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Thriller, familia y política que deviene en metáfora universal

Por Enrique Fernández Lópiz

La película El clan se basa en una historia real, justo tras la dictadura militar en la Argentina. Trata el caso del denominado Clan Puccio, un episodio que sobrecogió a la sociedad argentina de principios de los años ochenta. Era justo cuando Galtieri, el último militar del proceso argentino en el poder, perdida la guerra de las Malvinas, dio paso en 1983 a unas elecciones que ganaría el radical (pero no muy radical) Raúl Alfonsin, iniciando de nuevo la democracia en el país.

Pues bien, en ese contexto de fin de un régimen dictatorial y comienzo de la libertad, en la familia de los Puccio, tras la aparente y respetable apariencia del padre Arquímedes, se oculta un siniestro personaje, jefe y capo mayor, que controla y rige su clan, dedicado al secuestro y al asesinato para extorsionar y obtener fuertes sumas de dinero de parte de los familiares de los retenidos.

El patriarca Arquímedes es el ideólogo y director de la “orquesta”; él planifica minuciosamente todas las operaciones. Alejandro es el hijo mayor, un joven triunfador, estrella en un notable club de rugby, que también está al tanto de las fechorías criminales de su padre. Incluso en ocasiones colabora activamente en ellas. Además, se sirve de su popularidad deportiva para no levantar sospechas. El resto de la familia, esposa, e hijos-hijas son cómplices en mayor o menor grado de los crímenes del clan, y viven opulentamente de los beneficios obtenidos con los rescates. Sólo el hijo varón menor, huye del criminal entorno, para ya no volver jamás a la familia ni al país.

Con el advenimiento de la democracia, las circunstancias cambiaron, ya Arquímedes, que era una especie de capo bien relacionado con instancias del poder durante el “proceso militar”, deja de ser la autoridad que era. Los nuevos aires de la época del flamante Presidente Alfonsín, la cosa acaba poniéndosele cuesta arriba al pérfido y criminal sujeto, y a todo su grupo.

Pablo Trapero, un tenebroso director y lo digo no peyorativamente, ya me sorprendió con varias películas suyas que vi en la Argentina. La primera, genial, fue Mundo grúa (1999); y la otra, El Boanaerense (2002). Con relación a esta última, vive Dios que salí del cine aterrorizado y esperando no encontrarme con ningún policía de la ciudad de Buenos Aires. Tal era el clima de terror e inseguridad que Trapero dibujaba sobre esta fuerza armada, la cual sensación sabía trasladar al espectador. Y es que el cine de Trapero, como dice Marañón está definido por: El sustrato de lo real […] canchero, esquinado y áspero.” Pues bien, si esta película que ahora comento, El Clan, la hubiera visto también en la Argentina, la sensación de inseguridad y desvalimiento habría sido equivalente. Trapero sabe conducir con un nivel de excelencia este film inquietante sobre los entramados que unen la delincuencia criminal, la política, la justicia y la policía. Sobre todo, cómo un padre perverso, puede someter a sus hijos e hijas a una tiranía de chantaje sin límite. Todo a cambio de dinero, de grandes cantidades de dinero que obtiene con sus criminales actividades. Todo perfectamente calculado. Y Trapero sabe implicar al espectador en todo ese horror.

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Además, los inicios del film aportan imágenes de Raúl Alfonsín acompañado de Ernesto Sábato (leer a ser posible su obra Sobre héroes y tumbas), cuando habla de la “Reconciliación nacional”. Pero el film pone de manifiesto que en las cloacas de la ya naciente democracia, seguían moviéndose las mismas ratas, con algo más de cuidado, pero actuando impunemente con la anuencia del comodoro, de la policía, etc., pues es imposible que el capo protagonista saliera airoso de tanto despropósito, si no es por sus conexiones con los poderosos. Así, Trapero nos dice a las claras que los asesinos que mataron en aras del bien de la patria, ahora, toda vez extinto el régimen de terror de los “milicos”, se dedicaron al rapto y el quebranto, como forma de enriquecimiento.

El guión, también de Trapero, es un libreto documentado y casi perfecto, que se corresponde con una historia cabal y ecuánimemente contada, con objetividad y con una gran capacidad narrativa y de perfilamiento de los personajes. Sobre todo, el espíritu maligno, perverso y decadente (en el sentido frommiano de necrófilo y demoníaco), del personaje principal, Arquímedes. Trapero describe una realidad que ha sido e incluso sigue siendo así en la Argentina y en otros países de ese entorno, encarnada, como escribe Boyero, en … la angustia, la corrupción, el acorralamiento, la certidumbre de que nunca podrás dirigir tu propia vida, la relación entre víctimas y verdugos, una geografía tan inhóspita y tan sucia como veraz.

Tiene una gran música de Sebastián Escofet, que intercala numerosas piezas del rock de la época con Charli García y varios grupos más, que llenan de densidad dramática la obra. Muy buena la fotografía de sombría luz de Julián Apezteguia, que encaja a la perfección con la historia.

El reparto es un ejemplo de la calidad de los actores argentinos. Pero por sobre todos, destaca Guillermo Francella que hace un papel tan imponente, poderoso y convincente, tan metido el actor dentro del funesto personaje, que al salir de la sala, uno siente rencor y odio ante esa alimaña humana que fue el “padrino” de los Puccio. Y acompañan con niveles de excelencia Peter Lanzani, Inés Popovich, Gastón Cocchiarale, Giselle Motta, Franco Massini, Antonia Bengoechea o Gabo Correa. Todos magníficos como componentes de la familia y otros personajes que giran en torno a esta malévola historia. Como dice Boyero: Da mucho miedo esta película. Y ninguna compasión por el destino trágico de esa familia ejemplar. Ese terror se prolonga en la mirada muerta y en el contenido tono de voz de Guillermo Francella, ese actor camaleónico”.

En 2015 ha obtenido en el Festival de Venecia, el León de Plata al Mejor director.

Según datos diversos, esta película, estrenada en Agosto de 2015 en la Argentina, batió récords de taquilla en el país austral, logrando más de 1.100.000 espectadores en los nueve primeros días de exhibición, superando estrenos del cine igualmente argentino tan sonados como Relatos Salvajes (2014) y El secreto de sus ojos (2009).

Y es que Pablo Trapero enfrenta el reto de narrar una conocida historia, relativamente reciente, real, de la que mucha gente se acuerda y varada en el pasado y en el subconsciente de todos y cada uno de los argentinos. Para poder lidiar con este peliagudo episodio, según Marañón: Trapero ha construido una variante nueva de su acercamiento a la realidad, una superestructura abstracta que permite al espectador ponerse en situación, unas reglas que logran que un relato increíble adquiera sentido.”

Digamos por resumir, que en este film se emparejan, siempre conducidas por las reglas elípticas del thriller gansteril, dos subgéneros. De un lado el cine de familia, ese microsistema donde anidan los sapos y las culebras y donde lo flujos de mareas de alto voltaje son constantes, amén de cierta novelera trama. Y junto a este aspecto, el cine político, el que en el film habla del contexto argentino de la época que incluye la decadencia del “proceso” militar, que acaba en el beodo Galtieri claudicado tras el drama de la Guerra de las Malvinas, la llegada del salvador Alfonsín, el investigador de crímenes y tropelías Ernesto Sábato, y un mundo que cambia para los argentinos, por ventura. O sea, además del clan y la familia-mafia, Trapero no olvida el magma putrefacto, el macrosistema ideológico y estructural de los militares que hizo posible una historia así. Como dice Marañón: Los Puccio lo hicieron real, Trapero lo ha hecho posible.

Yo la recomiendo, sí. Es dura, también. Trapero es uno de los grandes realizadores actuales. No todo van a ser películas de animación y lánguidos romances. También es bueno recordar, informar e incluso hacer terapia colectiva, es decir, aclarar dónde están las líneas rojas que una sociedad no puede atravesar.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=n7kpI79cPBk.

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