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Thriller con un gran Michael Caine

Por Enrique Fernández Lópiz

En Ejecutivo ejecutor Graham Marshall (Michael Caine), es un ejecutivo del mundo de la promoción, un publicista que nunca ha conocido el fracaso y está convencido de que al fin va a lograr el ansiado ascenso de su vida. Pero cuando hace aparición la informática en la empresa, Graham queda relegado y es elegido un odioso colega para sustituirlo. Es la gota que colma el vaso de su paciencia: humillado, va a vengarse de todos los que han contribuido a hacer desgraciada su vida tirando por tierra sus expectativas. Además, enfurecido, confundido y frenético, no tiene mejor idea que arrojar a las vías del metro a un mendigo que le molesta. Como quiera que la policía considere el hecho como un suicidio, Graham se convence de que el único camino para conseguir el éxito es el crimen, y en ello se empleará a fondo a lo largo del film. A partir de entonces, Marshall da un nuevo y terrible enfoque a su vida, proponiéndose eliminar todos los obstáculos que se le pongan por delante. La secretaria, Stella (Elizabeth McGovern), descubre su juego, pero como por arte de magia, y debido a su poderosa personalidad, Marshall la tiene totalmente controlada, a su merced.

Jan Egleson dirige con gran agilidad y eficacia esta cinta de intriga tipo thriller, con un buen guión de Andrew Klavan que adapta muy bien la novela A shock to the System de Simon Brett. La trama se desarrolla con gran interés, siendo incluso una buena muestra de humor negro. Yo particularmente no me levanté ni un segundo de mi asiento en esta versión original que vi hace unos días. Colabora a ello una música interesante de Gary Chang y una buena fotografía de Paul Goldsmith, que incluye primerísimos planos del protagonista Caine y su malévola mirada.

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El reparto es en esencia Michael Caine que resulta perfecto como el “mosquita muerta” que afila sus garras después de haber comulgado con “ruedas de molino” y tragado de todo, por su ambición y querer llegar a lo más alto. Caine hace una labor actoral de auténtico lujo como el gran cínico que interpreta, dispuesto a cualquier crimen o acción violenta, plan tirar la piedra y esconder la mano, lo cual que le sale a las mil maravillas. Acompañan a Caine Elizabeth McGovern, que hace un estupendo papel como secretaria engañada y atrapada en la tupida red de Caine, e igual gran interpretación de Will Patton; y otros actores y actrices todos en sintonía como Peter Riegert, Swoosie Kurtz, Jenny Wrigth, John McMartin, Barbara Baxley y Phill Moon.

Esta película es en cierto modo una metáfora de nuestro mundo, una especie de modelo en el que se puede mirar nuestra sociedad competitiva y despiadada, esta sociedad de la exclusión y la codicia. La empresa donde trabaja Graham retrata los aspectos más extremos de la condición humana en este tipo de mundo tóxico y de voracidad. Las oficinas y sus moradores componen un entorno en el que la presión de actuar sin reflexionar frente a situaciones de emergencia está omnipresente, en relaciones que en inicialmente son profesionales, pero que acaban en lo personal.

La acción se inicia y se desarrolla en gran medida en uno de esos edificios típico de oficinas, cristalizado, donde se respira el empujón, la zancadilla, el ansia de poder, la humillación o la envidia. El caso es que todos estos elementos subyacen en el argumento. Pero si lo pensamos, son parte del mundo en que vivimos, una mundo que lejos de ser cooperativo e inclusivo, es competitivo hasta el límite de lo despiadado, y excluyente con quien pierde el paso aunque más no sea por un solo segundo.

El caso es que ya ese medio de oficinas, de individuos que quieren estar en lo más alto, esto, ya de suyo le da carácter y personalidad a la película, pues la carga de alegorías nacidas de la espontaneidad y de la naturaleza de este tipo de ambientes que son las grandes empresas y corporaciones de alto standing. Es la fuerza genética del espejo y el hormigón que vino de los americanos del norte y que ya hemos hecho nuestra como un esqueje que ha agarrado entre nosotros como si hubiera estado desde siempre.

Así, lo que ocurre es que en esta peli hay tensión y hay odio y hay de todo menos de lo bueno, sobre todo, sirva a modo de chiste, cuando sus personajes comparten ascensor.

Pero eso no es nada si además, los ojos iracundos y rabiosos de Caine asoman tras una persiana en sombras que dibuja su silueta a rayas por entre las lamas entreabiertas. Caine sonríe impúdicamente cuando le dan fuego, incluso a la persona a la que piensa liquidar en la siguiente escena. Eso es mucho, pues la cara de Michael Caine, unido a su voz grave y a lo bien que interpreta su instinto asesino y vengador es de infarto. En este punto me atrevo a decir que estamos ante una buena y extraña película que creo pasó injustamente desapercibida.

Pero hay algo más, algo que hace aún más inquietante el film. Me refiero a lo tremendo de que en la historia el crimen tiene una razón de ser, un objetivo preciso. Pues ¿quién no ha querido rebelarse contra la injusticia, urdir un plan tremendo en su oficina, departamento o lo que sea, por el mal trato recibido? ¿Quién no ha soñado ser el dueño de su vida y mandar a freír gárgaras al personal horribilis que le rodea? Pues eso es lo que pasa aquí. Y si nos fijamos un poco, en la película no hay violencia innecesaria, tampoco se muestra sangre ni se mata por matar. E incluso el protagonista Graham Marshall, a pesar de todo y todo, no cae mal. Si la veis fijaros en este fenómeno.

En resumen, película técnicamente correcta, buenas interpretaciones de Michael Caine, como de Will Patton y Elizabeth McGovern. Yo, particularmente, la recomiendo, a ser posible en versión original.

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