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Un delicioso cuento con drama y relaciones intergeneracionales de fondo

Por Enrique Fernández Lópiz

Sentaro tiene una modesta tienda de comida en Tokio, en la cual el alimento principal es el “dorayakis”, que son unas tortitas rellenas de una salsa hecha con alubias llamada “an”. El negocio no le va muy bien, pues él no es un buen cocinero ni tiene mucha vocación en este tipo de expendería. En esta circunstancia, a la puerta de su establecimiento se oye la llamada tímida de una cordial anciana de nombre Tokue, que ha acudido por un letrero en que se solicita una ayudante. Si bien al principio él no quiere contratarla por la edad, tras probar una muestra culinaria de la anciana, accede a hacerlo pues realmente su salsa “an” es exquisita (https://www.youtube.com/watch?v=Oa9qtLVsnIU).

Efectivamente, la viejita, demuestra que tiene una especial capacidad para cocinar esta salsa dulce que incorpora Sentaro a sus tortitas. El an, esta pasta de judías, sirve como título original al film, que es, entre otras, un cántico a los pequeños placeres de la vida. La receta de Tokue no es meramente cocina, es una receta humanizada y secreta, donde hasta las alubias han de ser tenidas en cuenta como organismos vivos a la hora de cocinarlas de forma rica: Cuántas lluvias y cuantos días de sol habrán visto estas judías”, se pregunta en una escena la anciana protagonista (la directora Kawasase saca punta a su estilo panteísta). A partir del momento en que el an industrial de Sentaro cambia por el que cocina Tokue, el pequeño negocio comienza a prosperar de manera inusitada. Con los días, surgirán problemas ajenos a la anciana y a Sentaro, pues se rumorea que la anciana es leprosa, lo cual fue en tiempos cierto; pero esto no impide que entre ambos se establezca un singular afecto y sus corazones se pongan en contacto. Se convierten, así, en auténticos confidentes muy ligados emocionalmente.

Qué bonita, apacible y cargada de poesía, también de crítica social, es esta película (Una pastelería en Tokio) que dirige soberbiamente Naomi Kawase, una “rara avis” de la actual cinematografía, quien afirmó que: Desde el cine quiero decir que el mundo es bello. Kawase dirige el film con un tono intimista y una exquisita sensibilidad, con temas como la muerte y los vínculos con la naturaleza. Y ya lo creo que lo consigue. Es además la propia Kawase quien escribe el guión, adaptación de la novela de Durian Sukegawa, An (Mermelada de judías), con la que la directora consigue una obra atractiva y cálida que le ha permitido una mejor distribución y proyección comercial que otros trabajos suyos anteriores. Antes de esta obra, Kawase se movía entre el vídeo artístico y el cine documental.

Pero con esta película, la realizadora japonesa construye una historia centrada en la tradición culinaria, como guía y eje que conjuga los valores básicos que deben mantenerse culturalmente. Ello junto con otros mensajes a los que ahora me referiré, que aluden al sentido de perdurabilidad en el tiempo, la visibilidad de los marginados y un genuino canto a la libertad.

La música David Hadjadj es discreta pero importante por cuanto acompaña la historia de forma serena. Y una fotografía de Shigeki Akiyama inquieta y sensible, una cámara apuntando al cielo, a las nubes, a las copas de los árboles, a las flores del cerezo y a toda la amada naturaleza.

En el reparto se lucen todos, desde los protagonistas principales, la estupenda, expresiva, agradable y creíble Kirin Kiki en el rol de la anciana Tokue. Masatoshi Nagase, en una espléndida y comedida actuación como Nagase, humilde regente del negocio de pastelería que vende su producto a las colegialas del lugar (https://www.youtube.com/watch?v=C8DFBrEf9zs). Kyara Uchida, muy bien en el rol de adolescente desvinculada de su familia disfuncional, que acompaña entrañablemente en la historia. Y están espléndidos en entre otros los artistas Etsuko Ichihara y Miki Mizuno.

Entre nominaciones y premios en 2015 tiene. Festival de Cannes: Selección oficial (Un Certain Regard). Festival Internacional de Valladolid – Seminci: Sección oficial.

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La película es, de una parte, la confrontación y oposición entre nuestras fantasías y anhelos, y las resistencias de la realidad, la inminente realidad que no pone fáciles las cosas y coloca barreras de todo tipo antes que se puedan cumplir estos deseos. Pero es también y con gran intensidad, una seria advertencia frente a la posibilidad de perder los elementos genuinos de la cultura, en el caso japonés y como dice Sandonís: … relacionadas con la contemplación de la naturaleza y el vivir consciente en el presente, así como el respeto a los mayores, guardianes de la sabiduría y maestros del sentido del arraigo cultural.

Es hacia la parte final cuando, como dice Sánchez: “… se desata la tragedia, los traumas flotan como flores de loto, los símbolos (el pájaro enjaulado) se hacen evidentes y la película se sumerge en un sentimentalismo de la que muy pocos saldrían bien parados.

Pero el cine de Kawase concluye esperanzadamente, la directora tiene una mirada Zen, sus personajes forman parte de cierto orden natural e intuyen o, mejor, saben, que la trascendencia no está más allá, sino más acá, en esa aceptación serena de la posición que se ocupa en el mundo. Entonces, en esta película, con elementos mínimos como la relación entre un modesto vendedor de dorayakis y la anciana cocinera a la cual da empleo, el film consigue construir un diálogo entre formas de exclusión social diferentes, una por razón de salud y la otra por un pasado penal y la carencia de recursos económicos. Todo ello para montar una historia, como apunta Costa: … con un sensible discurso sobre la posibilidad de construir comunidades afectivas provisionales a fin de combatir la intemperie social y reconstruir la armonía con ese orden natural que siempre es más grande que lo humano.

Y, por lo tanto, de nuevo tenemos una película donde las personas mayores cobran relevancia. En la película, es sustancial el canto a la libertad expresado por la anciana Tokue, que apela y reclama la independencia para ser quien uno quiere ser y no quienes los otros quieren que seas.

En esta obra hay dos paradigmas sobre la pérdida de libertad. De un lado los leprosos, pues la anciana lo es y ha vivido recluida toda la vida por esta enfermedad tan estigmatizada desde tiempos inmemoriales. De otro lado y en otro orden distinto, Nagase ha estado preso varios años por un altercado de juventud. El desarrollo de los personajes y la historia constituyen una apología de lo más sustancial del ser humano, el ansia de libertad. De hecho, sirva como detalle que la vieja mujer deja volar el canario encerrado en la jaula y que le había cedido la muchacha adolescente.

En este punto quiero aclarar algo importante que hace a aclarar mejor el film. En 1953 se promulgó en Japón la llamada Ley de Prevención de la Lepra. Esta ley obligaba a los afectados a vivir de forma confinada en determinados establecimientos, abandonando sus hogares y ciudades. Eran residencias siniestras donde los enfermos eran vigilados estrechamente, eran esterilizados o, si quedaban embarazadas, debían abortar. Esto le había ocurrido a la protagonista Tokue, quien cuenta que fue obligada a abortar, aunque es sabido que la lepra no se hereda. Tampoco tenían libertad estos enfermos para salir sin licencia del confinamiento, en fin, todo un tormento de vida, que era la que vivió la protagonista. Fue en 1960 cuando la OMS advirtió que tales medidas eran innecesarias, lo que no impidió que el gobierno nipón tuviera vigente esta terrible ley hasta 1996, cuando los pacientes eran ya ancianos. Desde ese momento comenzaron a sentirse tratados como humanos, aunque de forma muy dificultosa: era una población ya muy mayor, el estigma, como se ve en la película, aun existe, etc. Como comentó Kawase, la directora: Las personas que sufren lepra han sido tratadas con discriminación y aislamiento en nuestro país. Aún queda gente que sufre esta enfermedad y sigue sufriendo discriminación, pero viven en una postura muy positiva […] Solo el hecho de existir es algo maravilloso. Y todo este drama, es el drama de la protagonista Tokue que había vivido toda su vida en reclusión, privada de libertad y marginada socialmente.

Pero Kawase sabe contar la historia de Tokue, además de con intensidad narrativa, también en un meritorio equilibro melodramático, que sin duda comparte con otros clásicos sobre la marginación o el aislamiento social. Con una tonalidad positiva, pues están presentes otras generaciones diferentes, la del encargado de la pastelería y la joven Wakana, a quienes la mujer mayor dará sabias lecciones de vida, en una exposición bella que habla de la importancia de las relaciones intergeneracionales.

Pero está también el mensaje metafórico de denuncia ante la injusticia y la marginalidad a que son sometidas tantas personas en el mundo (por el VHS, el color de su piel, las creencias religiosas, etc.). En la película son los leprosos y los ex presidiarios. Nada más por esto, esta película merece la pena. Pero también por las otras dimensiones que he apuntado de humanidad, confraternidad, amistad, sensibilidad y la poética presente en cada fotograma.

Yo la recomiendo y mucho, sobre todo para espíritus sensibles que huyen del común denominador de las salas convencionales con continuas proyecciones hollywoodienses. Aquí estamos ante un film delicado, calmo, que sintoniza amorosamente con los cambiantes detalles de la naturaleza, que habla del prójimo entrañablemente, con esa necesidad de perseguir las ilusiones, los sueños, que subraya la importancia de vivir en paz con uno mismo, con el medio entorno y también con los demás. En este sentido son muy aclaratorias las palabras de Bermejo que comparto plenamente, cuando escribe: Un cuento tan delicioso como los dulces que manufacturan y consumen los protagonistas, sobre el que se prolonga la sensibilidad poética de esta cineasta singular, una lección de vida que vuelve sobre la contemplación armoniosa de la naturaleza como espejo de los sentimientos o el equilibrio y la sintonía entre distintas generaciones, obra modesta que crece en el recuerdo y que resume la actitud de la directora en un diálogo de la anciana: ´escuchar las historias que cuentan las cosas´”.

Esta película es una pequeña joya, una cinta a tener en cuenta, un lenguaje cinematográfico bello, un guión y unas imágenes entendibles y meridianas, resultando así, que es fácil entregarse a las dulzuras y aromas de la receta de Kawase. En este mundo de pragmática, de guerras, de corrupción, de insania, ver una película como esta es una inyección de vitamina espiritual directamente en vena ¡Hay que reflotar! Y este tipo de cine lo hace.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=zPqhiAuiYXg.

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