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Un capítulo de nuestra historia reciente

Por Enrique Fernández Lópiz

Mikel Lejarza, nacido en el País Vasco y perteneciente a una familia vascohablante de tradición carlista (tradicionalista y antiliberal), educado con los maristas y aficionado al teatro, fue reclutado en su juventud a principios de los años setenta por los servicios secretos españoles (Servicio Central de Documentación o SECED) con el fin de infiltrarlo en el núcleo dirigente de ETA. Sus jefes le apodaron El Lobo porque su delicada tarea le condenaba a «la soledad esteparia», ese aislamiento íntimo de quien debe congeniar con sus adversarios y escapar, paradójicamente, de sus compañeros. De hecho, en ETA se ocupó de organizar la estructura de apoyo a los comandos operativos, utilizando como tapadera su profesión de decorador, con el miedo del infiltrado a hablar en sueños o a que algún desgraciado desliz revelase sus verdaderas lealtades. Así que, efectivamente, Lejarza tuvo la osadía de infiltrarse en la organización terrorista ETA. En aquellos años de 1973 a 1975, que fue una época especialmente difícil que coincidía, entre otras, con el atentado que acabó con la vida del Presidente del gobierno Luís Carrero Blanco el 20 de Diciembre de 1973.

El lobo era, pues, un agente especial de los servicios secretos españoles. Con su tarea de topo logró que más de doscientos activistas, colaboradores y miembros destacados de los comandos especiales y de la esfera regente de ETA, cayeran abatidos o fueran detenidos. Entre los detenidos se encontraban los implicados en el asesinato de Carrero, los míticos de ETA Ezkerra y Wilson. Para que todo esto ocurriera se organizó una denominada “Operación Lobo”, que supuso un torpedo en plena línea de flotación a la organización terrorista vasca. Estábamos justo tras la muerte de Carrero Blanco, con un Franco ya enfermo pero brioso y firme, y era una época crítica en la que ETA pretendía provocar al sector militar en España, con sangrientos atentados, que habría de servir como excusa, según el parecer de ETA, para que los sectores más reaccionarios e involucionistas del régimen frenaran el advenimiento de la democracia.

Este personaje, El Lobo, consiguió frustrar el primer plan de fuga masiva de presos etarras de la cárcel de Segovia, y también evitó en gran medida la sangrienta campaña de atentados indiscriminados, con los que ETA pretendía demostrar su fuerza y provocar a la agónica coyuntura del régimen. ETA aspiraba a que el ejército tomara partido para asegurarse su supervivencia, con una estrategia de Acción-Represión-Acción.

Pero por fortuna la Operación Lobo constituyó un enorme éxito policial contra el terrorismo etarra. ETA descubriría a El Lobo a finales del ´75 y sin paliativos lo condenó a muerte y puso precio a su cabeza. Aún se recuerda que en aquellos entonces empapelaron las Vascongadas de carteles con su fotografía y abajo se leía el lema: “Se busca”: ¡como en el far west!.

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El Lobo tuvo entonces que huir por piernas, cambiar de identidad y de rostro, y desaparecer sin dejar rastro. Luego salieron ocasionalmente declaraciones suyas de las que se desprende que su historia es la de un hombre utilizado y luego abandonado y lacerado por los propios servicios secretos franquistas, que incluso intentaron acabar con él, en medio de la famosa Operación Lobo. Pero logró salvar el pellejo con sus exclusivos recursos y continuar con su misión. Dicen que dejó una huella tan profunda, que cuando aún la ETA estaba operativa, si algún comando entraba en España para cometer un atentado, recibían una bala especial para matar a El Lobo.

Desde el año 1975 apenas se supo a ciencia cierta sobre Mikel Lejarza; pero sí ha habido entrevistas publicadas periódicamente con el transcurrir de los años, donde solía aparecer un hombre con el rostro oculto que los entrevistadores presentaban como Lobo. Y ya recientemente, cuando ETA abandona las armas –ojalá para siempre-, ha salido una novela sobre su vida escrita por Fernando Rueda de título: El regreso de El Lobo, donde Lejarza escribe en el epílogo: «Todas las promesas y todo aquello con lo que soñaba se lo llevó el viento. Comencé a ser ese ‘Lobo’ de verdad, el que molestaba a muchos y al que envían a misiones imposibles con la esperanza de librarse de mí limpiamente, sin mancharse las manos». Poco más que añadir, salvo que fue en 2010 cuando por primera vez en casi cuarenta años, cuando a Lejarza se le impuso la Cruz del Mérito Militar con Distintivo Blanco. «Es su única condecoración, y es de segunda categoría. Parece que en España nos avergonzamos de la gente que se mueve por las alcantarillas», lamenta el escritor Rueda. Aunque Lejarza, hay que decirlo todo, cuando le preguntaron qué sintió cuando Félix Sanz, secretario de Estado director del CNI, en la sede de la Casa le impuso la condecoración, respondió: Lo voy a definir con muy pocas palabras: me hizo sentir que todo había merecido la pena.”

Dirigida con profesionalidad por Miguel Courtois, con un guión bien confeccionado de Antonio Onetti, tiene una música interesante de Héctor Calvo y una buena fotografía de Francesc Gener. Gran puesta en escena, y excelentes el montaje y los efectos especiales.

El reparto está muy bien, con actores de primera como Eduardo Noriega, José Coronado, Mélanie Doutev, Silvia Abascal, Santiago Ramos, Patrick Bruel, Jorge Sanz o Fernando Cayo; todos cumplieron muy profesionalmente con sus respectivos trabajos y también en la labor coral.

En 2004 recibió en los Premios Goya premios al mejor montaje y efectos especiales y tuvo cinco nominaciones.

Creo que este personaje merecía algún reconocimiento, darlo a conocer, pues evitó muertes y conflictos importantes en aquella época previa a la transición. Pero el propio Lejarza, en una entrevista al diario El Mundo dijo de este film en el que él es el protagonista, que: es algo así como una recompensa que llega un poco tarde, y que no me han dado quienes en realidad me la deben“. Y es que El Lobo tuvo que soportar la malquerencia de quienes le habían reclutado y ha vivido años de soledad. Dice Legarza que cuando estás solo: estás luchando a cada instante contra tu propio enemigo, tu propio yo interior y tus propios miedos.” Del mismo modo, Legarza declara que desde aquellos entonces anda escondido y que su vida cambió radicalmente, pues cualquier descerebrado de ETA daría cualquier cosa por matarlo. Lo dice así: “Mi vida ha cambiado totalmente. Desgraciadamente, una de las consecuencias negativas que ha tenido este asunto para mí es que he perdido buena parte de las cosas que entonces, hace 30 años, eran afectivamente esenciales para mí. He perdido mi rostro, mi identidad, mis amistades, mis estudios, la relación con mi familia, con mis padres, mis hermanas He perdido muchas de las cosas que más quería, y eso es lo que duele, que, quienes tenían la obligación de hacerlo, jamás me lo agradecieron. Es así de duro, pero a la vez así de real.”

En cuanto a la película, la considero buena, tanto en su dirección y libreto, como en sus interpretaciones. Boyero acuerda igual cuando escribe: Una película bien escrita, dirigida e interpretada (con alguna secuencia grotesca) que retrata con tensión y veracidad una historia dura y sórdida sobre un tema que nos amarga y obsesiona a todos.” Efectivamente, fue una época muy delicada y sensible, y una ETA muy criminal que nos colocó a todos al borde del precipicio sobre todo en aquel final del 1975, cuando falleció Franco y se auguraba la reconciliación y la democracia. Y eso se ve muy bien en la película. Un capítulo que hoy ya han olvidado nuestros jóvenes; e incluso la historia de El lobo es un momento olvidado en general por una gran mayoría de ciudadanos de a pie. Yo, por suerte, lo recuerdo bien.

Y esta película no solamente es una obra comprometida en contar nuestra reciente Historia, sino que además resulta amena, entretenida, con buena puesta en escena, con una excelente factura artística y técnica, es didáctica, huye de la autocomplacencia y funciona como un potente thriller.

Por cierto, en el libro escrito por Rueda al que antes aludía, El Lobo aborda el final del terrorismo con cierta acritud para quienes piensan que todo vale para pacificar el país cuando escribe: «Nos olvidamos de todo lo pasado, las víctimas y sus familias. Ahora parece que molestan […] Los terroristas estaban ya acorralados. Entonces, ¿por qué tenemos que ser tan permisivos? Ah, claro: la política. Se me olvidaba. Este pobre país mío… ¿dónde ha quedado nuestra gallardía?».

En resumen, aceptable película, otra de nuestra filmografía que aborda con valentía el terrorismo de ETA, los claroscuros de nuestra reciente historia y la leyenda de un personaje heroico que contribuyó a que España no se precipitara al vacío de los golpismos vengativos y pendencieros. Es además una producción llevada a cabo con esmero, que nos permite profundizar y reflexionar sobre la violencia que hemos tenido que padecer durante décadas, y cómo ese estado de cosas ha influido tanto en la serenidad de un país como España, que se resistía a abandonar sus raíces cainitas.

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