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Un Elvis platense escalofriante

Por Enrique Fernández Lópiz

La historia que narra El último Elvis es sencilla y a la vez encierra su complejidad. Relata la vida de un hombre de cuarenta y pocos años. Carlos Gutiérrez, que es su verdadero nombre, es una persona solitaria, con su madre anciana en un geriátrico, separado y con una pequeña hija de siete años que le quiere y admira y a la que ve poco. Su existencia alterna entre un trabajo de montador en una modesta fábrica argentina de electrodomésticos por el día, y sus actuaciones nocturnas en directo donde imita cantando con excelente y muy parecida voz a su alter ego Elvis Presley. Y quizá no esté bien decir su alter ego, pues su identificación con Elvis es masiva, tanto que él mismo se hace llamar así, viste como Elvis y firma como tal. Su vestuario escénico es idéntico al del último Elvis e incluso se cuida de engordar un tanto para estar tal cual el verdadero Elvis en los finales de su vida, cuando tenía su propia edad. En definitiva, el protagonista es un mitómano entre admirable y patético. Salvo por su arte, Carlos es un hombre ausente y fuera del tiempo y de sí mismo. Y para él la música es no un lenitivo, sino la única manera de felicidad y realización posible.

Hasta aquí, cualquiera hubiera podido hacer una especie de folletín más o menos exitoso. Pero su director, Armando Bo II, ha realizado una película sencilla a la vez que excelente. Lo primero que hizo fue elegir en el casting a un arquitecto y profesor universitario de La Plata (Argentina), lego como actor, pero imitador en la vida real de Elvis (parece que ha abandonado su cátedra tras el film, para dedicarse a cantar en exclusiva a lo Presley en los allí denominados “boliches” y salas de fiesta). Así pues, a cambio de la inexperiencia interpretativa, el protagonista canta realmente de forma magnífica, imitando con soltura y emoción sin par al mítico cantante de rock. Un personaje de carne y hueso con una gran voz, físico fondón y empapado de sudor cuando actúa, o sea, tan repulsivo como atractivo era Elvis. He leído que Darín le dio al Elvis de Bo (John McInerny) algunas clases de interpretación. Y parece ser que le fueron de gran utilidad, pues McInerny, en su papel protagonista, hace un rol dramático muy bueno.

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Ver y oír a McInerny interpretar las canciones de Elvis emociona por varias razones. Primero por la belleza que ya sabemos tienen estas canciones, y en segundo lugar por la preciosa-gran voz del actor, y de manera particular, por el pavoroso contraste que sus actuaciones tienen con los ambientes donde realiza sus conciertos: geriátricos, bares de tercera, alguna boda, bautizos, comuniones o bingos de medio pelo. Magníficas actuaciones musicales absolutamente conmovedoras y que pueden poner la carne de gallina por la total comunión del protagonista con famoso rockero. Como escribe Lerer, la película: “es fascinante en su exploración de un personaje pequeño pero con ambiciones gigantes, de un hombre casi sin identidad y que ha tomado una que le permite evadirse de su realidad”. Y es que para el personaje, creerse Elvis es una obcecación que lleva con total convicción: solamente escucha o mira conciertos del inmortal monarca roquero, su hija se llama Lisa Marie y a su ex mujer la llama Priscilla: ¡qué más!

La cámara sigue con precisión al “nuevo Elvis” a lo largo del film, detallando las modestas condiciones de vida del personaje y sus relaciones singulares con su ex esposa y con su hija, quien por cierto interpreta también de manera excelente su rol. De manera que hay un reparto muy bueno con actores y actrices como Griselda Siciliani, Margarita López, Rocío Rodríguez Presedo, Nora Childers y Corina Romero. Magnífico uso de la steadycam y del cinemascope.

Pero lo que netamente narra el film es la vida de un hombre que se siente su ídolo, que ha sido poseído por él. Individuo con un trastorno disociativo de identidad, un tenue enfoque de la doble imagen que refleja el espejo de la locura. A la vez, un hombre trabajador y honrado en su segunda vida, pero muy sensible, profesional pero demente. Su vida y su destino son Elvis, la vida de Elvis, sus maneras, sus canciones, su forma de moverse y caminar que nunca le abandonan, su estilo, incluso su final: ¡emocionante!

Creo que es una película digna de verse por su sencillez y a la vez por su ternura y el fiel retrato de la vida de un hombre entregado a su sino rockero en el amplio sentido de la palabra. Un drama tierno, natural y conmovedor producido por Iñárritu, con un atractivo guión de Giacobone y Armando Bo II ¡Parece mentira que esta belleza sea una ópera prima! El crítico Javier Ocaña dice y yo comparto que se trata de: “Un escalofriante drama social sobre la mitomanía como cárcel y, al tiempo, como salvación. ‘El último Elvis’ es una conmoción social, mística y musical. (…) Brillante hasta su extraordinario último plano.

Además, Bo no entra al trapo de la compasión y la sordidez para envolver la historia en una rara connivencia. Por el contrario coloca la cámara y la historia tras una visión consonante al protagonista, de manera que el espectador pueda acompañarlo sin incurrir en la necesidad de calificarlo o enjuiciarlo en el transcurso de su delirante viaje de fetichismo y mímesis. Es seguir a un hombre con sus oropeles de espectáculo y enjundia teatral, loco, pero entregado a la causa de su arte y de su público. Dice muy acertadamente Yáñez que “el mayor elogio que podríamos dedicarle a El último Elvis sería incluirlo en esa genealogía de films comprometidos con el oropel y la amarga trastienda del mundo del espectáculo.

En su modesto pero interesante curriculum en 2012 tiene: Festival de Sundance: Sección oficial a concurso largometrajes internacionales. Festival de San Sebastián (Sección Horizontes Latinos): Mejor película. Alguno pensará que no es mucho, pero sí lo es, sobre todo teniendo en cuenta la escasez de medios, que el primer largo de Armando Bo, y la limitada capacidad de distribución y difusión del film.

Y para acabar repito lo mismo que me digo tanto y tanto: ¿Para qué esos presupuestos millonarios de la industria norteamericana? ¿Para qué esos destrozos de autos o tanto efectismo especial si luego un joven argentino con cuatro “mangos” hace una joyita del cine? ¡Talento, eso es lo único que hace falta, talento! Y no todos lo tienen: ¡Felicitaciones, Bo!

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Comentarios

  1. palaciodevillabona.com

    Estoy muy satisfecho de encontrar este blog. Quería daros las gracias por redactar esta maravilla. Sin duda he disfrutando cada pedacito de ella. Os te tengo marcados para ver más cosas nuevas de esta web.

  2. Enrique Fernández Lópiz

    Gracias. Un cordial saludo. EFL

  3. douglas

    Nadie habla de la imagen patética de este personaje que deja la sensación de que Elvis era un ser arruinado y acabado salvo por su voz. Ni en 1977 en Indianápolis antes de su muerte Elvis lucía tan mal como este imitador. No se trata de un maquillaje de película, en la vida real los shows que monta son aún peores. No se puede imitar ni honrar a Elvis siendo pelado, apareciendo en escena en una butaca, excedido de peso en más de 20 kg con respecto al peor momento de Elvis…y decir que no imitás pero te vestís igual. La primera foto de esta página lo dice todo, no hace falta ver más nada. JAMÁS EN LA HISTORIA ELVIS TUVO ESA IMAGEN. Elvis fue un showman que se caracterizó por la estética. Este pseudoimitador la estética la dejó en la otra cuadra.

  4. Enrique Fernández Lópiz

    Amigo Douglas, lo que me importa no es si el pobre hombre en la vida real es obeso, sino la para mí extraordinaria película que sin duda es patética y dramática, y muy bien dirigida por Bo.

    Saludos amigo, no te enojes. Y que sepas que te respondo desde la mismísima Plata, de donde creo que es este imitador de Elvis. Ya ves qué chico es el mundo, pues yo soy español. E.

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