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Thriller insustancial, nada paranoico y con moralina trillada

Por Enrique Fernández Lópiz

En una empresa de telefonía móvil e informática, compañía tecnológica de nombre Wyatt Corporation, trabaja Adam Cassidy (Liam Hemsworth), un joven al que no le va bien en ningún sentido con su trabajo. En una de esas que es para mí un poco incomprensible técnicamente, manipula el sistema para ayudar a un amigo. Entonces es acusado de cometer un delito federal. Pero Nicholas Wyatt (Gary Oldman), su jefe, le propone un plan para evitar ir a la cárcel. La propuesta consiste en que se infiltre en la compañía de Jock Goddard (Harrison Ford), quien fuera antiguo mentor de Wyatt, y ejercer el espionaje industrial. Adam, con asesoramiento incluso psicológico y de todo tipo, logra engatusar a Goddard, entra en su empresa y asciende como la espuma en poco tiempo, descubriendo cualidades de sí mismo que no ni había imaginado poseer. Su vida en la nueva sociedad va sobre ruedas: le gusta su trabajo, tiene un coche deportivo de la marca Porsche y sale con la chica de la cual se ha enamorado. Para ello, según el plan, tiene que traicionar a los que le rodean. Pero la trama se desliza por derroteros insospechados.

La película El poder del dinero, tiene una profesional dirección de Robert Luketic, un irregular realizador que ha firmado películas de “medio pelo” que no han dejado huella en el Séptimo Arte; películas, algunas de las cuales he comentado en estas páginas como 21 Black Jack (2008); o antes, La madre del novio (2005): nada relevante. Pues bien, esta pretende superar un poco a las anteriores, pero el empeño de Luketic no es suficiente. Como tampoco lo es el guión predecible de Barry Levy, una adaptación de la novela tipo thriller de Joseph Finder, Paranoia, novela ligera para quienes gusten del género. La adaptación, en cierto modo al igual que la novela, es una constante búsqueda del protagonista de pistas, documentos, algo a lo que aferrarse mientras tiene a sus villanos pisándole los talones y recordándole cuál es su traicionera misión. La trama tiene algo de moralina, o sea, reflexión sobre el mundo tan avaro en el que vivimos y el entorno laboral tan feroz en el que nos movemos, siempre en tensión por llegar a la cima, aunque tengamos que sacrificar nuestra felicidad para ello (algo ya sabido y visto mil veces y leído otras tantas). La música de está bien y acompaña, y es buena la fotografía de David Tattersall.

El reparto está compuesto por un elenco de actores que cumplen mal que bien, algunos mejor que otros pero ninguno destacable, sus respectivos papeles; actores y actrices como Liam Hemsworth (en su sitio), Amber Heard (vale), el mismísimo Harrison Ford (muy envejecido e indolente), Gary Oldman (bien), Embeth Davidtz (pues eso), Josh Holloway, Richard Dreyfuss (irreconocible y sin ganas), Julian McMahon, Lucas Till y Angela Sarafyan. Nada de particular, os lo aseguro.

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El título original de esta película es Paranoia y su mayor problema es que nadie ni nada en el film es suficientemente paranoico como para suscitar la angustia propia de este estado, en el que lo principal sería que la desconfianza se apoderara del espectador, sin que se supiera a ciencia cierta quien es el malvado de turno que acecha para clavarle un puñal al contrincante a la primera de cambio. Pero no, la cosa es predecible y se ve venir, no hay mucha suspicacia, ni recelo, ni duda sobre quienes son unos (los malos) y otros (o sea, los supuestamente buenos). Las cartas se ven lo suficiente como para que el paranoidismo se disipe sin mayor esfuerzo de parte de quien ve el film. No olvidemos que etimológicamente, “paranoia” fue un término acuñado en la antigua Grecia, uniendo las raíces “para” (de lado, paralelo) y “noia” (espíritu, pensamiento), lo cual viene a querer definir a un individuo que “mira alrededor”, al lado, que no se fía, como cuando alguien camina por un callejón oscuro y mira con el rabillo del ojo a ver si alguien le sigue. Solo que en el paranoico, estas interpretaciones delirantes, o sea, irreales y fantásticas, son lo común en su vida, y además las cree. Personas celosas, suspicaces, maliciosas, y que tieneden a mal-interpretar las acciones y comportamientos de los otros: los otros hablan mal de él, le quieren robar, lo acechan, lo vigilan, etc.

Pero lo que la película pretendía, no era hablar de psiquiatría sino exponer un contexto, que a veces los hay, donde las cosas no están claras y entonces no se sabe bien cómo se van a suceder los acontecimientos, lo que provoca desconfianza entre los componentes de un grupo o institución. Pues bien, esto a la peli le sale regular e incluso mal; hay películas mil veces más paranoicas que esta, de las que uno sale realmente desasosegado; en esta eso no ocurre.

Tal vez sus autores querían hacer una crítica o reflexión sobre la falta de moralidad de los ejecutivos en las actuales empresas y corporaciones, pero para ello no pasan de lo obvio, lo cual que este extremo también resulta tedioso en el visionado de la peli.

O sea, película superficial, repetitiva, realizada e interpretada sin mucho ánimo (en el sentido de aliento, de ganas), película de argumento en todo sentido trillado. En fin, película prescindible, insustancial y falta de imaginación. La verdad, yo no se la recomiendo a un amigo; y tampoco a un enemigo, no vaya a ser le inspire alguna mala idea.

Lo que pasa es que al ser una peli tonta, por ese mero hecho, ya no es buena. Ya se sabe: no hay tonto bueno.

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