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Un estallido de colores y un lujo para la vista

Por Enrique Fernández Lópiz

Akira Kurosawa es para mí uno de los Directores de cine, con mayúsculas. Uno de los realizadores más grandes que ha habido. Un Director de culto.

Vi la película Ran cuando se estrenó, allá por 1985, y hace poco la visioné de nuevo dejándome el mismo sabor de boca que la primera vez. Ran es como entrar en una pinacoteca y salir preñado de color, de imágenes, de vestuario, de paisaje y de naturaleza.

Esta película fue dirigida con excelencia por Akira Kurosawa, con un guión del propio Kurosawa junto a Hideo Oguni y Masato Ide, e inspirada en el drama de William Shakespeare El Rey Lear. El reparto es brillante, con actores japoneses de primera línea como Tatsuya Nakaday, Akira Terau, Jinpachi Nezu, Pitâ, Mieko Arada, Masayuki Yui, Yoshiko Miyazaki o Daisuque Riü, todos actores y actrices de altura que saben expresar la vena conmovedora de la obra magistralmente, si bien con cierto excesivo tono teatral.

En aquel año de 1986 obtuvo los siguientes premios. 2 premios BAFTA: Película extranjera, Maquillaje. 6 nominaciones. Premios César: Nominada a Mejor película extranjera. Premios David di Donatello: Mejor director extranjero. Oscar: Mejor vestuario. Nominada a Director, Fotografía, Dirección artística. Nominada al Globo de Oro: Mejor película extranjera. Círculo de críticos de Nueva York: Mejor película extranjera. Y creo que aun siendo un gran curriculum, habría podido ser más galardonada, de no ser porque estamos ante una película que no es stricto sensu, un film comercial ni de masas.

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Como es sabido por los amantes de la buena literatura, El rey Lear narra las vicisitudes de un legendario soberano de Bretaña de nombre Lear y sus tres hijas, entre quienes pretende dividir su reino. Esta historia Kurosawa la lleva al Japón medieval del poderoso señor Hidetora, quien decide abdicar y repartir sus dominios entre sus tres hijos (esta vez varones). El menor no está de acuerdo y su padre lo deshereda y envía al exilio junto a su fiel criado. Muy pronto descubrirá que ha cometido un gran error, pues la ambición hará que sus hijos mayores se enfrenten por el poder en una cruenta guerra y lo desatiendan a él, expulsándolo de sus castillos.

La trama, conocida, es desde mi modo de ver interesante sobre todo por la fuerza que Kurosawa le imprime en el film a esta tragedia, y sobre todo por el desbordante fulgor de la fotografía. Las escenas de batallas que enfocan los pies de los caballos y las banderas de cada hijo al viento, son excepcionales. La fotografía de Takao Saito y Masaharu Ueda es maravillosa, no sólo por el colorido y el poder de las imágenes, sino también por los singulares encuadres; una cámara atenta a todos los detalles de esta tragedia egregia. Acompaña a estos impactantes cuadros de la cinematografía, una música sublime de Toru Takemitsu. El vestuario y la ambientación son excelsos. Un lujo para la vista y el oído: ¡puro cine!

Y como mensaje de la obra, podríamos recurrir al dicho: “Quien siembra vientos, recoge tempestades”. Y esa es la vejez del viejo señor Hidetora, quien en el tiempo que gobernó sembró la muerte y el sufrimiento por su desmedida ambición. Todas sus posesiones están manchadas de sangre y ahora, viejo, ciego y abatido, sufre las consecuencias de su malvada vida anterior. De entre los momentos del film, la historia del Hidetora ciego, es auténticamente sobrecogedora; lo cual que no es extraño, dado el potencial dramático de Kurosawa. Y qué decir del papel de la mujer en la película, donde los esposos son meras marionetas de unas codiciosas y violentas esposas.

Ran es un retrato descarnado de la lucha por el poder y la ambición humana, la codicia con independencia de los lazos familiares o la amistad de otras épocas. La vanidad y la perfidia están siempre servidas en el corazón de los personajes, la cuestión es meramente a cuándo y cómo va a salir a flote. Ran, en definitiva, es una enorme tragedia llevada por la sabia mano de Kurosawa en imágenes de museo y con una colosal puesta en escena de guerras, batallas, caballos, banderas multicolores; en fin, todo un maravilloso juego de colorido y fatalidad al servicio del más puro cine grande. Como escribió Martínez: “Lúcida y violenta, con soberbias interpretaciones, deslumbrante montaje y precisión narrativa.

En esta película los paisajes, el viento, las nubes, las patas de los caballos al galope, las banderas blandientes, no son sino una expresión simbólica de las tormentas que se mueven dentro del espíritu de sus personajes. Y todo ello desde una visión plástica única, que incluye el paisaje tras la batalla o las arboledas retorciéndose por el temporal. Ran, compendio de artes (cine, literatura, ópera, poesía, danza, fotografía, coreografía, etc.), sin embargo yo diría a quien lea estas líneas, que a quien le guste la pintura, no puede perderse estos ciento sesenta minutos maravillosos de un cromatismo espectacular.

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