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Un cuento social con moralina

Por Enrique Fernández Lópiz

En Camarote de lujo Aurelio es un joven con apenas lo puesto que abandona su pueblo natal en la Galicia profunda para emigrar a la costa, a la capital. Va a trabajar en una empresa naviera de un familiar que gestiona los viajes de los emigrantes que van a la Argentina sobre todo. El pobre va con su maleta de cartón y el lechal como regalo de atención a su pariente que es quien le contrata. Busca una pensión donde dormir y comer. A los pocos días se va dando cuenta que su pariente y el socio, don Fabián y don Ernesto, se sacan con malas artes unas respetables cantidades de dinero, extorsionando a los pobres emigrantes a quienes expenden los pasajes. Al principio aguanta el malestar de lo que ve hasta que un día, ante una gran injusticia con un pobre hombre, lo ayuda, evita que obtengan dinero con sus papeles y hace posible que finalmente embarque. Esto provoca que sea despedido y expulsado de la pensión por falta de pago. A estas alturas el personaje ya tiene una buena novia y ambos se quieren. Y mes tras mes intenta encontrar trabajo sin éxito, pero no cuenta nada ni a su familia ni a su novia. Es entonces cuando toma la decisión de embarcar como polizón. Pero en este ínterin, la fortuna quiere que Aurelio acabe siendo premiado por sus buenas acciones.

No creo en absoluto razonable catalogar esta cinta como comedia y quien lo hace no atiende a la realidad de la obra. Camarote de lujo es más bien un auténtico drama social. Nada de enredos ni gracias, es la historia de un joven honesto a carta cabal que se está viendo obligado en su modesto trabajo, a tolerar malas acciones, sobre todo con los más desfavorecidos.

En este sentido el muy habilidoso director Rafael Gil, sabe adaptar muy bien la novela del coruñés Wenscelao Fernández-Flores, Luz de luna (1914), que trata el tránsito del mundo rural al mundo urbano, una visión sobre la emigración a América y una forma de denunciar aquella España de los años cincuenta, que era una España de corrupción, amiguismo, intereses inconfesables y caciquismo. Y la verdad, con la ayuda de Fernández-Flores, Gil logra no sólo dirigir sino construir un buen guión que nace de su pluma inteligente, tanto que sorteó la atroz censura de la época.

Espléndida la música Cristóbal Halffter y bien la fotografía de Alfredo Fraile.

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En el reparto tenemos a un gran Antonio Casal como Aurelio, intérprete principal e inolvidable que hace del apocado y timorato pueblerino que ha dejado atrás su gallega aldea natal en busca de un futuro más exitoso. La escena en la que, sin levantar la cabeza, le tiene que negar el pasaje a un pobre hombre honesto porque hay que favorecer a otro hombre cuyo padre ha pagado quince mil pesetas pues se trata de un asesino huido de la justicia, es inolvidable; ese momento marca un punto de inflexión en el film a la modalidad de cine social, pues ahí Aurelio es capaz de rebelarse y negarse a obedecer órdenes profundamente injustas. Hay otra escena en que lucha contra viento y marea, para redimir el mal que ha hecho, bajo la lluvia, magistral. El resto del reparto no desmerece en absoluto con actores y actrices como María Mahor, bien como la amorosa y cándida novia Guadalupe; Manolo Morán, estupendo como músico ambulante sin suerte; Fernando Sancho, muy bien como el alevoso pariente lejano; y acompañando José Marco Davó, Mercedes Muñoz Sampedro, Rafael Bardem, Carmen Esbrí, Erasmo Pascual, Carmen Rodríguez, Juan Vázquez y Nelly Morelli, cada uno en su rol, pero de manera conjuntada y coral.

Se decía en los tiempos de la dictadura aquello de que: “En la época de Franco, el que no roba es porque es manco”. Sí, se robaba, pero por supuesto comparado con lo que se roba hoy, aquello era de risa, una propina, vaya. Pero bueno, eran otros tiempos, ni que decir tiene que robar, extorsionar o meter la mano en la caja siempre ha estado y estará mal. Además, el despotismo de los mandamases próximos al régimen y allegados a falange que no perdían comba, era palmario. O sea, que no desaprovechaban la ocasión. Y en esta película se evidencia esta realidad de la época.

Por lo demás, la película me ha recordado a un serial radiofónico de la época: “El criminal nunca gana”. De manera que los malos no ganan y Aurelio acaba siendo el ganador de la historia. Estamos ante un cuento que tiene un feliz final, un final que es el sueño dorado por cualquiera de todos aquellos que tuvieron que abandonar su patria para buscar una vida mejor allende los mares.

No ignoro que el cine español ha tenido otras películas sociales mucho mejores y más duras. Podemos poner como ejemplo Surcos (1951) de José Antonio Nieves Conde. Y en el exterior no hay que olvidar a Costa-Gavras y su filmografía. Esta película se queda en algo bonito y no tiene la dureza de Surcos u otros filmes más dramáticos y realistas.

O sea, es una película de corte amable, con fe en el hombre, humana, moral y teñida de melancolía y tristeza. Huele a Kapra, y se mantiene fresca en la actualidad, porque aborda cuestiones, sentimientos y experiencias que nunca pasan de moda, porque son elementos constitutivos del ser humano. Por eso el espectador sintoniza con las desgracias de un perdedor, un hombre joven que en su delirio de hambre sueña con copiosos desayunos, tostadas enormes con abundante mermelada y camareros que le sirven. Pero su realidad es bien distinta, naufraga en la pobreza extrema y la dueña de pensión no duda en lanzarlo a la calle de forma despiadada. Pero sigue siendo un idealista, aunque de espíritu débil. Justamente por su alma inocente, por ser en exceso bueno es por lo que pasa las necesidades y carencias que le asolan. Por oponerse a las canalladas de don Fabián y don Ernesto, dos individuos despreciables que extorsionan a la pobre gente.

En este cuento o tragicomedia moral de sonrisa amarga, asistimos a la moralina y en cierto modo toma de conciencia de cómo a cada cual le aguarda en la vida lo que sembró. Final feliz, Aurelio radiante y boda por medio.

Los sueños de Aurelio: https://www.youtube.com/watch?v=pf7R5L_0rEA.

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