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Thriller-western urbano que merece la pena

Por Enrique Fernández Lópiz

Aunque en estos tiempos ocurre de todo en cualquier lugar, sin embargo aún puede decirse que algunas historias o acontecimientos como los que cuenta este film Frío en Julio, son signos patognómicos de esa especie de severo trastorno de deshonestidad y carencia de valores que acontece en Norteamérica por su idiosincrasia, la libertad en el manejo de armas y unos submundos difíciles de encontrar en otras culturas fuera de USA. De manera que lo que sucede en este film, además de ser ultra violento, es, además, el emergente de una severa enfermedad moral de una civilización en muchos lugares decadente y virulenta.

Cuenta la historia de un hombre común en una pequeña ciudad de la Texas profunda. 1989, Richard Dane (Michael C. Hall), padre de familia, quien mata en defensa propia a un supuesto ladrón que había entrado en su casa por noche. Enterado el Sheriff de la ciudad le da la enhorabuena –curiosamente- y se cierra el caso sin mayor problema. La cosa es que el padre del ladrón, Russel (Sam Shepard), un individuo con un extenso historial delictivo y ex convicto llega a la ciudad para vengar la muerte de su hijo. Pero la trama se hace compleja cuando Dane descubre que el hombre al que mató no es el hijo de Russel. En esta tesitura que incluye acontecimientos diversos, Dane y Russel se amigan y acuerdan unir sus fuerzas para descubrir quién es el hombre que ha matado Dane, dónde está el hijo de Russel y quiénes los están manipulando en una trama de corrupción y violencia. Ambos personajes, abrumados, incursionan en busca de la verdad con la ayuda de un detective proveniente de Houston, Jim Bob (Don Johnson). Los tres hombres van a descubrir verdades oscuras y terribles que nunca antes habían podido imaginar.

Jim Mickle se mete en un tipo de cine negro, thriller tenso y brillante con resonancias de western urbano, de atractivas trazas y emocionante desde el principio, lo que aquilata y consolida a Mickle como un cineasta a tener en cuenta en este género. Ya antes había dirigido la obra de terror Stake Land (2010) y la inquietante cinta de 2013, We Are What We Are (“Somos lo que somos”). La dirección es muy medida, a fin de potenciar el tono que busca, lo que recuerda el trabajo de directores como John Carpenter.

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Mickle da un paso adelante en el escenario indie con esta cinta, para ampliar su ambición con un guión escrito por él junto a su colaborador habitual Nick Damici, adaptación de la novela escrita en 1989 por el escritor norteamericano Joe R. Lansdale, de título homónimo (Cold in July). El guión gira, tuerce y divide por partes una historia que, siendo inicialmente un episodio de acoso, pasa a una insólita indagación marginal, para finalmente concluir en una especie de expiación trágica. Mickle demuestra un gran dominio de los códigos y tonos del cine negro-western urbanita.

Poco acorde con el tema y sin alardes la música de Jeff Grace, y buena la fotografía, siempre en clave oscura como corresponde a esta obra, de Ryan Samul. Efectiva puesta en escena tanto en la creación de los planos como, sobre todo, en tareas de ambientación y atmósfera, lo que incluye el reflejo de los años ochenta.

El trío que forman Sam Shepard (para mí el mejor), Michael C. Hall y Don Johnson, todos con buenas interpretaciones, contrapesa con su carisma algún déficit en el guión, y alguna otra falla que no es del caso ahora; este trío de actores sabe trasladar al otro lado de la pantalla, como dice De Fez, “la fascinante ambigüedad moral de los personajes […] lo enigmático de sus motivaciones y lo imprevisible de sus acciones”. Acompañan además, actores y actrices de reparto bien conjuntados y muy eficaces como Vinessa Shaw, Nick Damici, Wyatt Russell, Bill Sage, Brianda Agramonte, Kristin Griffith y Kel Holmes.

Entre premios y nominaciones en 2014: Festival de Sundance: Sección oficial de largometrajes a competición. Participa en la Quincena de los Realizadores de Cannes. Festival de Sitges: Mejor Director en la Sección Oficial Órbita.

Como escribe Foundas, “los espíritus de los maestros del género ochenteros […] planean fuertemente sobre […] esta pieza sublime de pulp fiction texana”. De manera que efectivamente, podemos decir que esta sangrienta fábula de traiciones en un pueblo cargado de sangre y venganza, es un thriller que creo merecerá el reconocimiento del cinéfilo; una especie de agradable descubrimiento; una sólida narración que resulta penetrante para el espectador, que maneja bien las sorpresas y evita así que el relato sea demasiado previsible y, en general, no te mueves de tu asiento y mantienes una atención sobrada en los 109 minutos del metraje.

No es una obra redonda, no es lo más del thriller, no es muchas cosas (por ejemplo juega con conceptos interesantes que luego se amplían de manera fallida); pero a mí me parece una película atrayente con sus puntos de calidad y solidez, que merece la pena visionarse. Digo esto, a pesar de la mala prensa con que alguno quiere teñir esta obra. Para mí, la película tiene una sólida narración que resulta muy penetrante. Como suele decirse en lenguaje cañí, ‘está buena’.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=NGEIM5W3nlo.

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