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Un Bond a la altura del mito

Por Jorge Valle

Muchos se extrañaron de que un director del renombre de Sam Mendes, responsable de una filmografía que engloba títulos como American Beauty (1999), Camino a la perdición (2002) o Revolutionary Road (2008), fuera contratado por la Metro-Goldwyn-Mayer para ponerse a las órdenes del rodaje de la que iba a ser la 23º película de la saga del agente secreto más famoso del mundo cinematográfico. Su mano maestra se deja notar en todos y cada uno de los 143 minutos que dura Skyfall (2012), una película que roza el sobresaliente en todos sus aspectos. Desde la prodigiosa fotografía de Roger Deakins, que imprime una atmósfera de luces y sombras a la imagen y la convierte en una verdadera maravilla visual, hasta la banda sonora de Thomas Newman, quien mezcla la melodía típica del agente 007 con el habitual lirismo del compositor.

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Excelentes los títulos de crédito iniciales, acompañados por la preciosa y oscarizada voz de Adele. La formidable estética es, sin duda, uno de los puntos fuertes de un film que puede considerarse como el mejor de la saga pero también como un título independiente que bebe directamente del Batman de Christopher Nolan. No solo en haber dotado de mayor profundidad y humanidad a un James Bond (Daniel Craig) que sigue manteniendo intactos su elegancia y su inconfundible estilo, sino también en ahondar en la psicología de unos personajes que habían sido tratados con simpleza en anteriores entregas y que aquí adquieren interés por sí mismos. Así, el pasado de M (Judi Dench) constituye una de las bazas con las que Mendes consigue insuflar complejidad y dramatismo al conjunto, que se completa con las habituales y espectaculares secuencias de acción y persecuciones, aunque aquí queden relegadas a un segundo plano.

Al realizador británico le importan sus personajes y los conflictos que mantienen con su entorno y consigo mismos. De ahí que Silva (Javier Bardem) se convierta en el verdadero protagonista de la función en la segunda mitad de la película. Volviendo a la citada influencia de El caballero oscuro (2008), Bardem construye un villano memorable que comparte analogías con el Joker de Heath Ledger. Malvado, retorcido y extremadamente inteligente, Silva se mueve por un sentimiento obsesivo de venganza derivado de una traición imperdonable. El mayor mérito del director reside en haber creado un producto perfectamente disfrutable para todos los públicos, incluso para aquellos que nunca se hayan sentido atraídos por el carisma de un personaje –“me llamo Bond, James Bond”- que, gracias a directores como Sam Mendes, forma ya parte indispensable de la historia del cine.

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