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Un best seller en imágenes

Por Enrique Fernández Lópiz

Cuando fui hace unos días a ver Palmeras en la nieve no esperaba gran cosa. Esa es la verdad. Había leído las más de setecientas páginas de la novela homónima de Luz Gabás, y quería ver su traducción al cine. Como es sabido, el tema de las novelas que luego son adaptadas a la imagen filmada, conlleva siempre discusiones y cábalas, la mayor parte de las veces estériles. He escuchado un millón de veces decir que la novela es mejor que el film; y en menos ocasiones, que la película ha superado a la novela. Mi opinión es que toda vez que un autor vende sus derechos a una productora cinematográfica, no debe esperar que ésta acabe haciendo un calco de su obra. El guionista y el director pueden hacer su propia versión de la obra, sea novela o teatro, y acabar con un buen resultado… o no. Hay, no obstante, obras literarias que, en mi parecer, por ser tan enjundiosas y universales, son difícilmente trasladables al cine. Por ejemplo, El Quijote de Cervantes. Pero esa es otra cuestión.

Este película es adaptación de un best seller en toda regla, una novela inopinadamente leída por millones de lectores de todas las nacionalidades. Siendo que literariamente es más bien mediocre. Pues bien, con la película resulta ser lo mismo. Se trata de un film muy exitoso al parecer (aunque luego habrán de cuadrar las cuentas), es una superproducción, y tiene un nivel que soporta el corte, pero sin alharacas, como ahora diré. Pero la verdad, me siento orgulloso de que el cine español haya logrado una razonablemente buena superproducción, de buena calidad, con una importante inversión y bien conducida. No siempre van a ser los americanos.

Para quien no conoce la novela, diré que se trata de una historia en la que primero el padre (Antón) y posteriormente los hijos, primero Jacobo y luego Kilian, desde los años cuarenta a los sesenta, han ido emigrando de las montañas del pirineo oscense, camino a los cafetales de Fernando Poo, en la antigua colonia española de Guinea Ecuatorial. Padre e hijos trabajarán duro en la finca de Sampaka, donde se cultiva uno de los mejores cacaos del mundo. En la colonia, española sobre todo, allí asentada, los más jóvenes, Jacobo y Kiliam descubren una vida de trabajo bien remunerado, pero también una vida social más placentera que en la encorsetada y gris España franquista. Vivirán los contrastes entre los colonos y los nativos y se sumergirán en todo el abanico de sentimientos y pasiones propiamente humanas: conocerán el significado de la amistad, vivirán la pasión, las noches de alcohol y mujeres nativas, pero asimismo el genuino amor y el odio. Además, en esta obra se reaviva el recuerdo de aquella colonia española, hoy tan desconocida, pero que muchos por razones de edad y vivencias, conocimos muy bien. Hay por tanto también y para que no falte de nada, Historia.

Guinea fue una posesión española desde 1778. En 1959 adoptaron oficialmente la denominación de Región Ecuatorial Española y se organizó en dos provincias: Fernando Poo y Río Muni. Hasta que se proclamó la independencia del país. La historia sitúa parte de su acción en este periodo de transición, cuando la progresiva escalada de tensión y violencia de esos años supuso un complejo episodio para la historia de nuestras colonias en ultramar. En 1968 España concede la independencia y asume el poder Francisco Macías Nguema. Fue una sanguinaria dictadura, que es hasta donde llega este relato. Luego, por razones diversas, Macías es derrocado por su sobrino, el actual sátrapa Teodoro Obiang Nguema, que gobierna con mano de hierro un rico país productor de petróleo; pero este es ya otro episodio del país africano.

En definitiva, exotismo, nostalgia, parte de nuestra Historia, romanticismo y tragedia. Y como escribe Rodríguez: … una mirada en dos tiempos, en dos generaciones, a la vida colonial en una finca de cultivo y a las tensiones sociales con aliño de tormentas románticas y enfrentamientos culturales entre un mundo que se ha de ir para que otro llegue.

El director Fernando González Molina (que parece convertir en oro cuanto toca al modo del Rey Midas: Tres metros sobre el cielo, 2010; Tengo ganas de ti, 2012), lleva por buen camino esta superproducción, con mucho oficio una temática apenas tratada en la literatura y el cine español: el colonialismo durante la dictadura franquista. Aunque en realidad, González Molina y el guionista Sergio G. Sánchez deciden pasar de puntillas por la cara política del momento que relatan, para centrarse en lo más atractivo cara a lo comercial, o sea, los sentimientos básicos, el deseo casi freudiano (hay escenas de un erotismo blando para menores, como la escena de sexo en la cascada junto a la playa), los celos, la envidia, el afán de poder, la violencia en ocasiones dura, y todo ello narrado de manera torrencial, aunque sin profundizar demasiado.

Así, en lo que a dirección concierne, González, a pesar de su juventud maneja muy bien la realización de una obra que por sus características de gran producción son complejas; aspectos como el ritmo del relato, ambientación, control de los muchos actores extras que concurren en el film, la acción o la dirección de los actores profesionales (este aspecto es quizá más flojo), entre otros muchos aspectos.

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El guión de Sánchez hace una aceptable y trabajada adaptación de la novela de Gabás, omitiendo algunos pasajes, pero en lo sustancial, fiel reflejo de la obra literaria. No obstante, a veces resulta deslavazado, aunque tiene diálogos bien trabados. La trama tiene algún bajón hacia el final de la película, pero mantiene la atención del espectador. No quita para que incurra en el formato del culebrón romántico, lo que a veces hace pensar en las series de TV. Quizá sea por este tufo a serie (y siendo una producción muy cuidada en la ambientación, los aspectos técnicos o la interpretación), por lo que Rodríguez apunta, no sin ironía, que: “… nunca deja de dar la impresión de que, aunque larguísima, se ha quedado algo corta, como si su recipiente ideal fuera un serial televisivo.

Hay algunos elementos destacables. Uno de ellos es la excelente banda sonora de Lucas Vidal. Ni que decir tiene la grande y luminosa fotografía de un Xavi Giménez que se sale, y que incluye el color cálido del pasado, pues casi toda la película es un largo flashback. La puesta en escena es extraordinaria, así como los exteriores que son tomados en la Finca de Osorio, un espacio de montaña de más de doscientas hectáreas en pleno corazón de Gran Canaria, a seiscientos metros de altura sobre el nivel del mar. Otras partes han sido rodadas en Colombia y, cómo no, en los paisajes invernales nevados de la Huesca pirenaica.

Hay que felicitar a los productores Adrián Guerra y Mercedes Gamero al apostar por una historia, según el dossier de producción, “tan épica como intimista, que tiende puentes entre dos tiempos, dos culturas y dos generaciones”. Además, Guerra, canario, parece estar especialmente feliz de haber hecho esta película en su casa; y también, parece mentira y como él dice, porque: … es un tema que me toca especialmente cerca: mi madre y mi tío nacieron en Guinea. A pesar de los gravámenes fiscales, en la película se han invertido diez millones de euros, lo cual es mucho en nuestro cine patrio. Importante igual Antón Laguna, el diseñador de producción, responsable de unos grandes decorados y de la dirección artística, desde la fijación de la paleta de colores de la película, a la supervisión de localizaciones, construcción de decorados y elección del atrezzo (como vehículos y mobiliario). Dos son los sets principales de la película, ambos ambientados en los años 50 y 60 del siglo pasado: el complejo Finca Sampaka y el poblado bubi de Bissappoo,” como él mismo apunta. El set Finca Sampaka se construyó un terreno de seis mil quinientos metros cuadrados y fue levantado sobre un antiguo trigal; y hasta los brotes verdes de hierba que crecen en el suelo, han sido plantados ex profeso para el filme. Amén del segundo set en un terreno adyacente sobre una superficie de tres mil metros cuadrados, que recrea el poblado bubi de Bissappoo. Es la recreación de un poblado bubi como ya no quedan en Guinea Ecuatorial, todo ha sido hecho a mano, señala Laguna. Y así con todo: ¡dos años de preparación antes de rodar! Hay que congratularse con tan arriesgado emprendimiento que está logrando superar en espectadores a películas norteamericanas de tanto tirón como Star Wars de J.J. Abrams.

El conjunto de actores está bastante bien. Destaca el ya consagrado Emilio Gutiérrez Caba que hace en un nivel superior al resto del reparto, un gran trabajo de saber estar ante la cámara en el papel del patriarca Antón de Rabaltué; su personalidad llena de veracidad la trama y uno se deja llevar por sus palabras y sus gestos. Mario Casas hace el papel del hermano menor, Kilian, demasiado contenido, desde mi parecer (¿denota profundidad o falta de expresividad?); pero Casas tiene su magnetismo en la pantalla, eso no se puede negar. Adriana Ugarte está correcta, sensible, entregada en su rol de Clarence, hija de Jacobo, que se embarca en el mayor viaje de su vida. Macarena García muy bien en todos los registros como la Julia joven de la colonia. Alain Hernández muy bien como Jacobo. Berta Vázquez, la gran revelación de la película como la bella Bisila, en un papel crudo, profundo y sensible. Acompañan con gran profesionalidad Celso Bugallo (Kilian de mayor), Laia Costa (Daniela, hija de Kilian), Joana Vilapuig (Catalina), Daniel Grao (Manuel), Djedje Apali (Iniko), Petra Martínez (Julia mayor), Luis Callejo (Gregorio) y Fernando Cayo (Garuz), entre otros.

Por ahora y en 2015 tiene 5 nominaciones en los Premios Goya, incluyendo dirección de producción y canción. Premios Feroz: nominada mejor música.

Creo que la industria española ha realizado un gran esfuerzo con esta cinta que tiene los alicientes para el gran público de una producción a todo trapo que habrá de agradar a muchos, a pesar de sus 163 minutos. Como escribe Ocaña:… las pretensiones se quedan (y cumplen con creces) en lo comercial, en la fachada, en la factura técnica y, digamos, empresarial, pero no en los anhelos de calidad, en la trascendencia, en la complejidad. […] un ´best seller´ en imágenes, con todo lo que ello conlleva.

Resumiendo, no quiero crear expectativas excesivas ni falsas. En esta película no encontrarás un retrato profundo de los personajes, tampoco grandes dramas en toda su amplitud, ni un reflejo veraz de nuestra etapa colonial en Guinea. Lo que sí hay es una historia que se sigue fácilmente, entretenimiento, y el suficiente atractivo como para mantenernos interesados en el desarrollo de las desiguales tramas paralelas. Además, un entorno geográfico muy bello y llamativo, fotografía excelente, y hasta la perla de una bonita canción de Pablo Alborán (https://www.youtube.com/watch?v=Xe6M0SHDYp4).

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=0IQbtBgP7_A.

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