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Toxicomanía: la repetición de la necesidad y la necesidad de la repetición

Por Enrique Fernández Lópiz

He visto recientemente Diario de un rebelde por primera vez y he quedado gratamente impresionado por diferentes razones técnicas, actorales y de honestidad a la hora de abordar el tema de la droga; y además, por ofrecer como opción la posibilidad de redención y de salir, pues, de las adicciones, a través de la literatura y en general del arte, como habría podido ser también por medio de otras actividades más o menos creativas. O sea, un motivo para vivir.

Se trata de un film dirigido con seriedad por Scott Kalbert, un director poco prolífico que construye una historia sólidamente narrada. Tiene la película un gran guión escrito por Brian Goluboff, basándose en la vida del poeta y músico Jim Carroll (1949-2009), conocido sobre todo por su obra autobiográfica que da nombre al film: Diario de un rebelde. Tiene esta película una excelente banda musical de Graeme Revell, buena fotografía algo tenebrosa en ocasiones que encuadra a la perfección el lóbrego tema de las adicciones en los jóvenes de David Phillips, y una buena puesta en escena.

En cuanto al reparto, la verdad es que me ha impresionado muy gratamente en su conjunto, pero sobre todo por el gran papel de protagonista interpretado por un jovencísimo Leonardo DiCaprio, acompañado de excelentes actores y actrices de reparto como Bruno Kiry (estupendo), Lorraine Bracco (genial en el papel de madre), Ernie Hudson (un rol memorable de buen samaritano), James Madio (muy bien), Patrick McGau (estupendo coleguita), Mark Wahlberg (gran interpretación), Juliette Lewis (en su rol genial) y Michael Imperioli (multinominado y excelente actor). Todos juegan un papel muy interesante y de conjunto que gira alrededor del enorme DiCaprio. La verdad, no recuerdo haber visto un papel tan memorable en este excelente actor, como el de esta película, en que DiCaprio muestra su vis dramática y trágica en estado puro, desde el profundo y terrible pozo de la heroína.

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Este drama biográfico de adolescencia, prostitución, droga y poesía narra la historia de un grupo de jóvenes entre los que está el escritor Jim Carroll. El Carroll de carne y hueso nació en una familia de clase obrera de origen irlandés en 1949, y en su adolescencia estudió en las Escuelas Secundarias Católicas Romanas hasta los quince años. A partir de aquí entró en la escuela pública, pero pronto recibiría una beca para la escuela de élite Trinidad. Asistió a la Trinidad desde 1964 a1968. Carroll era un gran aficionado a escribir, y además era un buen jugador de baloncesto. De hecho, a los trece años ya jugaba en la “Liga de Biddy” y participó en la Escuela Superior Nacional del Juego de Estrellas en 1966. El asunto es que Carroll y todo su entorno de jóvenes amigos incursionan en el oscuro camino de las drogas. Al principio esnifaban pegamento y diversos productos de limpieza en una aparente e ingenua juerga que los habrá de llevar por derroteros de autodestrucción. Carroll, pues, vivía una doble vida como un adicto a las drogas, que luego sería heroína, prostituyéndose para pagar su hábito, pero a la vez escribía poemas y asistía a los talleres de poesía en el Proyecto de Poesía de San Marcos. Asistió brevemente al Wagner College y a la Universidad de Columbia. En la película se muestra el tormento del personaje y el de sus colegas de adicción, con un final que no cuento para quien la quiera ver.

Es una película en la que su director y el guionista saben muy bien lo que cuentan, es por lo tanto un film muy digno sobre este escabroso mundo de las toxicomanía, con sentido de la medida y, como he dicho, excelentes interpretaciones.

Como dice Luís Martínez: “La autobiografía de Jim Carroll da pie a un acelerado paseo por el malditismo [...] Irregular exceso con el beneficio de un titánico DiCaprio sencillamente inmenso“. Efectivamente, estamos ante un duro relato donde se mezclan las iniciales risas de quienes “juegan” a un peligroso juego con la ingenuidad y la falta de consciencia propias de la adolescencia, hasta verse abocados de pleno al mundo suicidal de las drogas y de los desengaños en cadena.

Yo, por suerte, no he vivido de lleno el mundo de las drogas, pero en mi juventud he tenido amigos y compañeros que se han quedado en el camino, sobre todo por el efecto del consumo de heroína, la droga que con más velocidad engancha, como apuntan expertos en adicciones.

Con motivo de esta película, y siempre en mi deseo de hacer aportaciones en torno al tema de los filmes que veo, quiero traer a colación ideas y palabras de un eminente Doctor y psicoanalista, a quien conocí hace algunos años, el Dr. Claude Olivenstein, francés. Según Olivenstein, para comprender la dependencia es preciso entender qué es la carencia. Toda carencia en el ser humano remite a otra carencia arcaica, primitiva, y en esta remisión se sitúa la especificidad de la dependencia humana. La carencia es a la vez individual, incomunicable, a la vez que es una gran verdad humana y del mundo, algo doloroso. Pero lo que más se teme es la carencia de la carencia. La dependencia no es un efecto, no es más que haberse convertido un sumiso a las sustancias tóxicas. Y es que solo la intensidad de la carencia puede contrarrestar la intensidad del placer. Los dos son modos de estar en el mundo: el Dasein, concepto utilizado por pensadores como Jaspers o Heidegger para significar nuestro “ser en el mundo”.

Olivenstein afirmaba que cuando el drogodependiente llega a una Institución en una situación crítica, de urgencia, viene con la idea de curarse, pero que esta no es una demanda real, porque cuando pasa la urgencia, aparece la ausencia de la droga, y detrás de esto, lo que él denomina la “carencia arcaica” (que ahora explicaré mejor con las palabras del propio autor). Entonces, lo que ocurre es que ausencia lleva nuevamente a la intoxicación que le permita sobrellevar esta situación de desamparo y desvalimiento frente al dolor.

En un curso que impartió hace algunos años en España, Olivenstein decía que: “La historia del toxicómano se juega en una sucesión de equilibrios inestables. Desde la infancia, el sufrimiento de la carencia no es aprehensible más que en su relación con el placer. Registra en su memoria la imagen idealizada y supervalorada del placer, por eso todo lo que encuentra en su camino lo decepciona, hasta que se encuentra con la droga. Cuando la encuentra, empieza una fase de luna de miel: se siente Dios. Un instante que se inscribe en su memoria para siempre. Allí empieza la dependencia: en el recuerdo del placer y, desde ese momento, preferirá replegarse en dicho placer. Por lo tanto, la dependencia no es un fenómeno pasivo, es un fenómeno psíquico activo, en parte voluntarista. Así comienza una sucesión repetitiva de placer-sufrimiento. El sufrimiento es la alternativa querida cuando falta el placer. Cuanto más intenso sea el sufrimiento, más grande parecerá el placer de la intoxicación. Cuando esta sustitución se instala, la carencia se convierte en objeto de deseo. Lo que temerá más el sujeto es a la carencia de la carencia, puesto que así corre el peligro de encontrarse de nuevo frente a la ´carencia arcaica´. Prefiere enfrentarse con la carencia de la droga que con la ´carencia arcaica´. La primera la se puede resolver volviendo a consumir, la otra no”.

También, con Olivenstein reflexionábamos de cómo en el toxicómano se produce la repetición del consumo, la repetición de la necesidad, a la vez que está omnipresente la viceversa, o sea, la necesidad de la repetición. Según las ideas de este gran especialista en el tema, se da algo que en este film queda meridianamente claro, con relación a la terapéutica y curación del adicto, esto es, que “el toxicómano es portador de un saber: el saber de que aunque la dependencia constriñe su libertad, también lo emancipa de una serie de miedos, fantasmas e incompletudes, del traumatismo inicial o espejo roto que le producen impotencia y desesperación. La dependencia es necesaria, si no se entiende así, no se podrá tratar a estos sujetos. En cambio, se la debe tomar con precaución y crear un campo de dependencias sustitutivas, con la condición de que el objetivo final sea el fin de toda dependencia”.

La cuestión en el tema que nos trae de las adicciones en este film, no es el “ser o no ser” de Shakespeare, sino el “ser amado o no ser amado”; esto es lo que hace sufrir, sobre todo cuando hay problemas de identidad, algo muy propio de la adolescencia (cuando el espejo se rompe). Y drogarse sólo tiene sentido porque, primero en el placer y después en la dependencia, no hay más incertidumbre que en la única elección posible. Allí donde sólo había incertidumbre dolorosa, llega a haber la certeza de la repetición.

Amigos, si ustedes tienen problemas de toxicomanía, si conocen a amigos o familiares que los tienen o padecen, pueden ver este film, es crudo, pero plantea la opción de la redención y el encuentro con la libertad: la verdadera terapia.

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