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Tragedia matrimonial que deviene thriller inquietante

Por Enrique Fernández Lópiz

En la Inglaterra rural de 1865, Katherine (Florence Pugh) vive una difícil situación por culpa de su matrimonio con un hombre aciago y mayor (Paul Hilton) con quien se ha casado interesadamente, tras haber sido comprada junto a un pequeño terreno de su familia. La historia de Lady Macbeth se desenvuelve en el marco de una sociedad patriarcal y machista, en una casa de campo. Ella no quiere a su esposo, él la desprecia y no mantienen relaciones sexuales; meramente la utiliza como modelo, plan voyeur, cuando ella se desnuda por su mandato, mientras él la mira y se masturba. El suegro es un hombre frío y despiadado que la trae igualmente a malvivir (Christopher Faribank). Un día, cuando marido y suegro se encuentran fuera de la finca, mediando en una disputa entre criados, ella queda prendada de uno de ellos, un joven trabajador de la finca (Cosmo Jarvis). Ese idilio desata en su interior una poderosa fuerza y ya nada le impedirá conseguir lo que desea para sentirse libre, aunque ello implique deshacerse de su parentela a sangre fría; o sea, la temática es dónde puede llegar la crueldad de una mujer que quiere ser libre. Pero el desenlace del film es sorpresivo y terrible, dando cuenta de la intrínseca maldad de la joven. Y hay un elemento de ironía del destino que, como dice el director de la obra, consiste en que la “independencia que ella busca al principio de la película la ha conseguido, pero está completamente aislada y sola al final”.

El director de teatro y ópera William Oldroyd debuta en el cine (cine low cost) con la adaptación de un “clásico recóndito”, como ahora diré. Oldroyd, autor de cortos se inicia en el largometraje con este film y a fe que hace una tarea meritoria. Como él dice, escogió este relato para su ópera prima por el personaje de Katherine: “He dirigido obras de teatro con el espíritu de mediados del siglo XIX y los personajes femeninos o bien se suicidaban, o huían. Pero lo interesante de Katherine es que decide resistir, oponerse“. Y para escenificar esta historia no quería el teatro, quería rodar una película: “La pantalla se presta más para mostrar la prisión de la casa, asfixiante, y, en contraste, los salvajes exteriores, los campos. En teatro puedes hacer eso, pero es más efectivo en cine”. Y continúa Oldroyd diciendo: “Al final del libro Katherine es arrestada y llevada a prisión. Pero nosotros hemos permitido que ella termine triunfando, aunque es otro tipo de cárcel. Es libre, independiente, pero al fin y al cabo está atrapada“.

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Con el término “clásico recóndito” me refería al guion de Alice Birch, que es adaptación de la novela Lady Macbeth de Mtsensk (1865), del olvidado escritor ruso Nikolái Semiónovich Leskov, a quien Gorki consideraba “el autor más profundamente enraizado en el alma popular, y más libre de influencias extranjeras de la historia de la Literatura rusa”. El relato, vagamente inspirado en la conocida obra de Shakespeare, aborda los crímenes de una mujer rural y su matrimonio burgués de conveniencia; mujer dividida entre un amante que desea conservar y los preceptos de la moral reinante. Este texto, por cierto, inspiró una ópera del mismo título de Dimitri Shostakovich; e igualmente fue llevada al cine por el insigne director polaco Andrzej Wajda en 1961, Lady Macbeth en Siberia.

El rodaje de Oldroyd, esta obra cinematográfica da para opiniones diversas. Pero yo hablo por mí y manifiesto que la cinta me ha inquietado con esa calma tensa y desasosegante de que hace gala; y me ha parecido, a la vez que interesante, muy medida en los tiempos, en la realización y en el mismo guión que sabe contar una historia fascinante que atrapa hasta de principio a fin, mostrando las cartas de a poco, pausadamente, hasta llegar a un final rompedor. La impresión es que todos los elementos están en su orden y que el conjunto elegante, escueto y frío, seduce sin paliativos.

Oldroyd se centra en planos fijos, generales o cortos, para resaltar la “opresión” de la mansión, ya que “la cámara sólo se mueve en el interior cuando Katherine está pensando” (según manifiesta el director); tiene el film una gran economía de atrezo, y la cámara viaja en ocasiones por los bastos exteriores rodados entre New Castle y Durham, páramos ingleses que inspiraron novelas como Jane Eyre o Cumbres borrascosas.

Me ha llamado la atención, y lo digo sin acritud, la escasísima música de Dan Jones que se limita a unos brevísimos arpegios electrónicos en dos secuencias muy concretas. Es en este sentido, un film silente en lo que a música se refiere, lo que le concede una cualidad turbadora. La fotografía de Ari Wegner es austera, naturalista y de pocos colores (interesante es el tratamiento del color en los vestidos de Katherine, sobresaliendo el azul por encima de todos). La tónica oscura general pareciera relacionarse con el también oscuro corazón de los protagonistas.

En el reparto, Florence Pugh borda su rol de mujer obsesionada y psicópata, capaz de cualquier cosa con tal de tener al amante a su lado; aunque luego, en su juego criminal y amoral, demuestra su habilidad para inculpar a todo bicho viviente con tal de preservar su estatus y al hijo que lleva en su interior, haciendo buena la idea freudiana de la equivalencia “hijo-falo”, lo cual que teniendo lo primero, ya está satisfecha la inicialmente impulsiva mujer, pudiendo prescindir de su amante. Pugh destila una lozanía que subraya el carácter desafiante de una mujer intuitivamente moderna para la época, “intuitivamente feminista, en su sorprendente y fascinante evolución en el centro de un relato excepcionalmente contenido, de bellísima austeridad formal, puntuado con sutiles destellos de ironía que matizan el horror o la incomodidad de algunas situaciones” (Bermejo). Y excelentes los trabajos actorales de Christopher Fairbank en el rol de esposo inhumano y despectivo; Paul Hillton lo hace tan bien que llega a hacerse odioso en el papel del viejo suegro malévolo; Cosmo Jarvis excelente como jornalero y amante. Brillante Naomi Ackie que en su rol de criada negra sobrevive a la sombra de los protagonistas principales. Y acompañan con grandes trabajos Bill Fellows, Ian Conningham, Paul Hilton, Joseph Teague, Golda Rosheuvel y Rebecca Manley.

Película sobre la claustrofobia femenina en el siglo XIX, que “describe un cruento proceso de emancipación propulsado por el deseo” (Ocaña), en la que Oldroyd traduce a su forma las dos cualidades más características de la producción de Leskov: la oralidad y la concisión. Y lo hace con un trabajo perfecto en lo formal que sabe escapar del encorsetamiento clásico del melodrama. “Película indomable y recorrida por un insidioso humor negro” (Ocaña), que sabe introducir la cámara en los conflictos de género, en la temática racial, el omnipresente capítulo de las clases sociales y, psicológicamente, analizando la complejidad del mundo psicopático y asesino de la indómita y perversa protagonista, brillantemente encarnada por Florence Pugh, que transmite con enorme fuerza su amoral tormenta de pasiones. La conversión de la protagonista “de feliz novicia a esposa frustrada, de amante apasionada a mujer cósmicamente despechada resulta un proceso absolutamente hipnótico de contemplar” (Weinrichter), asombroso de todo punto.

Efectivamente, la protagonista, golpeada por unas circunstancias dolorosas, decide tomar las riendas de una vida que deviene desbocada en un gran tumulto que la habita, toda vez se reconvierte en “una psicópata dispuesta a ponerse perdida de sangre en busca de su libertad” (Salvá). Un papel que llega a dar miedo, “a medio camino entre la más salvaje sensatez y la más ordenada locura, la intérprete acierta a reflejar con una precisión que asusta el rostro feroz del miedo antes de la desesperación. O al revés” (Martínez).

Pero hay algo que no puedo obviar. Me refiero a que Oldroyd no analiza en profundidad ni en toda su extensión la existencia de la joven Katherine, de lo que resulta la dificultad para entender de manera creíble y en toda su magnitud, tanto su exacerbada angustia, como su comportamiento extremo posterior. Venturosamente, la genial interpretación de Florence Pugh posee el valor transmisor y la capacidad para sugerir emociones, sentimientos y conductas de repugnancia, fascinación, rebeldía o deseo en apenas una mirada impávida; y persuadirnos de que hay situaciones en las que una mujer sólo puede sobreponerse a un implacable patriarcado haciendo pagar a los opresores con su misma medicina. Pero claro, siempre queda la sensación de que la película adolece de una mejor explicación de los crímenes de la joven, salvo imaginando en ella un perfil sociopático y perverso.

En resumen, estamos ante un debut sensacional e inesperado, excelente ópera prima de un director teatral, y a la vez una actriz que debuta igualmente en un papel protagónico, lo cual que estamos ante una doble revelación. Unimos a esta coincidencia la recuperación en este siglo XXI de la obra de un genial escritor ruso, Leskov, prácticamente olvidado por críticos y lectores. Una loable película, una tragedia en toda regla que en su parte final concluye en un thriller que incluye una pesadilla criminal que viene a poner a prueba la empatía, la conciencia y los escrúpulos de los espectadores.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=MPQcq3JO3Tk.

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