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Un clásico del cine español de los cincuenta

Por Enrique Fernández Lópiz

El pisito es una película de la época en que España a duras penas salía del subdesarrollo tras una guerra que fue mala en todo sentido, lo que incluía el aspecto supervivencial de los que quedaron en pie a duras penas y pasando penurias económicas y de todo tipo; también la necesidad de una vivienda, lo que ya en ese entonces empezó a denominarse un piso o ‘pisito’.

En la historia Rodolfo (José Luis López Vázquez) y Petrita (Mary Carrillo) son novios al modo de uno al que llamaban “el domador” que había en mi pueblo, esto es, ya mayorcetes y con más de una docena de añitos de relación, lo cual era una barbaridad para aquellos entonces. La cosa está en que para casarse necesitan un piso y la cosa está pero que muy difícil. Y como el “hambre aguza el ingenio”, a Petrita se le ocurre una gran idea, a la vez que una desesperada y miserable solución: que Rodolfo, su novio, se case con su provecta y deteriorada casera Doña Martina (Concha López) con la que vive realquilado, para que cuando ésta fallezca herede el contrato a bajo precio del el inmueble. De esta guisa, el casero, que está esperando el deceso para poder desalojar la vivienda y derribar el edificio, se quedaría con dos palmos de narices y los novios con ‘pisito’. Al principio Rodolfo se opone frontalmente, pero lo hace cada vez con menos fuerza y poco a poco va cediendo.

Si en El pisito se ve la soberbia dirección de Marco Ferreri (Isidoro Ferry está acreditado como codirector por exigencias legales), hay que decir que esta cinta comparte a partes iguales el mérito en la figura de Rafael Azcona, guionista genial que tiene en su haber, junto a Ferrery obras como El cochecito (1960); Plácido (1961); o, por parte de Azcona, el guión de El verdugo (1963). Éste fue su primer guión, y lo escribe al lado de Ferreri, basado en la novela homónima de Azcona, 1957, que toca problemas que siguen candentes hoy día, sobre todo el del capítulo inmobiliario.

Está muy bien la música dirigida por Federico Contreras que incluye una pieza de jazz compuesta e interpretada por Blue Stars que se superpone a los créditos iniciales, música de organillo y fragmentos de música de baile, como el Danubio azul. La fotografía en blanco y negro de Francisco Sempere, uno de los mejores directores de fotografía de la época, maestro en el retrato de la grisura del franquismo, lo cual que encaja a la perfección con aquel tiempo de post-post guerra del film, donde la gente intentaba asomar la cabeza en una sociedad bicéfala tanto en lo social como en lo ideológico; fotografía realista y de notable valor documental que muestra un Madrid con pocos automóviles, tranvías que llegaban de las afueras y que se cruzaban con rebaños de cabras, anuncios de Avecrem, etc. Todas estas panorámicas ofrecen un nostálgico mural de aquel escenario español de finales de los cincuenta, antes de las transformaciones que se sucederían en los años sesenta con el advenimiento de los gobiernos denominados “tecnócratas” del Opus, que trajeron el desarrollo económico con el turismo y otros avances comerciales e industriales.

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El reparto es sensacional con una Mary Carrillo sobrada de recursos como actriz, creíble y excelente; junto a ella un José Luis López Vázquez que sabe sacar su chispa en cualquier momento, siendo el primer papel protagonista de tan memorable actor de primerísima línea. Acompaña un equipo de lujo donde destacan artistas tan conocidos como Concha López Silva (que hace un papel genial como la anciana Doña Martina), Celia Conde, José Cordero, Ángel Álvarez (superlativo), María Luisa Ponte (magnífica), Andrea Moro o Chus Lampreave (ella misma), todos sobresalientes.

Estamos ante una tragicomedia oscura y tremendista del ‘realismo crítico’, una especie de recitado por todo lo alto en forma de exaltación ácida de aquella sociedad, una obra que inicia con una sonrisa que brota de la escasez y de la pena en toda su plenitud. La acción se sitúa en Madrid y refleja la falta de viviendas en las grandes urbes, agudizado este fenómeno por la importante emigración del ámbito agrario y rural al urbano. La consecuencia de aquel éxodo se reflejó en un notable aumento de los precios de las casas y de los pisos, por lo cual abundaban los huéspedes domiciliarios como el protagonista, y las viviendas habitadas por varias familias para aprovechar el escaso hábitat disponible.

Creo que es bueno saber que España vivía entonces en una situación general de penuria debido al fracaso de la política económica de postguerra, inspirada en los principios de autarquía y autosuficiencia, inviables y contrarios a la exportación e importación y libre comercio. Lo que ocurrió en ese tiempo fue que la bancarrota del país obligó a aplicar, justamente a partir del verano de 1959, un severo Plan de Estabilización que permitió acceder al apoyo financiero del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial.

Pero esta cinta hace igualmente una invectiva descarnada contra ciertas costumbres y aspectos sociales como la resignación laboral o los casamientos basados en la conveniencia y el beneficio. Justamente, el potencial de este film radica en el tratamiento de esa realidad por la vía de la comicidad, mas es un humor apesadumbrado y sin consuelo, o sea, un humor casi negro que se manifiesta en la cara de los protagonistas de la historia, que empero ver sus objetivos cumplidos, no pueden sentirse felices. La picaresca, tan presente en nuestra cultura hispana emerge con enorme potencial entre unos individuos en lo aparente distanciados. Son personajes que Azcona saca de la calle, de lo que ve, personajes reales que dejan ver sin ambages su patetismo ético y moral ante una sociedad silvestre y cruel. Un retrato lejos del mero costumbrismo, que nos remite a la tragedia. Como escribiera Morales: “Ácida y realista crítica, llena de extremos, que constituye uno de los clásicos del cine español.” Y no sólo por su dimensión de denuncia e histórico-documental, sino también por razones puramente estéticas.

En la película vemos una constante transposición de acciones que muestran choques conceptuales y serios menoscabos morales, como intentar, por ejemplo, en una escena protagonizada por niños, arrojar a un paralítico por las escaleras. “El caos de la realidad española aparece una y otra vez, en especial en una escena, en la cual Petrita (mujer del protagonista) habla con su hermana, mientras no paran de entrar personas en el encuadre […] El neorrealismo evocando al esperpento, retratando la sociedad de una forma casi pionera en el cine español […] una obra maestra para entender nuestro cine, y una obra de referencia para nuestra época” (Antonio Cabello).

Efectivamente, esta película es ya un icono, film de extraño, exagerado y sarcástico humor, una comedia descarnada de un Ferrery muy influenciada por el neorrealismo de su país, Italia, que sentó los cimientos de una sólida amistad de colaboración entre el director y Rafael Azcona, y viceversa, un tándem de lujo para nuestro cine. Obra cargada de detalles y anécdotas divertidísimas y tristes a la vez, que sacaron a la luz aspectos intrincados y difíciles de la época, temas espinosos relativos al matrimonio, las irregularidades laborales como dije antes, la tiranía empresarial, las penurias económicas, la prostitución, etc.

En definitiva, una película muy recomendable que debería ser visionada por nuestra juventud para que vieran cuán viejo es el mundo y cuáles eran las características del genuino cutrerío y la miseria de antañazo. Sin duda es una de las cintas ya clásicas de nuestra cinematografía.

Tráiler-clip: https://www.youtube.com/watch?v=YZG_oZ6KGBo.

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