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Un auténtico icono de la cinematografía sobre el sometimiento y la redención

Por Enrique Fernández Lópiz

Película dirigida por Elia Kazan en 1954 es, desde mi modo de ver, una de esas películas redondas, una obra cumbre de la cinematografía y un icono en todo sentido de lo que debe ser una película de excelencia. Kazan defrauda poco, pero con La ley del silencio, además, impresiona mucho. Aunque la vi hace muchos años, la he vuelto a visionar hace poco y me sigue pareciendo el film de culto que recordaba. Lo tiene todo, como ahora diré, y encima, pone de manifiesto el poder del miedo como fórmula de gobierno donde unos pocos amedrentan y la mayoría obedece casi de modo ritual.

Sé que muchos críticos y comentaristas del film se cierran en banda con el controvertido papel jugado por Kazan en la denominada Caza de Brujas en los EE.UU. Esta circunstancia fue dirigida por el senador Joseph Mc Carthy en los años 1950-1956, y consistió en un extendido proceso de delaciones, listas negras, denuncias e interrogatorios contra personas sospechosas de ser comunistas. Y se dice que Kazan quiso justificar con este film su comportamiento delator. Y quien ofrezca su parecer en este sentido, y como tal repudie la obra de este director, allá él. Sería como si yo calificara la obra de Picasso de nefasta por el pasado estalinista de nuestro inmortal artista plástico. O tantos creativos que vivieron a expensas de la ex URSS. Pues bien, al igual que con Picasso y otros genios me abstraigo de resonancias políticas a la hora de mirar sus lienzos, esculturas y obras de arte en general, también lo hago con Kazan, sobre todo, por cuanto no tengo perspectiva ni edad como para valorar el peso que para la política norteamericana tuvo lo que sin duda fue el triunfo de las ideas comunistas tras la Segunda Guerra Mundial. Es decir, nadie va a negar que tanto en Europa occidental como en Latinoamérica y Asia, el marxismo se convirtiera en un modelo de gobierno idolatrado. Así, tras las venturosas caídas de las aberrantes dictaduras de Hitler, Mussolini o la teocrática monarquía de Hirohito (el eje Berlín-Roma-Tokyo), fueron Lenin primero y luego Stalin, grandes dictadores y el segundo un reconocido asesino de masas (junto a Mao Zedong, o tantos otros), quienes supieron vender muy bien la doctrina comunista al mundo. En mi juventud, prácticamente todos los estudiantes –y no estudiantes- teníamos idealizada la doctrina comunista. Y hasta que no visité esos países: URSS, Polonia, Bulgaria, etc., no me di cuenta bien del error en el que me encontraba inmerso. Digo esto porque me parece bien decirlo, del mismo modo que no entro en enjuiciar las delaciones de Kazan, sino su obra, la cual que admiro profundamente pues produjo obras de primera magnitud como Un tranvía llamado deseo, 1951; Al este del Edén, 1955; Río salvaje, 1960; América, América, 1963; El compromiso, 1969; El último magnate, 1976, etc.

Para mí, La ley del silencio es quizá la gran obra maestra de Elia Kazan, una especie de rara avis que sale una entre un millón, pues lo reúne todo. Por empezar la dirección de Kazan es genial en forma de obra lírica que refleja el espanto de un ambiente sórdido e irrespirable. Una obra cumbre de la narrativa cinematográfica que el director sabe convertir en la mezquina y asfixiante semblanza de unos personajes al límite de la supervivencia física y moral. Kazan da la gran lección con una cinta viscosa en su transcurso, que apenas deja lugar a un mínimo de sosiego en los 108 minutos que dura el metraje.

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Tiene igualmente la película un excepcional guión de Budd Schulberg. Dicho guión se basó en los artículos, que ganaron el premio Pulitzer, que en 1947 empezó a publicar Malcom Johnson en el New York Sun bajo el título de Crime on the waterfront y completados en 1951 con el libro Crime on the Labor Front. Eran textos que aportaban información sobre las actividades de cierta forma de gansterismo en los muelles neoyorquinos, que imponían su dictadura sobre los obreros, a los que sólo permitían trabajar mediante el pago de impuestos, a la vez que quitaban de la circulación a cuantos pretendían resistirse, denunciar u oponerse a su mandato. Fueron estos artículos basados en hechos reales los que indujeron a Kazan a encargar un proyecto literario consistente que sirviera de inspiración y sustento al guión.

La música de Leonard Bernstein acompaña a la tragedia en casi cada segundo de la obra, siguiendo paso a paso los avatares de los personajes con una intensidad difícilmente igualable. La película fue rodada en blanco y negro por la prestigiosa y reputada cámara del fotógrafo Boris Kaufman, con tonalidades y una nitidez majestuosas.

El reparto no puede ser mejor. Destaca en primer lugar un joven Marlon Brando que hace una de las mejores interpretaciones de su carrera, dotando de tensión y veracidad a un personaje difícil que ha de moverse en arenas movedizas y peligrosas. Y qué decir de Eva Marie Saint, una actriz que se prodigó poco en el cine (tal vez conviene recordar su papel en Con la muerte en los talones de Alfred Hitchcock, 1959); una mujer bellísima, elegante y en fin, para mí sólo igualada (o superada) en su momento por Grace Kelly, y que interpreta genialmente su papel de muchacha pura en un entorno de lodazal. Karl Malden está sembrado en el rol de sacerdote que pretende acabar con el miedo y el silencio. Lee J. Cobb hace de auténtico mafioso y villano de la historia con brillantez. Rod Steiger, muy joven, le hace la contraparte en la mejor escena del film, cuando parlamenta con su hermano Brando de cara a acordar una solución factible con los gánsteres. Completan el cuadro artistas de la talla de Pat Henning, Leif Erickson, James Westerfield, John Heldabrand, Rudy Bond, Martin Balsam o John Hamilton.

Se trata de una película dura con una tensión in crescendo y unos personajes curtidos en el duro trabajo de estibadores y el miedo a los mafiosos que los controlan. El miedo está omnipresente en la película, un miedo paralizante que convierte a los rudos hombres del puerto en corderillos dóciles ante las inmundas bestias que controlan sin piedad sus vidas. Pero el film no renuncia a momentos bellísimos de un lirismo arrebatador en lo que toca a la historia de amor entre Brando y la Eva Marie.

Es una película que puentea el filme de denuncia y el melodrama social. La ley del silencio retrata de forma cruda los bajos fondos del trabajo portuario en Nueva York y el papel de los sindicatos del crimen. Pero habla de manera primordial de hombres que sabiéndose perdedores buscan alguna forma de redención y un lugar apacible bajo el sol, como cualquier cristiano. En el terreno del romance están Terry Malloy, un pobre boxeador fracasado, papel que interpreta Brando, y Eddie Doyle (Eva Marie Saint); dos jóvenes que intentan por todos los medios subsistir al desarraigo, a la frustración y a la desesperanza, salir a flote como sea, aunque en el intento se jueguen la vida. Ellos viven un amor nacido de dos espíritus abandonados e incluso solitarios, que pueden compartir su oscuro mundo para emerger como ave Fénix en un medio inhóspito y difícil. Aquí, en esta disyuntiva se produce en cierto modo lo que sabiamente Freud denominó “la cura por amor”, o sea, la toma de conciencia de parte del protagonista Brando de la situación de cobardía en la que viven, la fuerza que esto le imprime, y al perdón a través del amor de ella.

Johnny Friendly (Lee J Cobb) es el jefe mafioso del sindicato portuario en Nueva York. Charley Malloy es uno de sus más implacables matones que controla dicho sindicato. Él utiliza a su hermano Terry Malloy (Marlon Brando) para que atraiga hacia una trampa mortal a un estibador poco dispuesto a cooperar. Terry se ve, así, involuntariamente implicado en un crimen. Cuando Terry conoce a Edie Doyle (Eva Marie Saint), hermana de la víctima, su espíritu se ilumina y se produce en él una especie de caída del caballo a lo Pablo de Tarso, una honda transformación moral. A este cambio de estado contribuyen la presencia tanto de su amada Edie (Eva Marie Saint), como el ímpetu del padre Barry (Karl Malden), quien le anima e incluso incita para que acuda a los tribunales de justicia a denunciar a los malvados asesinos del hermano de Edie. De este modo, Terry no le hace caso a su hermano cuando éste le pide que no se convierta en un soplón. Charley es asesinado por no haber conseguido convencerle y Terry testifica contra la banda. Al día siguiente, es brutalmente agredido en los muelles, pero sobrevive y conduce a los trabajadores de vuelta al trabajo y a la libertad.

Esta obra es según mi parecer, una obra sobre el miedo y el sometimiento. Como es sabido, en la dialéctica del amo y el esclavo, Hegel nos enseña que cuando dos conciencias se enfrentan en una lucha por el reconocimiento social, la que logra hacer sentir al adversario el miedo (sobre todo a la muerte) se convierte en dominante, mientras que la otra asume un papel de sumisión y esclavitud. La certeza, pues, como ocurre en el film, de que hay un otro u otros que pueden acabar con tu vida si no obedeces, es el dispositivo de sometimiento social y de dependencia que vertebra la trama del film. Sería, según Hegel, el mismo temor que somete al esclavo a trabajar para el amo como forma de eludir el castigo. La conclusión de este estado de cosas es que el vencedor de esa lucha se convierte en dueño del futuro del otro y de los bienes que éste producirá con su trabajo. Además, quiero apuntar también una evidencia que fue demostrada por el famoso psicólogo social Stanley Schachter en los años sesenta, según la cual la tendencia a la agrupabilidad o afiliación está motivada en parte por la necesidad de reducir el miedo. Como se observa en esta cinta, los estibadores amedrentados por la fuerza del gánster Johnny Friendly, se agrupan y se alivian o consuelan como pueden, y es la misma grupalidad lo que los convierte en una unidad social sometida, en un conjunto que pretende consolarse pero que al fin es un grupo esclavo. Son pobre gente que trabaja para generar un excedente productivo propiedad de Friendly y sus secuaces. La sumisión y la dependencia llegan a tal punto en el film, que el colectivo de trabajadores cree que sólo pueden vivir en el proyecto de futuro que les imponen los mafiosos. Es desde este nudo gordiano argumental, como Kazan plantea la opción de salir de esta subordinación, lo que implica afrontar el riesgo de desafiar el status quo, papel que cae sobre las espaldas del padre Barry y sobre todo en Terry Malloy, el protagonista, que plantará cara a los sicarios.

La cantidad de premios que recibió en 1954 fue algo asombroso: 8 Oscar, incluyendo película, director, actor (Brando), actriz secundaria (Marie Saint). 4 Globos de Oro, incluyendo Mejor película – Drama. Festival de Venecia: Mejor director. BAFTA: Mejor actor extranjero (Marlon Brando). 3 nominaciones. National Board of Review: Mejor película. Círculo de críticos de Nueva York: Mejor película, director y actor (Brando). Festival de Venecia: Premio OCIC. Seminci: Espiga de Oro: Mejor película. Grande, pues.

En resolución, Kazan, con su maestría y genialidad nos brinda un film asombroso fundamentado en la fuerza de una historia cargada de dramatismo y basada en un hecho real, acompañada de un gran guión, y la presencia de actores, todos ellos maravillosos, a los que el director saca el mejor partido.

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Comentarios

  1. Beatriz Scorcelli

    Interesántisimo comentario de Enrique Fernández Lópiz del film La ley del silencio que refiere a un hecho que se repite y reitera en distintos lugares del mundo, con similares características. Kazan refiere en este film “cierta forma de gansterismo en los muelles neoyorquinos, que imponían su dictadura sobre los obreros, a los que sólo permitían trabajar mediante el pago de impuestos, a la vez que quitaban de la circulación a cuantos pretendían resistirse, denunciar u oponerse a su mandato”
    Es mi deber mencionar que como argentina que soy, que los sindicatos y gremios, creados bajo el gobierno del General Perón a partir de los años 1945, para defender los derechos de los trabajadores, también terminaron rigiéndose por la “ley del amo y el esclavo” y aún hoy corriendo el año 2015, sufrimos las consecuencias de ese hecho que paraliza la democracia.
    La cosmovisión del comentarista me permite hacer esta acotación y agradezco, desde un film icónico, hacer esta referencia acerca de mi país. Así como también a la “caza de brujas” del Proceso de Reconstrucción Nacional, presidido por una junta militar que a partir del año 1976 hizo desaparecer a miles de jóvenes argentinos que profesaban ideas de izquierda, muchos de ellos desde un radical idealismo utópico
    Parecería que la condición humana en su aspecto social y político es capaz de generar mecanismos de sometimiento similares, mas allá del tiempo y del espacio.

  2. Enrique Fdez. Lópiz

    Gracias por tus palabras Beatriz. Efectivamente, este film aquilata su entidad y caliad por cuanto su mensaje sigue vigente para quien lo quiera ver, en todo tipo de explotación, sometimiento y abuso al prójimo. Justo hoy, cuando la “esclavitud”, que parecía desaparecida, ha repuntado de nuevo, sobre todo y lamentablemente con relación a mujeres y niños explotados en todo el mundo. Un abrazo

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