó “objetos transicionales”, como objetos que median entre el niño y la madre constituyendo un baluarte de esperanza y el origen de las ilusiones infantiles (y adultas), concretamente para la niña protagonista de la historia.

El ansia de Harry Powell por encontrar el dinero le hace iniciar una frenética persecución para atrapar a los niños que han huido, persecución implacable que se precipitará por derroteros inquietantes e inopinados donde los niños deben huir con rapidez y astucia para sobrevivir.

Vi esta película hace apenas unos días y confieso que me sobrecogió; es una obra genialmente dirigida por Charles Laughton cuando contaba 55 años de edad.

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Laughton fue un reputado actor de los años ´30 y´40 debido a su gran versatilidad y solvencia, un actor grande entre los grandes en teatro y cine. El famoso Billy Wilder dijo de él que era el mejor actor con quien nunca había trabajado, que Laughton era el más grande de todos los actores“. Opinión compartida por el enorme actor que fue también James Mason, que lo consideraba un actor rompedor, un actor del método sin sus tonterías”.

Pero Laughton quedó prendado de la novela de David Grubb, The Night of the Hunter, publicada en 1953, novela basada remotamente en hechos reales, de un falso predicador que vaga por los caminos asesinando a mujeres para quedarse después con su dinero. Poco tiempo tardó en trasladar esta historia a la gran pantalla con la ayuda de un genial guión de James Agee basado en la novela. Esta película fue la única que rodaría Laughton y sin embargo no creo errar al decir que estamos ante una inolvidable obra que, aún hoy, es una de las películas más anómalas, perturbadoras y redondas de la historia del cine.

Robert Mitchum es el predicador que sale de entre las sombras y que lleva tatuados en los nudillos de ambas manos las palabras “amor” y “odio”. “Estos dedos, queridos hermanos, están siempre luchando los unos con los otros. El odio de la mano izquierda lucha, y parece que el amor va a perder pero todo cambia, el amor gana. Ha ganado la mano del amor y el odio de la mano izquierda ha quedado fuera de combate”, recita Mitchum en una memorable secuencia. Parece resumir la teoría freudiana sobre los Instintos de Vida (Eros) y los Instintos de Muerte (Thanatos), y la lucha que en la existencia de cada cual juegan estas fuerzas (pulsiones) antagónicas.

Charles Laughton dotó al largometraje de una ambientación singular, jugando con las luces y las sombras de una manera magistral, obra del director de fotografía Stanley Cortez. La película tiene, así, un aire expresionista (al modo de Murnau o Fritz Lang), como si el bien y el mal, la luz y la oscuridad, estuvieran siempre en conflicto, entrelazándose la una con la otra. A tono está la sugerente música de Walter Schumann.

Además de Robert Mitchum y Shelley Winters, en la película aparece Lillian Gish, la famosa estrella del cine mudo, la actriz favorita de otro grande de nombre Griffith (El nacimiento de una nación, 1915; o Intolerancia, 1916, ambas grandes obras del cine mudo). En esta película Gish hace el papel de una mujer que acoge en su casa a los niños huérfanos perdidos, o sea, ella es el lado bueno de la historia.

El film es una rareza en sí mismo: tenso, siniestro, expresionista como he dicho y muy arriesgado. Y aunque la película es considerada de culto y goza de gran prestigio, fue todo un fracaso en su día; tal fue el fracaso de público y de taquilla, que impidió que Laughton dirigiera ningún otro proyecto, a pesar de tener la intención de adaptar Los Desnudos y Los Muertos (The naked and the dead), de Norman Mailer, para desgracia del cine. Pero Laughton ya ha pasado con este exclusivo film, a la historia cinematográfica como realizador de primer orden.

Laughton logra en esta cinta transmitir miedo, filma el miedo, pero no como ahora con personajes sangrientos, efectos especiales o mordiscones en el cuello, sino con una gran creatividad e intriga que hace que parezca un drama onírico, o mejor, toda una pesadilla. En la persecución de los niños, va reparando en detalles turbadores tomados de la propia naturaleza: primerísimos planos de ranas, tortugas, conejos y otros animalitos que sirven a modo de pasivos observadores de la tragedia que se está gestando. Una especie de cuento tipo Hansel y Gretel (recopilado por los hermanos Grimm) donde unos niños abandonados son perseguidos sin piedad por un malvado individuo dispuesto a todo con tal de conseguir su botín. Y esos pobres niños, niño y niña más pequeña, transitan un sendero boscoso de angustia y extenuación. Siempre bajo la implacable sombra del malvado Powell, un asesino de carne y hueso que en la versión dramática del guión encarna la maldad.

Creo que una película sólo perdura si es auténticamente una obra de arte. Esta lo es y ha sobrevivido al paso del tiempo. Con toda justicia, hoy puede ser valorada como una obra maestra. Las razones de que sea así radica en muchas variables que el cine lleva implícitas. Pero si hubiera que resumir yo diría las siguientes: la forma en que la narración se adecua para trasladar la historia a la pantalla; la estética, que en este film es impactante; el tratamiento de las imágenes; la fuerza visual; y el protagonismo absoluto de un actor de primer orden como Robert Mitchum en uno de sus principales papeles en el cine. todo , contribuye también de forma determinante. Y todo esto es lo que hace que esta joya del cine continúe encantando y cautivando a los espectadores.

La reflexión fundamental del film, escrito por el guionista y también afamado crítico de cine James Agee (aunque colaboró el propio Laughton), está llena de referencias bíblicas y algún momento de humor involuntario: es la protección de la infancia en una sociedad adulta marcada por la avaricia y el delirio. Es, por así decirlo, un bello canto a la fortaleza interior de los más inocentes. Por favor, Señor, cuida de ellos”, reza en voz alta el personaje de Lillian Gish al final del film. El viento sopla y la lluvia es fría. Los niños son firmes”. Y de fondo se escuchan sus risas. Por esta vez se han librado de los falsos profetas que se visten de pieles de cordero, esos que esconden un lobo feroz en su interior.

En resolución, un film que asemeja un mal sueño, una horrible pesadilla, una trama perversa con final feliz de cuento de hadas que, en su conjunto, constituye una reliquia del cine de todos los tiempos, un clásico, básico e inigualable.

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